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Ainhoa Caballero apenas tiene 28 años y una brutal paliza propinada por su expareja le arrebató las ganas de vivir para siempre. Hoy espera la respuesta a la segunda solicitud de eutanasia que ha presentado convencida de que las secuelas físicas y psicológicas que arrastra desde aquella agresión, ocurrida en junio de 2024 en Gran Canaria, son irreversibles.

"Me fracturó toda la cabeza. Estoy viva de milagro", cuenta Ainhoa en una entrevista con EL ESPAÑOL.

Su petición llega apenas unos meses después de que el caso de Noelia, otra joven cuya solicitud de ayuda para morir fue finalmente autorizada, reabriera el debate sobre el derecho a decidir cuándo el sufrimiento resulta insoportable.

"La vida es muy bonita, pero para mí no vale la pena. No tengo ninguna calidad de vida... Y no quiero sufrir todo lo que le hicieron sufrir a Noelia, a ella le crearon una lucha mucho más grande de la que ya tenía", expresa Ainhoa.

Desde entonces, sobrevive a las secuelas neurológicas, dolores crónicos tratados con morfina y fentanilo, pérdida del olfato y del gusto, problemas de memoria y un trastorno por estrés postraumático que, asegura, le han arrebatado cualquier posibilidad de recuperar "una vida normal".

Ainhoa, la joven de 28 años que pide la eutanasia tras una brutal paliza de su expareja. Cedida

Secuelas que también le impiden ejercer con garantías como cocinera, su profesión. Sin embargo, denuncia que la Seguridad Social le ha denegado la incapacidad permanente, con lo cual, debe seguir trabajando con esas limitaciones.

Antes de que todo cambiara, la vida de Ainhoa Caballero era la de cualquier joven de su edad. Con sueños, metas e ilusiones.

Estudió cocina y repostería. Incluso llegó a trabajar como jefa de cocina en el Hospital San Roque de Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad de origen. Se define como una persona trabajadora que, cuando libraba, aprovechaba para reunirse con sus amigas. "Tenía una vida normal en la que nunca he molestado a nadie", comenta.

A quien después denunciaría como su agresor lo conocía desde hacía años. Formaba parte de su grupo de amigos y, con el tiempo, aquella amistad dio paso a una relación sentimental.

Sin embargo, la imagen que tenía de él se desmoronó rápidamente. "Después de todo lo vivido pienso que realmente nunca llegué a conocerlo, ni como amigo ni como pareja. Me demostró que no era quien parecía ser".

Según relata, desde el principio comenzaron las actitudes de control.

"Él no trabajaba ni buscaba empleo y, poco a poco, empezó a decidir cómo debía vestir, con quién podía relacionarme o qué debía hacer. Era una relación muy tóxica", explica hoy.

Mirando atrás, reconoce que le hubiera gustado reaccionar antes. "No tendría que haber estado ahí".

Ainhoa Caballero, la joven de 28 años que pide la eutanasia tras una brutal paliza de su expareja Cedida

El miedo y la vergüenza

La violencia física, asegura, apareció poco después. En verano de 2024, durante una escapada de vacaciones de pareja en un hotel, recibió la primera paliza.

"Me dejó contusiones y marcas en el cuerpo. Ahí decidí dejar la relación", relata.

Sin embargo, nunca denunció. El miedo y la vergüenza pesaron más que la posibilidad de acudir a la Policía.

"A la gente le contaba que me había caído", afirma.

A pesar de aquella agresión, todavía intentó ayudarle.

"Sabía que estaba enfrentado con su madre y le permití quedarse unos días en mi casa. Le dije que, si necesitaba algo, ahí iba a estar", explica.

Fue una decisión de la que hoy se arrepiente profundamente.

Dos semanas después, él volvió a pedirle quedarse en su casa. Esta vez Ainhoa se negó.

"Llamé a su madre para decirle que no iba a seguir ayudando a su hijo y que lo ocurrido era intolerable", cuenta.

Aquella conversación, según cuenta, desencadenó todo lo que vino después.

Ainhoa Caballero, la joven de 28 años que pide la eutanasia tras una brutal paliza de su expareja. Cedida

"Supe que me iba a matar"

"Cuando él llegó a casa de su madre y leyó los mensajes, perdió el control. Minutos más tarde me llamó para pedirme que bajara a hablar a la puerta de mi casa", cuenta.

Aceptó, aunque antes le advirtió que, si volvía a ponerle una mano encima, acudiría inmediatamente a las autoridades.

