La mañana del 19 de julio de 1989, el soldado Fernando Vilches, de 18 años, pudo convertirse en el muerto número 40 del etarra Henri Parot. Pero el destino quiso que viviera para disfrutar de una vida más o menos feliz.
Y también para ver cómo quien intentó matarle avanzaba hacia su libertad.
El pasado miércoles, estando en su casa de Alicante, a Vilches la noticia le atravesó el pecho. Una alerta en su teléfono móvil rompió la rutina de su convalecencia y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Primero pensó que se trataba de un error. Luego, puso las noticias de Telemadrid de las 20:30 y la voz del presentador confirmó lo impensable: el Gobierno Vasco acababa de conceder el tercer grado penitenciario al terrorista francés, condenado a casi 4.800 años de cárcel por 39 asesinatos.
Para Vilches, la noticia reabrió con violencia una herida que nunca, en estos 37 años, ha terminado de cerrar.
"Me siento indignado, humillado, ridiculizado… El cúmulo de sensaciones no te lo puedes ni imaginar", confiesa Vilches con una voz cargada de rabia contenida, alimentada por tres décadas de dolor crónico; físico y psicológico.
Vilches lleva dos años convaleciente con una baja laboral y pelea, aún hoy, por obtener la incapacidad permanente. En medio de este quebradero de cabeza judicial y de visitas a su psicóloga, ahora se abre un nuevo frente que creía cerrado.
"Me quedé helado. Se lo dije a mi mujer: 'No me lo puedo creer, pienso que esto es mentira'. ¿De qué sirve que le hayan puesto 4.800 años de condena si resulta que ha cumplido nada más que 36?", dice casi emocionado.
"Esta persona ni siquiera pidió perdón. A las víctimas siempre las ha humillado, ha dicho que él trabajaba dignamente, que cumplía órdenes y que las acataba. Una persona que no se arrepiente de nada no tiene derecho a la libertad", sentencia.
Primer día de servicio
En el verano de 1989, Vilches era un chaval sin muchas expectativas en la vida. Criado en el antiguo pueblo de Vallecas, hijo de una familia obrera, hacía algunos trabajos de carpintería y se dedicaba a vivir los locos años 80 en Madrid, hasta que le llamaron para la mili.
"En el año 89 la mili era obligatoria y yo era un soldado de reemplazo. Vivía el momento, tenía una mente muy loca y no tenía ninguna expectativa de futuro, simplemente vivir y estar tranquilo", rememora.
En mayo comenzó su instrucción en la base logística San Pedro, en Colmenar Viejo. Vilches recuerda que un sargento quería destinarlo como gastador, un puesto para quienes, por su alta estatura, hacen las filigranas con el 'chopo' en los desfiles de infantería. Pero él medía 1,72.
Se quejó de la decisión y terminó de forma provisional como chófer en la compañía de conductores acuartelada en la calle Bretón de los Herreros del centro de la capital. Acababa de sacarse el carnet de conducir en mayo y apenas tenía experiencia al volante más allá de algunas incursiones por carreteras secundarias sin tráfico.
Recorte de la revista 'Interviú' con la foto de Fernando Vilches y sus dos superiores asesinados por ETA.
El 18 de julio por la mañana le notificaron su primer servicio oficial. Al día siguiente, 19 de julio de 1989, a las ocho en punto de la mañana, Fernando se presentó ante sus superiores: el coronel de Intendencia José María Martín-Posadillo y el comandante Ignacio Julio Barangua Arbués.
Ambos oficiales pertenecían a la Dirección de Transportes del Mando Superior de Apoyo Logístico del Ejército de Tierra.
Sobre las 10:30 de la mañana, los mandos le indicaron que debía trasladarlos a realizar unas gestiones en las oficinas de Renfe situadas en las inmediaciones de la estación de Atocha. Fernando encendió el motor del vehículo oficial, un Opel Corsa granate con matrícula militar.
