Una semana antes de que el asalto a Ceuta se convirtiera en combustible para la ultraderecha islamofóbica —que se apresuró a decir que al otro lado del Estrecho aguarda una nueva armada de Táriq dispuesta a restaurar Al-Ándalus—, 51.181 musulmanes ahmadíes se reunieron en la localidad inglesa de Alton para honrar a su califa bajo enormes pancartas con el lema: "Amor para todos, odio para nadie".
A decir verdad, pocos musulmanes son tan odiados como ellos. Solo que sus principales adversarios no son los patriotas europeos ni los nuevos cruzados, sino buena parte de la ortodoxia islámica, que los considera herejes por creer que el mesías prometido llegó tras la muerte de Mahoma.
En Pakistán, donde es más fuerte el movimiento, la ley les prohíbe incluso llamarse musulmanes, denominar mezquitas a sus templos o emplear fórmulas religiosas reservadas al islam.
En España, en cambio, Vox los exhibe como la excepción que confirma su regla: musulmanes pacíficos, perseguidos, integrados y dignos de respeto.
Que estos sean los buenos, según el partido de Abascal, sugiere que el resto son los malos.
El también llamado "Jardín del Mahdi" es una finca agrícola de 84 hectáreas que alterna grandes prados y campos de cultivo, cosidos por setos, caminos rurales y pequeñas manchas de arbolado, con los establos y graneros de la antigua Oaklands Farm agrupados en uno de sus extremos.
La Ahmadiyya Muslim Association UK la compró en 2005 y desde entonces, cada año, durante unas semanas de verano, aquel paisaje de vacas, barro y hierba inglesa desaparece bajo más de doscientas carpas, kilómetros de vallas, cocinas industriales, hospitales de campaña y avenidas provisionales capaces de absorber a una población superior a la de muchas ciudades españolas.
Musulmanes ahmadíez aguardando en el baño, durante su convención anual.
Entre las exposiciones organizadas el pasado mes de julio había una dedicada a los logros intelectuales y científicos de los musulmanes.
El propio Qamar Zafar Bushra, uno de los hijos del misionero que estableció la comunidad ahmadía en España hace ochenta años, insiste en que la veamos durante la visita al festival realizada por redactores de este diario digital.
"Es que nos duele que no se reconozcan las contribuciones a la humanidad de los pensadores del Islam", dice.
Su padre, Karam Ilahi Zafar, voceaba perfumes en el Rastro, entre puestos de quincalla, montones de ropa usada y el humo grasiento de las freidurías.
Claro que cada frasco de esencias de rosa, jazmín y violeta venía con un sermón: el que él recitaba cada vez que advertía al comprador de que aquel aroma se desvanecería en unas horas pero el poseía otro perfume —la doctrina ahmadía— que podía acompañarlo durante esta vida y la siguiente.
Aquel puesto era al mismo tiempo tiendecita, oficina misionera y púlpito ambulante: allí hablaba de Mahoma, de Jesús y de la llegada del Mesías prometido mientras despachaba esencias a cambio de unas pesetas.
Qamar, ingeniero de telecomunicaciones jubilado y antiguo empleado de Iberia, heredó de su padre aquella vocación de apostolado.
Ya no necesita desplegar perfumes sobre un tenderete dominical, pero sigue ofreciendo la misma mercancía con idéntica perseverancia mezclando documentos, recuerdos familiares y argumentos destinados a convencer a quien quiera escucharlo de que Cristo murió en Cachemira y de que el islam es una religión de paz.
La muestra que organizaron los ahmadíes este año junto a Londres, diseñada bajo el lema "Cómo los musulmanes contribuyeron a las civilizaciones globales", funcionaba como una especie de ajuste de cuentas con la amnesia europea.
El recorrido conectaba a Ibn al-Haytham y sus investigaciones sobre la luz y la cámara oscura; a Al-Zahrawi, el cirujano cordobés que describió centenares de instrumentos médicos; a Al-Jazari y sus relojes hidráulicos, bombas de agua y autómatas; a Al-Razi, médico y químico; y a Al-Idrisi, el cartógrafo que dibujó para un rey cristiano uno de los mapas más completos y ambiciosos del medievo.
