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Todas las mesas están vacías en el restaurante El Capote, en el centro de Ceuta. Eso ya ha dejado de ser una novedad desde hace más de dos semanas cuando empezó la invasión de al menos 80.000 personas.

"Los hosteleros no tenemos ganas de nada. La cancelación de la feria ha sido un palo muy gordo porque se ha perdido mucho dinero", asegura Gema Molina, dueña del restaurante.

Su rostro denota cansancio. También se muerde el labio como señal de impotencia. Incluso, busca explicar la situación sin generar malentendidos.

"Yo no estoy en contra de las personas que emigran. Al contrario, quienes quieren encontrar una mejor vida y hacer las cosas bien, yo los he apoyado en mi restaurante. Siempre he contratado personas de afuera y les ayudo a organizar su documentación", asegura.

Lleva 15 años siendo dueña de ese local. Sin embargo, ni siquiera en tiempos de pandemia tuvo un golpe económico tan complicado.

"Durante la Covid los políticos nos ayudaron. Ahora quieren decir que lo que estamos viviendo no es una invasión, que todo está seguro y las cosas no funcionan así", añade Molina.

Ella es ceutí y ha vivido toda su vida allí. Nunca ha pensado en ir a la Península, al igual que su hija y su esposo.

"Mi hija me contó que en su trabajo, siendo vigilante de seguridad, cerca de 10 inmigrantes la rodearon y le empezaron a decir que es guapa, a pedirle dinero y comida. Lo único que ella me dijo fue que se sintió como un trozo de carne", agrega.

Intimidaciones

Gema se encuentra en una agrupación de hosteleros. Allí, entre todos, han contado sus pérdidas monetarias.

"Yo he perdido dinero, pero tengo compañeros que están en crisis desde que empezó esta invasión. Entre todos los que conozco, sé que la suma hace mucho tiempo superó los 100.000 euros", afirma.

Los clientes ya no están acudiendo a los restaurantes ni a los bares. La razón, según Molina, está en que tienen miedo, al igual que los hosteleros.

Algunos de sus conocidos han sufrido ataques en sus terrazas. También entran en manada para pedir comida y cualquier tipo de bebida. En otros casos, abordan a las personas que están en el lugar y les increpan hasta que les dan algo.

"El problema de todo esto es que si no les das, hay una confrontación. Y no sólo eso, también me he encontrado fuera de mi restaurante bolsas con excremento de ellos, también incontables orines. Y es que eso toca limpiarlo. Imagina llegar a un negocio que en la parte exterior tenga mierda humana. Nadie va a querer entrar", expresa.

Eso no necesariamente se lo atribuye a una forma de intimidación, pero no es la primera vez que le sucede. Incluso, en múltiples ocasiones, ha visto a varias personas bajarse los pantalones frente a ella para hacer sus necesidades.

La noche y la inseguridad

Diversos establecimientos están teniendo que cerrar antes de lo previsto, ya que temen por su seguridad. Por el día, expresa la dueña de El Capote, no suele haber muchos inmigrantes que entren a los restaurantes.

Pero en las noches todo cambia. "Lo que intuyo es que la mayoría duerme durante el día o se queda por allí. Ya en la noche, ellos salen a buscar cosas, incluso a pelear con palos y demás", expresa.

Adicionalmente, muchos de ellos se acuestan a dormir en las puertas de los locales y también en los portales de los pisos.

"Mi esposo una vez intentó despertar a uno para que se moviera, pero este lo increpó y le dijo que no tenía por qué irse", recuerda.

El sentir general de los hosteleros es el abandono, además de no sentirse representados por parte del Gobierno. "Nos han abandonado. Nos dejaron aquí y quieren venderle al mundo que Ceuta sigue siendo una ciudad limpia y segura cuando ya no es así", concluye.