El reloj marcaba casi las 11 de la mañana cuando el coche circulaba por la avenida de Ciudad de Barcelona. El tráfico estival de Madrid obligaba a avanzar a tirones. Los oficiales le indicaron que se detuviera a la derecha, cerca del recinto de la empresa ferroviaria.
Fernando acató la orden, puso el coche en punto muerto y mantuvo el pie en el freno. "Nada más parar, oí mucho jaleo. Empecé a mirar para los lados, pero al tener el coche parado no pude hacer nada", relata el superviviente.
Mañana sangrienta
En un milisegundo, un vehículo ocupado por los integrantes del Comando Argala de ETA –la unidad itinerante de la banda terrorista integrada por ciudadanos franceses no fichados por las fuerzas de seguridad españolas– se emparejó en paralelo a apenas un metro de distancia.
A bordo iban Henri Parot y Jacques Esnal. Sus instrucciones eran sencillas al igual que crueles por su arbitrariedad.
La orden del jefe militar de la banda, Francisco Múgica Garmendia, alias 'Pakito', era tajante: ametrallar cualquier vehículo con matrícula militar que saliera de los cuarteles madrileños.
La emboscada fue letal. Esnal asomó por la ventanilla del copiloto un fusil de asalto Kaláshnikov AK-47 de calibre 7,62 milímetros –que Vilches aún confunde con un subfusil 'zeta'–, mientras que Parot empuñaba desde el asiento del conductor una pistola SIG Sauer de 9 milímetros Parabellum.
Los terroristas barrieron el interior del Opel Corsa de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante en un abanico de fuego automático. Sobre el asfalto quedaron esparcidos 31 casquillos: 26 de fusil y 5 de pistola.
"Los dos que iban atrás tuvieron menos suerte que yo. A ellos las cabezas se les fueron hacia atrás y se las reventaron. Yo tuve la fortuna de que, de los mismos impactos de bala y de la fuerza, en vez de irme hacia atrás, me fui de forma inconsciente hacia el lado del copiloto, que estaba vacío. Eso me salvó", relata Vilches.
Aquella maniobra refleja evitó que la cabeza de Fernando se alineara con el respaldo del asiento, donde la policía científica contabilizaría posteriormente entre cinco y seis orificios de bala alineados a la altura de la nuca.
Y aunque salvó la vida, no se libró de las balas. A Vilches le alcanzaron cinco proyectiles: dos en la espalda, dos en el brazo izquierdo y uno en el cuello, además de una lluvia de metralla que le abrasó el costado, el rostro y las extremidades.
La bala del cuello se alojó directamente en la segunda vértebra cervical, la C2. Los médicos del Gregorio Marañón, a donde fue después, no se la pudieron extraer. A día de hoy, todavía convive con ella "como si fuera un hueso", dice Vilches a EL ESPAÑOL.
Mantenerse vivo
El silencio que siguió a la ráfaga fue absoluto. El Opel Corsa quedó convertido en un colador de chapa, cristales rotos y sangre. Minutos después, una patrulla de la Policía Nacional que circulaba por la zona avistó el vehículo destrozado y humeante.
Inicialmente, los agentes creyeron que se encontraban ante tres cadáveres. Los dos mandos militares habían muerto en el acto. Sin embargo, cuando se disponían a acordonar la escena, observaron un leve espasmo en el cuerpo del joven conductor.
"Vinieron a verme luego al hospital y me lo contaron. Al acercarse vieron lo que pasó y pensaban que estábamos los tres muertos. Pero en ese momento me debí de mover un poco y se dieron cuenta de que estaba vivo. Me metieron en el coche patrulla y me llevaron ipso facto al Hospital Gregorio Marañón", asegura Vilches.
El etarra Henti Parot en la Audiencia Nacional en 2007.
Fernando no conserva ningún recuerdo consciente de aquel traslado ni del caos en el quirófano. La memoria de aquella mañana se detuvo en el momento exacto en que vio el cañón de las armas de ETA a través de la ventanilla.