El mensaje de la muestra no era precisamente sutil: mucho antes de que Europa se atribuyera la invención de la modernidad, una parte decisiva de las herramientas con las que la construiría había sido traducida, corregida o desarrollada en Bagdad, Damasco, El Cairo y la Córdoba musulmana.
A Qamar le acompañaba este verano en su visita a la exposición un señor con chilaba que resulta ser de Almería. Agustín Belmonte viajó a la Jalsa Salana, la convención anual de los ahmadíes, junto a su esposa marroquí, aunque durante buena parte de los tres días ambos transitaron por ciudades paralelas.
El almeriense Agustín Belmonte y el madrileño Kamar, durante la convención británica de los ahmadíes.
El recinto está dividido en zonas separadas para hombres y mujeres: distintas carpas de oración, comedores, accesos, servicios y espacios de descanso.
No se trata de una separación improvisada, sino de una segregación deliberada, la traducción física de su doctrina.
Como el resto de los musulmanes rigoristas, los ahmadíes predican la modestia, restringen el contacto entre hombres y mujeres ajenos a la familia y defienden el purdah, el código de recato que regula la ropa, la conducta y la exposición pública femenina.
Mujeres ahmadíes, desplazándose desde el espacio donde se les segrega, en el transurso del festival.
Ahí reside la parte del experimento ahmadí que la extrema derecha suele dejar fuera del escaparate.
A Vox le fascina la insistencia con la que la comunidad condena el terrorismo, proclama su obediencia a la ley y repite que el islam significa paz.
Pero el pacifismo no convierte automáticamente una religión en la versión amable y domesticada de Mahoma.
En materia de género, sexualidad, autoridad espiritual y disciplina comunitaria, el islam practicado en Alton es tan tradicionalista y fiel al Libro como el de las comunidades más severas.
La diferencia decisiva no consiste en que hayan renunciado a una interpretación exigente de la religión, sino en que han renunciado expresamente a imponerla mediante la violencia.
Ese matiz —de enorme transcendencia, desde el punto de vista político y moral— permite a la derecha presentarlos como "los musulmanes buenos", mientras aparta discretamente de la fotografía las carpas separadas, el purdah y una estructura religiosa bastante menos moderna de lo que su eslogan multicolor sugiere.
Un converso español
Antes de unirse a los ahmadíes, el almeriense Agustín Belmonte pertenecía a una yamaa sufí. Y por algún motivo, empezó a frecuentar a los ahmadíes hasta que decidió unirse a ellos.
Ahora piensa incluso en levantar una mezquita en Almería y en dejar ordenadas las cosas para que, cuando él falte, sean ellos quienes se hagan cargo de su legado.
El almeriense Agustín Belmonte con su esposa marroquí.
Ese tránsito espiritual no fue desde la mística hasta su negación, sino desde una habitación pequeña hasta una religión del tamaño de una multinacional.
La Ahmadiyya también nació como movimiento reformista o revivalista islámico y adoptó el juramento personal y formas devocionales relacionadas con el sufismo.
Claro que siglo y medio después, aquella intimidad espiritual dispone de califa, canales de televisión, delegaciones planetarias, contables y formularios capaces de convertir la renuncia a los bienes terrenales en un porcentaje exacto.
"Lo que me gusta de los musulmanes es que son mucho menos materialistas", dice Belmonte.
En realidad, el desprendimiento ahmadí posee tesoreros, formularios y una aritmética bastante precisa.
Dinero y fe
La comunidad llama chanda a sus aportaciones. Su propia guía establece que cada miembro con ingresos debe entregar como Chanda Aam una dieciseisava parte de lo que gana después de impuestos y seguros obligatorios: el 6,25 por ciento.
A esa cantidad se añade la contribución destinada a sufragar la Jalsa Salana, fijada en una ciento veinteava parte de los ingresos anuales.
Quien atraviesa dificultades puede solicitar una rebaja, pero necesita la autorización del califa.
Los ahmadíes no describen esos pagos como cuotas, sino como "sacrificios financieros".
La diferencia no es meramente decorativa. Una cuota compra pertenencia, cargos y privilegios funerarios.
Alrededor de esa idea se despliega una constelación de colectas, algunas obligatorias y otras voluntarias, destinadas a construir mezquitas, sostener misioneros, editar publicaciones o extender la comunidad por nuevos países.
