En el polígono del Príncipe estos días no puede entrar cualquiera. Una valla móvil que siempre está abierta es la única forma de acceder a este espacio que se levanta en la misma espalda de la frontera ceutí con Marruecos.
Se trata de un lugar repleto de naves en desuso, pero estos días sus calles han sido colonizadas por en torno a un millar de inmigrantes que sobreviven en condiciones de total escasez.
Y eso que la barriada del Príncipe es una de las zonas de Ceuta con más población en riesgo de exclusión social. Una de sus características más visibles son sus solares, repletos de restos de chatarra y basura que nadie quiere.
La primera calle del polígono del Príncipe, en Ceuta.
Pero estos deshechos —lonas, cartones, cuerdas...— se han convertido en el material con el que estos inmigrantes, en su mayoría marroquíes, construyen ingenios para resguardarse del sol. Es decir, la basura de gente pobre se ha convertido en recursos que ahora explotan personas aún más pobres.
Los usan para tener algo parecido a tiendas de campaña, aunque no se les puede llamar así. Tampoco se puede llamar camas a las pilas de cartones que amontonan en su interior.
Construyen sus coberturas con sábanas viejas, restos de toldos, alfombras o cualquier tejido que evite la entrada de la luz solar. Utilizan palés, ruedas, tablas de mesas rotas para darles un mínimo de solidez.
No hay comodidades en este espacio. Uno puede darse con un canto en los dientes si al mediodía encuentra una forma de protegerse del sol mediterráneo de principios de agosto.
De lo que no se puede huir una vez que se cruza la valla del polígono es del olor a orina. Al fin y al cabo, en un pequeño polígono rodeado de muros, hay pocos lugares donde se puedan hacer las necesidades. Y teniendo en cuenta que habitan a la intemperie un millar de personas, peor.
Este es el retrato más preciso de una sociedad excluida que mira al forastero con una mezcla de chulería y soberbia. Quizá fruto del miedo al prejuicio, a sentirse juzgados por ser de fuera y ser pobres.
Este tipo de asentamientos se están reproduciendo a lo largo de toda la periferia. Uno de los más elaborados es el de la playa del Trampolín, en las proximidades del CETI. Allí, la abundancia de vegetación y cañas confiere a los migrantes más recursos para construir chabolas más estables.
Estructuras de chabolas construidas por migrantes en la playa del Trampolín, en Ceuta.
Pero en el polígono del Príncipe no hay vegetación. Solo chatarra. Y un recinto delimitado que confiere aún más puntos ciegos y aislamiento a este lugar.
Por eso no es buena idea acceder solo. Pero este diario logra entrar para cubrir la situación aprovechando un reparto de comida que organiza la ONG Luna Blanca a diario.
Cuando el periodista cruza la valla en una moto de un lugareño colaborador de la ONG, un policía nacional pide a ambos que se den la vuelta.
La cola de migrantes organizada por la Policía Nacional junto a sus chabolas para recoger la comida de la ONG Luna Blanca.
Solo cuando la furgoneta de la entidad llega detrás y les identifica como parte de su convoy, se permite a ambos el acceso.
En torno a una decena de agentes han organizado a casi un millar de personas en una fila, con un recorrido establecido para que cada uno de ellos coja un plato de comida de los que prepara Luna Blanca con alimentos cedidos por Servicios Sociales.
El objetivo es entregar una ración de comida por persona, que consta de una botella de dos litros de agua, un táper con arroz y una barra pequeña de pan.
La ONG Luna Blanca dona una ración de comida, agua y pan a cada migrante.
Los policías tratan de mantener el orden imponiendo disciplina. Saben que si la situación se va de las manos puede convertirse en un caos incontrolable.
En la cola se produce alguna que otra disputa que los agentes logran atajar rápidamente. No sin dificultades. Conforme los migrantes llegan de uno en uno al puesto de entrega, muchos dan las gracias a los miembros de la ONG. Pero no todos lo hacen.
Luna Blanca prepara comida para entre 900 y 1.000 personas en este puesto de entrega. La fila avanza rápido, y pese a ello, tarda 45 minutos en llegar el último.
La ONG Luna Blanca entrega las últimas raciones de alimento a un grupo de inmigrantes en el polígono del Príncipe (Ceuta).
La policía indica por dónde deben abandonar el lugar para no repetir plato, previniendo así que haya migrantes que coman dos veces mientras otros se queden sin nada.
Pese a ello, los más cucos encuentran la forma de dar un gran rodeo para intentar volver a la cola. Pero los agentes rápidamente cierran el paso.
Al vaciarse la fila, sobran algo más de medio centenar de raciones. Solo entonces se permite que unos cuantos repitan.
Mayoría masculina
Hay muchos más hombres que mujeres. Ellas son apenas unas decenas, menos de un centenar. El resto, hasta completar una cifra que ronda el millar, son varones. Muchos de ellos, menores de edad.
En este tipo de asentamientos, con muy poco control de las autoridades por su aislamiento de los núcleos urbanos, es donde surgen los rumores de violaciones a mujeres y menores entre los propios migrantes.
Por eso, la Asociación de Vecinos de Sidi Embarek habilitó un polideportivo en su barrio, ubicado a unos 10 minutos en coche, en el que se puedan cobijar solamente mujeres y niñas, con vigilancia las 24 horas para garantizar estar protegidas de los abusos sexuales.
El polideportivo del barrio de La Reina (Ceuta), donde 250 mujeres y niñas inmigrantes recién llegadas se resguardan para evitar sufrir una agresión sexual.
Pero de vuelta en el polígono, lo que se ve a simple vista entre los migrantes habla más que muchos de sus testimonios.
El olor de sus cuerpos delata que no han tenido la oportunidad de ducharse en todo el tiempo que llevan en España. Buena parte de ellos lucen dentaduras sucias.
No toda la miseria que muestran es consecuencia de sus días en Ceuta, ya que muchos ya vivían en situación de exclusión social en Marruecos, un país con muchos menos recursos que España para dar respuesta a la pobreza.
Sus ropas son harapos sencillos, camisetas deportivas, de fútbol o de imitaciones de marcas compradas en mercadillos, o de colores sencillos.
Casi todos llevan chanclas en los pies, sin calcetines. Los más afortunados, una minoría, tienen gorras o sombreros para cubrirse las cabezas.
Una parte de estos jóvenes ni siquiera viste camiseta. En ellos es habitual ver la piel de la espalda despellejada por quemaduras solares. Otros, una minoría, portan muletas.
Y es que, como explican desde Luna Blanca, muchos de ellos tienen pequeñas heridas sobre todo en las piernas que sufrieron al cruzar El Tarajal.
Cuando el periodista saca la cámara para grabar, un hombre se molesta en la fila. Otros, sin embargo, los niños más jóvenes, sonríen y saludan a la cámara con la inocencia que ningún drama humano puede arrebatarles.
El pasatiempo principal es la conversación entre ellos. Muchos ya empiezan a establecerse en grupos, como se puede observar por la cercanía de algunas de las chabolas. En situaciones de crisis, la unión hace la fuerza.
En las horas de sol, la estrategia es convertirse en piedra y buscar la sombra a toda costa.
Y el resto del tiempo, incertidumbre: la única sensación que comparten con el resto de la sociedad ceutí, que asiste con asombro al colapso de su ciudad ante la inacción del Gobierno central.