"Me acuerdo hasta el momento del atentado. Pensé que ya no salíamos. Desperté en la UCI tres o cuatro días después. Me contaron los médicos que llegué en un estado de nervios tremendo, muy alterado, pero de forma totalmente inconsciente", recuerda.
Al recuperar el conocimiento, los primeros rostros que distinguió entre el dolor y la sedación fueron los de sus padres.
"Les pregunté qué había pasado y por mi coronel y mi comandante. En ese momento me dijeron que ambos estaban bien, que estaban en otra habitación. No me quisieron decir la verdad para no hundirme más. A los días, cuando ya desperté del todo, fue cuando me enteré de todo exactamente como había sucedido", prosigue.
La policía judicial interrogó al joven en la propia cama del hospital. Los investigadores no se explicaban cómo el comando había obtenido los datos del desplazamiento de los mandos, sospechando de un soplo interno o de un seguimiento prolongado.
Pero Vilches trató de convencerles de que no había ninguna premeditación: "Les dije que era imposible que nos estuvieran siguiendo a nosotros, porque era mi primer día de servicio y ni el propio coronel sabía qué coche le iban a asignar esa mañana", dice.
"Luego, en la Audiencia Nacional, el propio Parot lo reconoció ante el juez: dijo que les mandaron a Madrid a atentar contra lo primero que pillasen. Con salir por la calle Prim o a los alrededores del Cuartel General del Ejército y ver una matrícula del Ejército de Tierra con tres uniformados dentro, ya tenían el objetivo", continúa.
Secuelas
La estancia en el hospital fue solo el inicio de un calvario médico que se ha prolongado durante más de tres décadas.
El diagnóstico inicial de Vilches rozaba la tragedia total: quedó con una tetraplejia funcional casi completa del cuello hacia abajo. Con apenas 18 años, este chico de Vallecas tuvo que aprender a vivir de nuevo como si fuera un recién nacido.
"Me quedé prácticamente del cuello para abajo paralizado. Tuve que empezar desde cero: aprender a caminar, aprender a moverme, a comer… Toda la parte izquierda, que fue donde recibí los impactos, se me quedó muy mal", asegura.
"La bala de la segunda cervical no pudieron sacármela por el riesgo de dejarme parapléjico o matarme en el quirófano. Se ha quedado ahí metida para siempre, como si fuese un hueso más", afirma.
A lo largo de los años 90, Fernando combinó extensas jornadas de rehabilitación con el esfuerzo por reincorporarse a la sociedad.
Logró aprobar unas oposiciones y obtener una plaza de auxiliar administrativo en el Ministerio de Defensa, pero el deterioro de su organismo ha seguido imparable.
"Tengo la segunda cervical rota con la bala dentro, la columna torcida, poliartritis, sin espacio entre las vértebras. La pierna izquierda cada vez la arrastro más y me han tenido que poner un estabilizador en el tobillo", relata.
"En el trabajo utilizo el ordenador, pero solo puedo manejarlo con la mano derecha y usando un solo dedo. A vestirme, me ayuda mi mujer. Para abrocharme los pantalones o ponerme los zapatos necesito calzador y gomas porque los botones no los puedo manipular. Si me ves físicamente por la calle parece que no tengo nada, pero por dentro estoy destruido", dice.
A las secuelas físicas se sumó el estrés postraumático. Durante años, Vilches ha vivido aquejado de fobias que ni él mismo identificaba como patológicas hasta que empezó a trabajarlas en terapia psicológica.
Por ejemplo, tenía pánico a aproximarse a un coche aparcado, ansiedad al entrar en recintos cerrados sin divisar una salida de emergencia, miedo a mantener la distancia de seguridad al conducir, por temor a ser embestido por detrás...
Cara a cara con Parot
Mientras su cuerpo hacía esfuerzos por volver a la normalidad, en la década de los 90, Vilches tuvo que revivir el horror en las dependencias de la Audiencia Nacional.
Fue citado a declarar en el juicio contra el Comando Argala y su principal ejecutor, Henri Parot.