Solo el Waqf-e-Jadid, uno de esos fondos voluntarios, cerró 2025 con 14,97 millones de libras aportadas por más de un millón y medio de participantes, según las cifras facilitadas por el califa en enero de 2026.
Después está la Wasiyyat, el mecanismo que convierte el desapego en una categoría superior de pertenencia.
Quien se incorpora voluntariamente se convierte en musi y se compromete a entregar entre una décima y una tercera parte de sus ingresos, además de legar a la comunidad esa misma proporción de sus bienes.
El reglamento contempla propiedades, salarios, atrasos y plazos con una minuciosidad casi notarial: si el candidato posee ingresos y patrimonio, el compromiso alcanza a ambos; y no se admiten testamentos improvisados en el lecho de muerte.
En ese contexto, la palabra "legado" deja de ser una abstracción piadosa.
Proteger al califa
Para ocupar un lugar junto al califa durante la convención anual, dentro de lo que la organización llama la zona verde —el perímetro más próximo a su tribuna—, tanto Agustín como el resto de los presentes tuvieron que someterse a una prueba de COVID.
El 26 de julio de 2026, cuando los hisopos habían desaparecido ya de casi todos los rituales de la vida cotidiana, aquel rincón de la campiña inglesa parecía haberse convertido en una cápsula del tiempo de la pandemia.
Kamar, efectuando la prueba del Covid, antes de acudir a la carpa del califa.
Todos los que aspiraban a situarse junto al líder debían además cubrirse el rostro con mascarillas.
Más allá del perímetro, decenas de miles de fieles respiraban, comían y rezaban sin ella pero el califa había sido protegido por una burbuja sanitaria.
En torno al califa, se organizó una auténtica burbuja sanitaria. Quienes le acompañaban iban con mascarillas.
"Es que Mirza Masroor Ahmad prefiere la homeopatía. Además, es ya muy mayor e intentamos protegerlo", se disculpó Qamar cuando nos interesamos por ese hecho.
En marzo de 2020 el califa de los ahmadíes aseguró que, después de consultar a varios homeópatas, había recomendado determinados remedios como prevención y tratamiento contra el coronavirus, aunque admitió que no podía afirmarse que fueran una cura específica y pidió a los fieles que obedecieran las medidas sanitarias, evitaran reuniones y extremaran la higiene.
Pero eso no le convierte en un negacionista. En enero de 2022 reprendió a quienes restaban importancia al virus, rechazaban la vacuna y se negaban a llevar mascarilla, y pidió a los médicos ahmadíes que combatieran la desinformación.
En la misma respuesta, sin embargo, aconsejó aplicarse Vicks en la nariz y tomar medicamentos homeopáticos "si creen en ellos".
Medicina, fe y preparados sin eficacia demostrada podían convivir dentro de la misma recomendación sin que nadie pareciera advertir la contradicción.
El hecho es, en todo caso, que la cercanía física al califa seguía custodiada este verano por hisopos, mascarillas y una fe suplementaria en remedios sin eficacia demostrada.
"Amor para todos, odio para nadie"; confianza en el sistema inmunitario, solo hasta la verja de la zona verde.
En realidad, todo este protocolo posee una genealogía de más de un siglo. En 1902, mientras la peste devastaba el Punjab británico, Mirza Ghulam Ahmad, fundador del movimiento, publicó El arca de Noé.
No negaba que la vacuna funcionase: admitía expresamente que la mortalidad era menor entre los inoculados.
Pero sostenía que vacunarse él habría sido un pecado, porque habría arrojado dudas sobre la promesa divina de protegerlo a él y a quienes vivían entre las cuatro paredes de su casa.
Si aceptaba la inyección, escribió, tendría que agradecer su salvación al médico que la había inventado y no al Dios que le había garantizado inmunidad.
La dispensa celestial no alcanzaba exactamente a todos sus seguidores. En el mismo libro aclaró que los miembros de la comunidad no tenían prohibido vacunarse y que debían hacerlo si el Gobierno lo ordenaba.
La fórmula era mucho más sofisticada que un simple rechazo de la ciencia: la vacuna servía para la gente corriente; en el centro carismático del movimiento operaba la protección directa de Dios.
¿Quién es, entonces, este hombre en cuyo nombre se aconsejan Vicks y preparados homeopáticos contra un virus y alrededor del cual la organización todavía exige hisopos y mascarillas para franquear unos pocos metros de distancia?
