La imagen empieza a convertirse en una constante. Sobre la carretera de Benítez, en Ceuta, cientos de inmigrantes caminan para retornar a la playa del Trampolín.
Nuevamente hay coches de la Policía Nacional. También los del Ejército. Hay al menos 10 agentes sobre la arena, intentando poner orden a lo que parece ser un círculo vicioso.
"Todos los días igual. Desalojamos, vienen a limpiar, pero ellos (los inmigrantes) regresan y arman chabolas", asegura un agente.
Esa ha sido la constante durante los pasados días. En la mañana del 21 de agosto, la Policía llevó a cabo el segundo desalojo. Pero unas horas después, la playa vuelve a estar ocupada por tercera vez con al menos 1.000 personas.
"Ellos no entienden. No vamos a regresar a Marruecos y seguiremos aquí", expresa Youssef.
Él está sentado junto a otro grupo de personas en la montaña ubicada detrás de la playa. Uno de ellos, al que le falta un diente, se enfada por la situación.
"Creen que porque uno hace daño o roba a alguien todos somos así", asegura. El resto asiente.
Ese grupo, que lleva allí prácticamente desde el día de la invasión, dice que no está entre sus planes moverse de la playa.
Parte del grupo que regresó a la playa del Trampolín.
Ellos saben que esa situación incomoda a la ciudadanía, además de que cada día viene la Cruz Roja con tres camiones llenos de ayuda humanitaria.
Cuando ven que los vehículos con las ayudas finalmente llegan, todos buscan hacer una fila dispuesta por los agentes para recibir una botella con agua, un brick de leche y algo para comer.
"Aquí tenemos todo. Nos dan comida mientras que en Marruecos no tenemos ni siquiera eso. Para nosotros ya es una ganancia", agrega otro del grupo.
Tensión
Al ser la tercera vez que vuelven tras ser desalojados, los ánimos ya no son los mismos. Los inmigrantes tienen aspecto cansado. También los policías.
"Es inviable esta situación. No puede ser que no nos dejen evitar que la playa sea invadida. Están haciendo lo que quieren", se le escucha decir un agente a otro en una conversación.
Su compañero se limita a asentir con la cabeza. Se nota su desgaste por estar bajo el sol durante tantas horas.
En medio de la escena, los agentes encargados de organizar a todos los inmigrantes están alterados.
Organizarlos es difícil. Algunos quieren adelantar posiciones, avanzar más rápido en la fila o, incluso, colarse cuando no les han llamado.
"Que tires pa’ allá o te vas a tu casa", grita uno de los agentes.
El hombre al que se lo dice es de Marruecos. No le entiende. Pero al ver los gestos, se da cuenta de que le han pillado cuando quería colarse.
Él no es el único que lo hace. Todos están bajo el sol y quieren intentar salir de allí, de la forma que sea, incluso pasando por encima del otro.
Sin embargo, cuando otro de los inmigrantes intenta colarse, el agente finalmente explota.
"Tú", dice señalándolo.
"Sí, tú. Vete. Para atrás de la fila, por listo. Vete", agrega con un tono de voz mucho más elevado.
El hombre sigue sin entender, hasta que el policía, con su mano, le dice que debe irse al final de la fila.
Se va renegando por la arena. Para llegar al puesto en el que estaba tardó casi una hora y, por intentar acortar el camino, debe empezar nuevamente.
Algunos se burlan silenciosamente y esperan no correr con la misma suerte.
"Los policías, entre todo, nos han tratado bien. Pero los del Ejército no. Hay algunos que le pegan a los inmigrantes o cosas así cuando ven a alguno borracho o haciendo cosas", comenta Youssef, que decidió bajar a la playa para recoger su ayuda humanitaria.
Suciedad
El problema en el Trampolín no se limita únicamente a la invasión. También hay que observar lo que se ha desencadenado.
Sobre la arena hay múltiples marcas de fogatas y todo tipo de basura. También hay excrementos y colillas de cigarro.
"Muchos lo que están haciendo es cavar hoyos en la arena y hacen sus necesidades. Algunos, después de terminar, entran al mar para lavarse. Además, ahí en esa agua también lavan las prendas sucias", explica Youssef.
Los inmigrantes en la fila organizada por la Policía Nacional.
Además, una vez que consumen los alimentos y el agua entregados por la Cruz Roja, los envases terminan sobre la arena, a la espera de que a la mañana siguiente vengan a limpiarlo, como ya ha sucedido.
"Sabemos que van a venir a desalojarnos mañana y que van a limpiar. Después, todos se van y nosotros volvemos a entrar", asegura el joven marroquí.
Eso ha generado una notable molestia entre los vecinos, que en repetidas ocasiones han asegurado que se sienten inseguros y que las condiciones de salubridad no existen en este espacio.
Decenas de inmigrantes regresando a la playa.
Entre tanto, Youssef, junto a su grupo, dicen no tener la intención de regresar a su país. Todos concuerdan en que Marruecos no tiene una sanidad pública buena, ni oportunidades para estudiar y mucho menos poder salir adelante económicamente.
"La Policía cumple su trabajo, pero si nos desalojan 10 veces, pues vendremos aquí todo lo que haga falta. Así deba vivir dos años en estas condiciones lo haré para que me den asilo y pueda ir a la Península", comenta Youssef.
Él forma parte del grupo que inició una huelga de hambre el pasado domingo, 16 de agosto. En esa misma playa, cuando había casi 4.000 personas, la mayoría se puso una cinta aislante sobre la boca para hacer referencia a que nadie escucha las peticiones.
"España es el futuro. Marruecos no. Aquí nosotros podremos lograr algo", dice un miembro del grupo de Youssef.
La tarde va cayendo. Parece una historia escrita con anterioridad. La mayoría va armando sus chabolas nuevamente y sus tiendas de campaña. Algunos han recogido sillas en mal estado que dejan en los basureros y las han trasladado hasta la arena.
Cuando amanezca, posiblemente habrá una nueva intervención por parte de la Policía Nacional para desalojarlos.
También es factible que acudan trabajadores para limpiar el desastre que ellos han hecho en menos de 24 horas.
Y, entonces, las imágenes volverán a ser las mismas: una fila de cientos de personas que salen de la playa y vagan por la ciudad.
Unas horas más tarde, cuando el hambre llame y no tengan dónde acostarse, regresarán a la playa del Trampolín.
"No nos vamos a mover de aquí hasta que nos den asilo", concluye Youssef. Poco después, se va a la fila con la esperanza de recibir algo de comer y de beber.