El etarra francoespañol, responsable del atentado contra la Casa Cuartel de Zaragoza en 1987 —donde asesinó a 11 personas, entre ellas 5 niñas—, mantuvo durante las vistas una actitud de despecho e indiferencia hacia sus víctimas.
"Yo acudí a muchos juicios y me tocó ir al mío contra este personaje. Ni siquiera le llegué a ver cara a cara en la sala porque él entró, dijo que se negaba a declarar ante un tribunal español y lo sacaron inmediatamente escoltado por la policía".
"Estaba en otra sala esperando a que me llamaran. Ni siquiera fue capaz de quedarse a mirarnos a la cara para que le dijéramos lo que era", rememora Vilches.
Parot tampoco ha pedido perdón públicamente por sus crímenes, aunque en 2025 escribió una carta en la que reconocía el sufrimiento causado por su pertenencia a ETA, rechazaba "todas las violencias" y expresaba su voluntad de tratar de repararlo.
El terrorista, detenido en 1990.
El gesto fue valorado por la Justicia para concederle un permiso penitenciario, pero las asociaciones de víctimas cuestionan que exista un arrepentimiento real y sincero.
La doctrina penal que se le aplicó –la conocida Doctrina Parot, surgida precisamente a raíz de un recurso interpuesto por su defensa en 2006– buscaba evitar que los beneficios penitenciarios se descontaran del límite máximo de permanencia en prisión (30 o 40 años) en lugar de hacerlo sobre la suma total de las penas impuestas, que en su caso sumaban 4.797 años de cárcel.
Sin embargo, tras la derogación de dicha doctrina por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en 2013 y la posterior transferencia de la competencia de la gestión de las prisiones al Gobierno Vasco en 2021, la vía hacia la flexibilización de las condenas de los presos de ETA se aceleró.
La concesión del tercer grado a Parot es el último paso de su progresión penitenciaria, aunque la decisión todavía puede ser recurrida por la Fiscalía. Para Vilches representó una bofetada inesperada. También para los familiares de sus decenas de víctimas.
Condena interminable
Hoy, Vilches reside entre Rivas-Vaciamadrid y Alicante. A sus 55 años, lucha contra la burocracia de los tribunales médicos de la Seguridad Social para conseguir el reconocimiento de la incapacidad permanente absoluta.
Un trámite desmoralizador donde choca contra negativas administrativas a pesar de presentar un cuadro clínico devastador, acreditado por décadas de informes hospitalarios.
"Las víctimas del terrorismo somos hoy en día un estorbo para el Gobierno. No quieren dar la invalidez absoluta a nadie y menos a nosotros, porque que sigamos existiendo y diciendo la verdad les molesta. Llevo luchando contra esto toda la vida. Mi vida profesional, mi salud y mi juventud han estado marcadas por esa ráfaga. Me quitó todo", asegura Vilches, que es miembro de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).
A pesar del dolor, ha logrado construir una familia. Está casado y es padre de dos hijos ya independizados: un varón que se prepara para ingresar en el cuerpo de Policía y una joven graduada en Integración Social que estudia Psicología.
Ellos son su último asidero contra el desaliento, aunque el recuerdo del atentado y el avance hacia el tercer grado penitenciario de su verdugo sobrevuela la vida familiar de forma permanente.
"Agradecido por estar vivo, sí que lo estoy", concluye Vilches. "En ese momento se me apareció la Virgen y mi tía que acababa de fallecer. Pero muchas veces me pregunto si ha sido lo mejor, porque lo he pasado muy mal", confiesa.
"Mi padre, mi madre y mi hermana sufrieron lo indecible. Cuando tienes 18 años tienes toda la vida por delante y no te imaginas que tu futuro va a estar marcado por esto. A los políticos se les llena la boca hablando de convivencia, pero a nosotros nos dejaron solos con el plomo dentro", concluye.
Cuando Parot avanza hacia la libertad, Vilches seguirá levantándose cada mañana con una bala en el cuello. Y con la sensación de que, aunque pudo vivir, al final no hubo justicia.