Quién es Ahmad
Mirza Masroor Ahmad es el quinto califa de la Ahmadiyya, bisnieto de su fundador y jefe espiritual y administrativo del movimiento desde el 22 de abril de 2003.
Nació en 1950 en Rabwah, la ciudad que los ahmadíes levantaron en Pakistán después de la partición de la India; estudió Economía Agrícola y pasó varios años en Ghana, primero al frente de escuelas de la comunidad y después dentro de su aparato misionero.
Un colegio electoral lo escogió para un cargo vitalicio tras la muerte de su antecesor. Desde entonces, sus sermones salen de Surrey por televisión, internet y una red de delegaciones que convierte cada intervención suya en doctrina instantánea para fieles de varios continentes.
No es el califa de todos los musulmanes, aunque el tratamiento y la liturgia puedan sugerirlo. Es el actual sucesor del citado Mirza Ghulam Ahmad, un terrateniente y polemista religioso nacido en Qadian, en el Punjab, que en 1889 recibió el juramento de adhesión de sus primeros cuarenta discípulos.
Ahmad proclamó que él era el reformador anunciado para el final de los tiempos, el Mahdi esperado por los musulmanes y el Mesías cuyo regreso aguardaban los cristianos.
La afirmación resolvía de golpe varias profecías, pero introducía un problema formidable.
Los ahmadíes no consideran a Mirza Ghulam Ahmad un profeta independiente ni portador de una nueva ley, sino un profeta subordinado a Mahoma y enteramente sometido al Corán.
Sostienen que esa condición no contradice que Mahoma sea el "Sello de los Profetas".
Para amplios sectores del islam suní y chií, sin embargo, cualquier figura profética posterior vulnera precisamente ese principio.
Justamente por ello, son tan aborrecidos por buena parte de la ortodoxia del Islam.
Jesús en Cachemira
Para hacer sitio al nuevo mesías, antes era necesario retirar al antiguo. Los ahmadíes creen que Jesucristo no murió en la cruz ni ascendió corporalmente a los cielos.
Sobrevivió a la crucifixión, se recuperó de sus heridas y emprendió viaje hacia Oriente en busca de las tribus perdidas de Israel.
De acuerdo con esta doctrina, terminó sus días en Cachemira y fue enterrado en el santuario de Rozabal, en Srinagar.
El Segundo Advenimiento no consistiría, por tanto, en el descenso físico de Jesús desde las nubes, sino en la aparición de otro hombre investido con su misión espiritual: Mirza Ghulam Ahmad.
La web internacional de la comunidad habla actualmente de "decenas de millones" de ahmadíes repartidos por más de doscientos países. Su página española eleva la cifra a unos doscientos millones, pero como la mayoría de los cultos, han hinchado el perro.
Los estudios independientes suelen situarla mucho más abajo, entre diez y veinte millones.
No existe un censo mundial verificable que permita resolver una diferencia de semejante tamaño: en algún lugar entre las estadísticas de la fe y la demografía real han desaparecido decenas —quizá centenares— de millones de almas.
En España se habla de unos pocos cientos, entre cuatrocientos y setecientos.
El Registro de Entidades Religiosas conserva la inscripción de la Yamaat Ahmadía del Islam en España desde septiembre de 1970 y fija su domicilio nacional en la mezquita Basharat de Pedro Abad, cuyo imán también estaba el mes pasado en la convención organizada en el Jardín de Mahdi.
Ahmadíes de origen paquistaní, durante su convención anual.
La primera piedra de esa mezquita la colocó en 1980 el tercero de los califas ahmadíes, pero fue su sucesor, Mirza Tahir Ahmad, quien finalmente la inauguró el 10 de septiembre de 1982.
Acudieron al acto unos tres mil fieles, la mayoría llegados desde Inglaterra, además del Nobel de Física Abdus Salam, antiguos dignatarios internacionales de la comunidad y el vicario de la diócesis cordobesa en representación del obispo.
Los dos minaretes islamoindios se alzaron así entre olivares, talleres y campos de labor de un pueblo que entonces apenas reunía tres mil habitantes.
Los ahmadíes y el Ayuntamiento de Pedro Abad continúan presentando Basharat como la primera mezquita construida en España después de casi ocho siglos.
