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Hind (Marruecos, 2010) miró de refilón por la puerta de su casa antes de salir hacia Ceuta y comprobó que su madre y su hermano estaban dormidos. Era la noche del 31 de julio y el reloj marcaba poco más de la 1 de la madrugada. Para ese día habían cruzado más de 70.000 personas a España.

Ella estaba asustada. Nunca había sido buena nadando. Solo lo había hecho en un par de ocasiones cuando era niña y su padre seguía con vida.

Solían ir a la playa de Castillejos, en Marruecos. Allí pasaban horas mientras Hind —nombre protegido— aprendía a nadar.

—En el agua siempre encontrarás la libertad —le decía su padre.

Ese recuerdo la envalentonó para continuar con su camino. Pero tampoco era fácil. Y no era porque lo hubiese perdido todo, sino porque se encontraba en esa línea muy delgada en la que se rompe la adolescencia y se entiende lo frágil que es la vida.

La ausencia de su padre fue un vacío imposible de llenar. Su madre tuvo que hacerse cargo de todo para que ella y su hermano pudieran estudiar, tener comida y una razón para luchar.

Sin embargo, cuando Hind creía que estaba llegando a la meta, le diagnosticaron cáncer a su madre en 2025.

El diagnóstico de los médicos fue sencillo —y eso no quiere decir que sea fácil—: no hay nada que hacer. Únicamente es cuestión de tiempo para que suceda lo inevitable.

Fragilidad

El dolor se expresa de múltiples maneras. Algunos lo viven en soledad, otros se refugian en la creencia de que algo superior intervendrá milagrosamente.

También hay quien, como Hind, se vuelve temerosa. Le asusta sentir afecto hacia otros porque teme perderlos. Pero también hay personas, como su hermano, que transforman el sufrimiento en violencia.

—Él me pegaba. Desde hace unos años para acá empezó a consumir drogas y como mi mamá no estaba en casa, nunca se daba cuenta de lo que pasaba —dice Hind.

Los golpes no eran visibles. Algunas veces caían en el estómago y otras veces en las costillas. Hind nunca entendía el porqué, pero no le quedaba de otra más que resignarse.

Ella, por su parte, fue guardando todo ese resentimiento: no tenía a nadie que la defendiera, su madre estaba enferma y en cualquier momento podía morir, su hermano la maltrataba, no pudo terminar el colegio y por eso tuvo que encontrar un trabajo en el que la explotaban laboralmente.

—Mi madre ya no puede trabajar, entonces yo debo responder por toda la carga —comenta.

El "debo" lo dice en presente, como un peso que ya ha aceptado y simplemente no puede soltar.

Escape

Cerrar la puerta de su casa de forma sigilosa en la madrugada del 31 de julio no rompió la responsabilidad de su "carga".

Se sintió como un alivio temporal, que le duró hasta que vio a la turba de personas que también se dirigía hacia el mar.

Pensó en volver. Un adolescente no mide el poder del oleaje, la guerra entre la multitud por ver quién se mantiene a flote, la soledad en medio de la oscuridad y la sensación de que todo está perdido.

Tardó más de seis horas en el trayecto. En ese camino dejó de sentir sus extremidades. Sintió que el peso de la gravedad la llevaría al fondo del mar.

Y cuando quiso darse por vencida y caer, su pierna tocó a una persona que no pudo llegar nadando a Ceuta.

—Pisé su cadáver. No podía verlo porque la noche no lo permitía, pero estoy segura de que era alguien —asegura.

Ese recuerdo la aterroriza. Incluso abre las palmas de sus manos como si una corriente le atravesara el cuerpo.

Supo que ella no podía terminar como esa persona y que debía luchar con todas sus fuerzas. Y no sabe cómo, pero lo logró.

Tocó Ceuta sin imaginar lo que acarrearía. Primero conoció la bondad en quienes la ayudaron a salir del agua.

Sus piernas temblaban; el cuerpo estaba helado y se encontraba deshidratada.

La recibieron con una manta para el frío, agua y algo para comer.

Pero una vez terminó, comprendió que no tenía a nadie. Simplemente ella estaba allí, frente al mar, y entendió que el mar no fue sinónimo de libertad.

—Sé que no estuvo bien que tantas personas cruzaran la frontera, pero yo no vengo a delinquir. Únicamente quiero que me den la oportunidad de tener un futuro —expresa.

Ahora ella se encuentra en el campamento del Príncipe, dirigido por el líder barrial Ahmed, donde custodian que las casi 400 menores de edad que están allí no sean violadas o violentadas en Ceuta.

Ella es ajena a esa maldad. Ni siquiera es una posibilidad. Incluso ignora que a las afueras del recinto donde está el campamento, hay una decena de hombres que aguardan a la salida, como si esperaran a un conocido.

—Hace poco, una pequeña de 12 años que estuvo aquí salió del campamento y se topó con un chico tres años mayor que ella. Se sentaron en la colina que queda detrás de donde estamos y él intentó tocarla. Lo supimos porque ella gritó —dice Ahmed mientras mira a Hind a los ojos, buscando la forma en que ella entienda la situación.

Hind sonríe. Asegura que eso no le pasará, que ella no es tan ingenua.

—Ahmed nos cuida a todas como si fuera nuestro padre, es muy bueno —añade.

Se estima que en Ceuta, según el Gobierno, hay al menos 2.000 menores a la espera de ser acogidos.

Entre tanto, la noche va cayendo en el campamento y, como le ha ocurrido desde hace más de un mes, Hind vuelve a sentir el silencio y la soledad.

De momento no sabe nada de su mamá ni de su hermano. No se ha puesto en contacto con ellos porque sabe que si lo hace, el hermano vendrá a buscarla.

Lo único que quiero es que me den algo por lo cual luchar. Quiero aprender español y convertirme en enfermera. Mi sueño es poder salvar la vida de otros —explica.

Su relato se detiene abruptamente cuando dice lo que sueña. Acto seguido, unas lágrimas empiezan a brotar acompañadas por sollozos.

Extraña a su madre. También a la persona que era ella antes de pasar más de seis horas en el mar y sentir que se ahogaría.

También piensa recurrentemente en su última noche en Castillejos. Y aunque no quiere regresar a Marruecos, solo hay una cosa que sí cambiaría de cuando se fue de su hogar.

—Me hubiese gustado darle un abrazo a mi madre antes de irme. No sé ni siquiera si sigue con vida —finaliza.