"Cuando bajé y le miré a los ojos, supe que me iba a matar", recuerda Ainhoa, quien asegura que apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Según su relato y tal y como recoge la denuncia a la que ha tenido acceso EL ESPAÑOL, él comenzó a golpearla con extrema violencia: "Me agarró del cuello y empezó a darme puñetazos en las sienes".

La joven consiguió zafarse e intentó correr para pedir ayuda, pero él la alcanzó pocos metros después.

"Mide casi dos metros. Me agarró por detrás de las piernas y me tiró al suelo", detalla.

Lo último que recuerda antes de perder el conocimiento es una imagen que nunca ha conseguido borrar de su memoria.

"Me pisó la cara contra el bordillo. Me empezó a dar patadas y me 'descorchó' la cabeza", relata. Después, oscuridad.

La escena ocurrió a plena luz del día, cerca del mediodía, y, según consta en la causa judicial, fue presenciada por varias personas. Una joven que pasaba por allí, un enfermero y un funcionario del Ayuntamiento acudieron a socorrerla.

"Recuerdo que alguien gritó: 'Para, para, que la estás matando'", expresa.

Ella ya estaba inconsciente, pero asegura que la agresión continuó incluso después. "Me arrancó hasta las uñas".

Según recoge el atestado policial, fue el presunto agresor quien llamó después a la Policía para entregarse.

"Les dijo que había matado a su pareja", señala Ainhoa.

"La morfina no me hacía nada"

Cuando Ainhoa volvió a abrir los ojos, estaba en una cama de hospital. Lo primero que vio, recuerda, fue la imagen de su madre y de algunas amigas.

Apenas conserva más recuerdos de aquellos primeros días. El dolor ocupa casi toda su memoria. "Gritaba de dolor. Fue terrible. No paraban de pincharme morfina y no me hacía nada".

El inicio de su recuperación tampoco fue sencillo. A los pocos días, la joven abandonó el hospital por voluntad propia, lo que se denomina alta por fuga. Explica que estaba completamente "desorientada y aterrorizada".

"No quería estar allí y ni siquiera recuerdo cómo me escapé", asegura.

Poco después una ambulancia volvió a recogerla en su domicilio para reingresarla.

Un mes después, tras una aparente mejoría, le dieron el alta, aunque asegura que seguía con un dolor insoportable.

"Ya en casa, empecé a sangrar por los oídos, así que me fui corriendo de nuevo al hospital", recuerda.

Fue entonces cuando, según explica, descubrieron la gravedad real de las lesiones.

"O me operaban o moría"

Una tomografía reveló que, debido a la mandíbula fracturada, tenía una infección provocada por un cordal incrustado que, según le explicaron, estaba avanzando hacia el cráneo.

En total, los informes médicos y forenses recogen hemorragias intracraneales, una fractura longitudinal del peñasco izquierdo —en la base del cráneo—, parálisis facial, fracturas costales y mandibulares, pérdida del olfato y del gusto, afectación auditiva en el oído izquierdo y un daño neurológico que compromete su memoria y sus capacidades cognitivas.

Desde entonces, la palabra dolor se ha convertido en el eje alrededor del que gira toda su vida. Asegura que la morfina nunca le ha hecho efecto y que necesita fentanilo, tanto oral como inyectado, para intentar aliviar unas cefaleas constantes, dolores irreversibles provocados por las fracturas y vértigos.

Un sufrimiento que define como "permanente".

Las secuelas físicas

Ainhoa asegura que ha perdido mucho más que la capacidad para trabajar. Ha perdido buena parte de los sentidos con los que hasta entonces había construido su profesión y su vida.

"Una persona nace con cinco sentidos; yo tengo dos y medio", resume con crudeza.

La pérdida del olfato arrastró también a la del gusto.

"Apenas distingo si un alimento es dulce, muy salado o amargo", dice.

Para cualquiera supondría una limitación; para alguien que ha dedicado su vida a la cocina significa quedarse sin profesión.

"¿Cómo voy a ser cocinera si no puedo oler ni saborear la comida?", se pregunta.

Los problemas de memoria complican todavía más su día a día. Explica que olvida con facilidad tareas sencillas y que sería incapaz de desenvolverse sola entre fogones.

"Puedo dejar algo al fuego y olvidarme de ello. Como tampoco huelo el humo, es peligrosísimo", asevera.

"Trabajo en estas condiciones"

Sin embargo, denuncia que esa realidad no ha sido entendida por las administraciones. Cuenta que el Instituto Nacional de la Seguridad Social le ha denegado por el momento la incapacidad permanente al considerar que su estado no justifica esa prestación.