Pero esta afirmación requiere de una precisión: la mezquita del rey Abdulaziz de Marbella había abierto en agosto de 1981.
"Hemos pasado por mucho", dice Qamar. "Antes de hallar una nueva esposa, yo me casé con una española rubia y su padre, mi suegro, me servía cerdo oculto en la comida. De todos modos, en España se nos respeta", asegura.
Y revela: "Hemos tenido problemas con otros musulmanes pero las fuerzas de seguridad siempre nos apoyan. Incluso VOX nos considera respetables, aunque no estoy seguro de que eso sea bueno".
El vínculo Vox
Vox lleva años cortejando a los ahmadíes, aunque con una admiración bastante mal documentada y peor comprendida.
En febrero de 2021, diez diputados de ese partido registraron una pregunta parlamentaria para saber qué pensaba hacer el Gobierno en defensa de los ahmadíes españoles y si existía algún plan específico para proteger a aquellos que se encontraban en Pakistán.
El escrito hablaba de la "multitud de comunidades" establecidas en España, una expresión algo grandilocuente para una confesión que reúne apenas a unos cientos de personas.
El Gobierno respondió que planteaba regularmente ante las autoridades pakistaníes la persecución de esta minoría y la necesidad de derogar la ley de blasfemia y la pena de muerte.
En junio del pasado año, durante una interpelación sobre la enseñanza del islam en las escuelas, el diputado Joaquín Robles presentó a los ahmadíes como un movimiento reformista, pacífico y tolerante, "una de las escasas facciones islámicas que defienden la paz y la convivencia entre religiones".
Su utilidad dentro del discurso de Vox era evidente: servían para demostrar que el partido no rechazaba a todos los musulmanes, solo a casi todos los demás.
Robles afirmó además que la Comisión Islámica de España había impedido que la Ahmadiyya fuera registrada como entidad religiosa.
La propia nota de prensa de Vox repitió que la comisión había "excluido" a los ahmadíes, "conocidos por su mensaje pacífico".
Seis días después, José Ramírez del Río aseguró que ni siquiera se les permitía registrarse como confesión religiosa debido a la negativa de la CIE.
En realidad, la Yamaat Ahmadía figura inscrita en el Registro de Entidades Religiosas desde septiembre de 1970, más de veinte años antes de que el Estado firmara su acuerdo con la Comisión Islámica de España.
Era, por tanto, imposible que la CIE hubiera impedido aquella inscripción original.
Obviamente, Vox confundió dos puertas administrativas distintas. Una cosa es inscribirse como entidad religiosa y otra incorporarse a la Comisión Islámica para beneficiarse del acuerdo de cooperación firmado con el Estado en 1992.
La legislación distingue expresamente ambos trámites y desde 2011 establece un procedimiento para que las comunidades musulmanas ya registradas soliciten su incorporación a la CIE.
Hay, además, una última pieza en el discurso de su califa que ayuda a explicar por qué los ahmadíes resultan tan seductores para la extrema derecha europea.
Mirza Masroor Ahmad no se limita a exigir que los musulmanes obedezcan las leyes de los países que los reciben: sostiene que deben amarlos, permanecer enteramente leales a ellos y contribuir cuanto antes a su prosperidad.
Durante una visita a Estocolmo en 2016, recordó a los refugiados que, una vez obtenidos refugio y seguridad, estaban obligados a vivir pacíficamente, respetar la ley y emplear todas sus capacidades en beneficio de su nueva nación.
Ese mismo año, en Alemania, fue todavía más explícito: los inmigrantes no debían limitarse a recibir prestaciones, sino incorporarse al mercado laboral y contribuir activamente a la sociedad lo antes posible.
Los ahmadíes son perseguidos por otros musulmanes, condenan el terrorismo, prometen fidelidad al Estado y reprenden al inmigrante que vive de él. Reúnen así todas las condiciones para convertirse en la excepción islámica que la derecha necesita exhibir antes de condenar la regla.
En el Jardín del Mahdi, el lema seguía colgado sobre las carpas: "Amor para todos, odio para nadie".
Podría añadírsele una segunda línea, bastante menos mística y mucho más tranquilizadora para los patriotas europeos: lealtad al país de acogida y una nómina cuanto antes.
