Tres hombres están sentados en un arcén de la carretera en la montaña que está frente a la playa del Trampolín, en Ceuta.
Vienen de Marruecos y allí no se conocían. Tampoco se toparon durante los primeros días de la invasión. Sin embargo, coincidieron en una pequeña sombra que los protege del sol.
Son tres de los miles de migrantes que todavía permanecen en Ceuta, aunque las administraciones mantienen cálculos diferentes. Este viernes, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, cifró en 5.000 los adultos en situación irregular y en 1.500 los menores identificados, por debajo del cálculo inicial de 2.900 niños y adolescentes no acompañados. El Gobierno ceutí, en cambio, estima que quedan entre 8.000 y 11.000 personas en total, incluidos los menores.
Todos huelen a sudor. Sus uñas están largas y sucias, además de quemaduras solares.
"Este es el mejor lugar para esperar", asegura Ahmed con una sonrisa.
Frente a él están unos pocos inmigrantes que han vuelto a la playa del Trampolín tras ser desalojados para que los servicios de limpieza pudieran cumplir con su misión.
Entre tanto, Mohamed, uno de sus compañeros, saca de una bolsa de supermercado una bebida. No tiene vaso en el que servir, por lo que toma directamente de la botella.
"En unas horas debe estar llegando la Cruz Roja. Cuando vemos que va llegando más gente, nosotros entramos a la playa para quedar entre los primeros que reciban la ayuda humanitaria", dice riéndose Ahmed.
Said, en cambio, es más callado. Su sonrisa es tímida. Pero también está allí por el mismo motivo que los otros.
"Lo único que queda en estas situaciones es esperar juntos. La soledad es algo que golpea", agrega Said.
Los tres tienen un pasado que buscan olvidar. En Marruecos no tenían aspiraciones ni una vida estable.
En ese momento, Mohamed pide un mechero a los presentes mientras saca una colilla de un porro de su bolsillo.
Uno de sus compañeros le ofrece uno y él lo toma. Se aparta para evitar la brisa y protege el fuego con su mano para que, efectivamente, pueda encender el cigarro, al que le quedan un par de caladas.
"Casi todos los días estamos así. A veces la Policía viene hasta aquí para echarnos y nosotros nos escondemos. Lo más importante es resistir mientras podemos volver a tomar El Trampolín", expresa Said.
Esa vida que llevan es similar a la de los bandoleros, que se escondían en los montes durante el siglo XIX para huir de la justicia, igual que Curro Jiménez.
"Aquí tenemos muchos sitios para escondernos y vigilar lo que sucede en la playa. Somos los primeros en saber lo que pasa, por eso podemos reaccionar pronto", expresa Said.
Suciedad
La espera es sinónimo de quietud. La aspiración de ellos tres, al igual que la de gran parte de los migrantes en Ceuta, es poder conseguir asilo en España.
Pero hay momentos en que la quietud se transforma en frustración. Cuando eso sucede, algunos de ellos buscan culpables.
Miran hacia afuera y los encuentran en cualquier esquina: alguien que recibió antes una ayuda, otro que obtuvo lo que buscaba o, simplemente, llega la desesperación de no estar en la posición que imaginaron.
"Estoy cansado de que nos vean como delincuentes, de que piensen que todos venimos a robar y no es así. Por unos pocos pagamos todos", asegura Mohamed.
Con ello se refiere a los sucesos ocurridos en Ceuta, en los que hubo una confrontación de la Policía Nacional tras los incidentes durante el reparto de comida en la playa del Trampolín.
Además, en otro caso, cuatro militares resultaron heridos en un ataque con piedras a sus vehículos durante la madrugada del 27 de agosto.
La realidad de Ahmed, Mohamed y Said es ajena a todo ello. Sus planes no mutan, independientemente de lo que suceda. Por eso siguen en un letargo en las montañas, donde buscan esconderse de las luces.
"Nosotros no queremos volver a Marruecos. Si tengo que estar dos años así, los esperaré para poder vivir en la Península", comenta Ahmed.
La sombra en la que se encuentran tiene un pequeño riachuelo atrás. La vegetación está llena de basura enredada en los matorrales: hay bolsas, botellas, empaques de comida, platos desechables, cajas de cigarrillo, entre otras cosas.
En ese mismo sector también hay excrementos humanos y marcas de orina en las paredes de cemento.
No les importa el olor que hay. Mucho menos el desastre que están causando algunos de ellos. Eso es, simplemente, una "consecuencia" por la "tardanza" del Gobierno en escucharlos.
Además, consideran que la playa del Trampolín está siendo un punto de "resistencia" por parte de los marroquíes. Por ello han sucedido los altercados en ese lugar.
"Aquí estamos en uno de los mayores puntos de afluencia donde hemos podido hacer una mezquita improvisada y seguir con nuestras costumbres. También tenemos el mar para lavar nuestra ropa y ducharnos cuando lo necesitamos. La Cruz Roja también nos trae alimentos, así que estamos bien", afirma Ahmed.
Sin embargo, reconoce que entre ellos mismos hay cierto temor y se han formado algunos grupos. Hay unos cuantos que se dedican a vender las ayudas que reciben, tabaco y también revenden lo que consiguen en supermercados.
Pero hay otros grupos más extremistas. Por ejemplo, hay ciertos marroquíes que buscan conflicto con los argelinos o con los subsaharianos.
"Muchos se esconden en las montañas tras hacer algo malo. También tienen escondites donde están las navajas y cosas por el estilo. En estos sectores es muy difícil que la Policía verifique uno a uno lo que llevan, además de que hay más facilidades para escapar", comenta Said.
A lo lejos se empieza a divisar el primer camión que trae botellas con agua. Ese es el indicativo para que todos los que están en la montaña empiecen a bajar hacia la playa del Trampolín.
Ahmed, Said y Mohamed no son la excepción. Los tres, finalmente, se ponen de pie y salen al sol.
"Bueno, vamos para allá que la fila conforme pase la tarde se va haciendo más larga", asegura Ahmed.
Cuando empiezan la caminata, que tarda unos pocos minutos, de los montes emergen decenas de migrantes. Todos buscan lo mismo: la comida que les brinda la Cruz Roja.
"La tensión ha ido aumentando en la playa porque ya no nos quieren aquí, pero espero que sepan que vamos a resistir y nos vamos a quedar en España", concluye Said.
