El reloj marcaba las 18:05 del 24 de junio cuando la tierra se sacudió por primera vez en La Guaira. El primer terremoto fue de magnitud 7,2. Cuando finalizó, el segundo terremoto tardó 39 segundos en aparecer. Esta vez de 7,5.
Los hermanos Deivi y Winder se abrazaron. Estaban en la playa. Cuando abrieron los ojos pensando que la pesadilla había terminado, vieron a su alrededor una extensa nube de polvo.
Gran parte de los edificios de La Guaira se habían desplomado. Escuchaban gritos y gente pidiendo auxilio.
Ellos estaban en shock. De inmediato fueron al edificio en el que residían con su madre Yusmani, su abuela Carmen y su hermano menor Moissés.
Sabían de sobra que todos se encontraban en el apartamento porque su madre se estaba pintando el cabello y Moissés estaba castigado, por lo que no podía salir, pese a que Deivi le había insistido en que le permitieran ir a la playa.
Cuando llegaron al lugar ya no había un espacio al cual llamarle hogar. Ahora solo quedaban escombros.
"Mi mundo se me cayó encima", asegura Winder.
Ellos vivían en un edificio de 12 pisos, en el apartamento 107. Su padre, Deivid, lleva una década viviendo en Cali (Colombia), entonces no tenían forma de encontrarse con él.
Tampoco tenían señal en los móviles para poder comunicarse. A los dos hermanos lo único que les quedó fue, con sus manos, empezar a remover escombros.
Los tres primeros días no lloraron. No tenían dónde dormir y tampoco qué comer. Lo único que hacían era intentar encontrar a sus familiares y rescatar a los que iban encontrando en el camino.
"Vimos a varios niños sin cabeza, a gente con la mitad del cuerpo aplastada pidiéndonos ayuda", asegura Winder.
Deivid llegó finalizando el tercer día. El viaje tuvo que hacerlo por tierra, dado que era prácticamente imposible hacerlo por avión.
Cuando estaba en La Guaira se dirigió inmediatamente a la zona en la que vivía su familia. "Al llegar a la zona no vi el edificio de mis hijos. Todo eso estaba derrumbado, en escombros", expresa.
Pensó que había perdido a toda su familia y empezó a buscar, hasta que pudo ver únicamente a sus dos hijos. Ese fue el momento en el que Winder y Deivi finalmente se quebraron.
"Mi mamá, mi mamá, mi mamá", fueron las palabras que ambos pronunciaron mientras lloraban desconsoladamente.
La comunidad en La Guaira empezó a reconocer a los hermanos como "topos", dado que se movían de forma escurridiza entre los escombros, alumbrando con linternas para explorar en los lugares donde creían que podía haber restos de las personas atrapadas.
"En ese momento ya no me sentía como un niño", agrega Deivi.
A medida que pasaban los días, empezaron a usar palas, picos, mazos, martillos, sierras y hasta un cuchillo de cocina.
Tardaron 27 días en encontrar los cuerpos de sus tres familiares. Y los reconocieron por las cosas cotidianas: una falda con flores de su abuela, una bolsa en el cabello que llevaba la madre cuando se estaba tinturando, los pantalones cortos de Moissés, la biblia de la casa y una lista de compras que nunca se pudo hacer.
Yusmani junto a Carmen y Moissés.
Justamente el hermano menor fue el último en ser hallado. Y quien lo encontró fue su padre. "Cuando se me cayó la cabecita en las manos… me descompuse. Tuvieron que sacarme los paramédicos porque era muy desesperante lo que estaba viviendo", dice.
Después de ese suceso y de cremar los restos de sus familiares, Deivid se llevó a sus hijos para Cali. Llegaron el 7 de agosto.
Terremoto en Colombia
Deivid es barbero en Cali. Su decisión de partir de Venezuela y dejar a su familia era para poder enviarles recursos económicos y que ellos pudieran salir adelante.
Durante los primeros tres días, los dos hermanos han estado con pesadillas recurrentes de lo que vivieron en La Guaira. Salen muy poco a la calle y también tenían miedo de que pudiera ocurrir otro terremoto.
Hasta que en la mañana del 10 de agosto, el padre salió a trabajar a la barbería y dejó a sus hijos en casa. Ellos estaban dormidos.
Pasadas las 7 de la mañana, la tierra nuevamente empezó a moverse.
Ninguno quería abrir los ojos. Por su parte, Deivi imaginaba que estaba en una pesadilla.
Sin embargo, cuando la tierra empezó a moverse más fuerte, ambos saltaron de la cama y bajaron los dos pisos del edificio.
Esa pesadilla que habían vivido un mes antes parecía repetirse: los gritos de las personas, las llamadas de auxilio de quienes quedaron atrapados en los escombros de los edificios y la sensación de volver a perderlo todo.
Mientras el sismo pasaba, ambos estaban sosteniéndose en una reja. Cuando terminó, lo único que pensaron fue en salir a correr a la barbería donde su padre trabaja para corroborar que él estaba bien, pero no lo encontraron.
Entre tanto, su padre había regresado a la casa lo más rápido que pudo para corroborar que ellos estaban bien.
Al llegar y en medio del desespero, una vecina le contó que los había visto salir corriendo hacia el lugar donde él trabaja.
Deivid corrió hasta la barbería y finalmente se reencontraron.
"Papá, quédate tranquilo. Esto ya lo vivimos", le dijo Winder.