"Dicen que no aparento lo enferma que estoy. Es asombroso", lamenta.

Mientras, asegura que la empresa para la que trabaja llegó incluso a amenazarla con despedirla de forma improcedente al cuestionar la baja médica. Por tanto, sigue trabajando.

"No puedo trabajar así, pero tampoco puedo permitirme pasar hambre. Así que me veo obligada a trabajar en estas condiciones", reconoce.

Asimismo, sostiene que tampoco ha recibido ayudas económicas tras lo ocurrido. Según relata, incluso las trabajadoras sociales reclamaron una ayuda por ser víctima de violencia de género, pero se la denegaron.

"Decían que si estaba trabajando, no me podían dar la ayuda", explica.

Una paradoja que afronta con resignación.

"Los informes médicos dicen que no estoy en condiciones de trabajar, pero al mismo tiempo me niegan las ayudas porque trabajo", resume.

Mientras tanto, continúa pendiente del dictamen definitivo del tribunal médico de la Seguridad Social, que deberá pronunciarse aún sobre su grado de incapacidad.

En paralelo, la causa penal sigue su curso. El procedimiento permanece pendiente de juicio y el acusado continúa en prisión preventiva, procesado por presuntos delitos de maltrato y lesiones muy graves en el ámbito de la violencia de género.

La espera, explica Ainhoa, se le está haciendo interminable.

"La última vez ni siquiera se presentó a declarar y todo vuelve a retrasarse", cuenta.

"Me amenaza desde la cárcel"

Ainhoa asegura que ha tenido que cambiar de número de teléfono para evitar que su agresor la contacte desde la cárcel. Nunca olvidará la primera vez que escuchó su voz después de lo ocurrido.

"Me llamó para decirme que su único arrepentimiento fue haberme dejado con secuelas y no como realmente quería que acabara", dice Ainhoa, citando textualmente las declaraciones que figuran en la denuncia.

"Pero eso no es todo. A veces me ha hecho videollamadas mientras se masturba", prosigue la joven.

Más allá de las heridas físicas, reconoce que las psicológicas son igual de profundas. "No me gusta estar con la gente. Si salgo a la calle siempre voy con auriculares. Prefiero estar en mi mundo".

Además, el diagnóstico de estrés postraumático condiciona cada uno de sus movimientos. Evita situarse de espaldas a otras personas, desconfía de los desconocidos y vive en un estado de alerta permanente.

"Mi cabeza piensa continuamente que alguien puede atacarme por detrás", relata.

Fue precisamente esa acumulación de sufrimiento la que la llevó, por primera vez, a plantearse la eutanasia. Presentó una primera solicitud a principios de 2025 que fue rechazada. Lejos de cambiar de opinión, volvió a iniciar el procedimiento con el respaldo de su médica. Ahora espera la resolución.

La eutanasia, "tranquilidad"

Cuando se le pregunta qué siente al pensar en la eutanasia, responde con alivio: "Tranquilidad. Sería dejar de tener dolores, dejar de luchar. No pensar, no sentir más… una persona con dolor está siempre enfadada, no vive".

Su convicción, dice, no depende de que mejoren sus ingresos, de que llegue una indemnización o de que el juicio termine con una condena. "No hay nada que me hiciera cambiar de opinión. Ni a nivel económico ni a ningún nivel. Tenía toda mi vida organizada, pero ya no soy esa persona".

La decisión, explica, la tomó sola. Mantiene una relación distante con su familia.

"Ellos viven su vida y yo vivo la mía. Me independicé siendo muy joven. Con mi madre hablo de vez en cuando, pero ya está. Y con ella no hablo del tema de la eutanasia ni quiero conocer su opinión", sostiene.

Asegura que, aunque sus padres estuvieron presentes durante los primeros días de hospitalización, después cada uno siguió su camino.

"No les permito opinar sobre esto cuando ni siquiera fueron a verme al hospital", afirma con pesar.

"Es difícil opinar desde fuera"

El reciente caso de Noelia, la joven cuya solicitud de eutanasia fue finalmente aceptada y que fue muy mediático, le generó una gran empatía.

"Sólo ella sabía cómo se sentía y todo lo que sufría. Es muy fácil opinar desde fuera. Nadie tiene derecho a juzgar una decisión así", comenta.

Antes de despedirse, Ainhoa quiere lanzar un mensaje a todas las mujeres que viven situaciones de violencia machista similares a las que ella ha sufrido.

"Que denuncien cuanto antes. Que no hagan como hice yo. Mi mayor error fue no denunciar después de la primera paliza", sostiene.

Ese, dice, será su mayor legado.