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El rumor de que viene la Policía empieza en algún punto de la calle que nadie alcanza a precisar y, en unos segundos, los jóvenes que permanecían sentados junto a las fachadas, apoyados contra los coches o agrupados en los cruces próximos al zoco de El Príncipe comienzan a correr.

"¡Yallah, yallah!", piden darse prisa en árabe. Algunos se internan en callejones donde apenas cabe una motocicleta, otros atraviesan la calzada sin mirar y varios empujan las puertas de las viviendas en las que esperan encontrar refugio.

Los coches frenan, las motos intentan abrirse paso entre los cuerpos y durante un momento la circulación queda bloqueada en una calle demasiado estrecha para contener a quienes huyen y a quienes continúan con su vida cotidiana. Nadie ha visto todavía un uniforme. Alguien ha dicho que llegan agentes y eso basta.

Una de las entradas a la barriada de El Príncipe, este sábado. Julio César R. A.

Pero la Policía no aparece. El movimiento se detiene con la misma rapidez con la que empezó, aunque los jóvenes tardan en regresar a los lugares donde estaban. Primero asoman desde las esquinas, después salen de los portales y vuelven a formar pequeños grupos, atentos al ruido de los motores que ascienden por las cuestas.

Llevan dos días en Ceuta, algunos unas horas más, y han aprendido que un vehículo oficial puede significar el comienzo del trayecto de regreso a Marruecos.

En otros barrios, militares y policías los reúnen, cierran las calles laterales y los conducen hacia el Tarajal mediante un dispositivo que los propios agentes describen como un pastoreo. En El Príncipe, la estrechez de las calles, la densidad de las viviendas y la red de familiares y conocidos les ofrecen unos minutos de ventaja.

Ubicación de El Príncipe. E. E.

La barriada

Cientos de marroquíes llegados durante la entrada masiva se refugian este sábado en la barriada, sobre todo en los alrededores del zoco, después de haber decidido que no regresarán voluntariamente a su país.

Muchos tienen parientes en la zona; otros llegaron sabiendo que allí encontrarían una comunidad capaz de darles agua, comida o un suelo donde dormir.

Son quienes continúan dispuestos a permanecer en España después de comprobar que Ceuta está separada de la Península por los controles del puerto y que la entrada celebrada junto a la playa podía acabar convertida en varias noches a la intemperie.

Callejón del interior de la barriada. Mauro Mancebo

El centro de la ciudad ha recuperado parte de su actividad. Unos pocos comercios abren, los taxis vuelven a circular —"aunque de manera extraña", dice Mohammad, del gremio—, y los parques donde dormían los recién llegados han quedado despejados.

En El Príncipe, sin embargo, la presencia de los jóvenes se reconoce en cada tramo del recorrido. Están junto a las fachadas, en los cruces y en las entradas de algunas casas.

Permanecen de pie o sentados sobre el suelo, casi siempre sin equipaje, con una bolsa de plástico en la mano o las pertenencias repartidas por los bolsillos de la ropa con la que atravesaron la frontera.

Cinco marroquíes, llegados a nado por la frontera, caminan en los límites de El Príncipe, este sábado. Julio César R. A.

Un escondite

Recorrer el barrio obliga a avanzar despacio. Las calles suben, descienden, se bifurcan y vuelven a estrecharse entre viviendas levantadas muy cerca unas de otras. Los turismos aparcados ocupan una parte de la calzada y las motos se cuelan por los espacios que quedan libres.

A cada lado aparecen jóvenes nuevos, algunos todavía con la ropa marcada por la arena y el salitre, otros con prendas que les han prestado desde su llegada. Cerca del zoco, unos cuarenta hombres se concentran delante de una panadería.

No guardan una fila porque no existe espacio para formarla ni certeza de que haya comida suficiente para todos. Se amontonan frente a la puerta, levantan las manos, intentan acercarse al mostrador y esperan que alguien salga con una bolsa.

Varios llevan horas sin comer. Otros han recibido durante el día algo de pan o una botella de agua y buscan provisiones para quienes permanecen escondidos en una vivienda o en las calles interiores.

La panadería sigue atendiendo mientras la masa se mueve delante de la entrada. Cuando alguien consigue comida, se separa del grupo y desaparece deprisa por una de las calles.

Vista general del barrio, en una imagen en el archivo de este periódico. Mauro Mancebo.

Quienes permanecen allí vuelven a ocupar el hueco que ha dejado. Apenas hablan con quienes pasan. Observan la puerta, los vehículos que se aproximan y las esquinas desde las que podría aparecer una patrulla.

Hasta que el dueño, de origen marroquí, les explica en darija que no puede ser así, que tienen que estar tranquilos, y que tampoco hay panes para todos. En este punto, el hambre los obliga a exponerse.

Para llegar hasta el establecimiento tienen que abandonar los portales, los bajos y las viviendas donde pasan buena parte del tiempo, atravesar unas calles en las que cualquier rumor puede provocar otra carrera y regresar antes de que el dispositivo alcance el barrio.

La escena ante la panadería permite medir la precariedad de quienes decidieron quedarse: cuarenta hombres esperando comida en una barriada que ya soportaba sus propias carencias antes de absorber a cientos de personas en pocas horas.

Relación familiar

La mayoría llegó a El Príncipe siguiendo una relación familiar. Ceuta y el norte de Marruecos mantienen una continuidad humana que la frontera organiza administrativamente pero no interrumpe en la vida cotidiana.

En las viviendas del barrio hay familias con hermanos, tíos, primos y sobrinos en Castillejos, Tetuán, Tánger y otras localidades cercanas. Para muchos jóvenes, cruzar no significaba desembarcar en un territorio desconocido. Tenían un número de teléfono, un apellido o el nombre de una calle donde alguien podía reconocerlos.

Las llamadas comenzaron después de la entrada. Algunos habían protegido el móvil envolviéndolo en plástico; otros compraron una tarjeta en las tiendas de telefonía que permanecieron abiertas mientras gran parte de Ceuta cerraba por miedo.

Comunicaron que estaban vivos, preguntaron cómo llegar al barrio y esperaron indicaciones. Desde El Príncipe salieron familiares a buscarlos o les explicaron por dónde caminar y a qué vivienda dirigirse.

Los que no tenían parientes llegaron atraídos por la idea de que allí recibirían ayuda. Sabían que era una barriada de mayoría musulmana, próxima al Tarajal y vinculada familiarmente con las poblaciones marroquíes de las que procedían.

Algunos preguntaron el camino después de alcanzar el centro. Otros siguieron a grupos que parecían saber dónde iban. Una vez dentro, encontraron vecinos que ofrecían agua y comida, comerciantes que permitían esperar cerca de sus locales y familias dispuestas a alojar a una persona más en casas que ya estaban llenas.

Un fuerte okupado

No todos han podido dormir bajo techo, sin embargo. El antiguo fuerte del Príncipe Alfonso, una instalación militar abandonada situada en una zona elevada, se ha llenado de algunos de los recién llegados.

Llegan hasta allí cuando cae la noche porque sus muros ofrecen protección frente al viento y cierta distancia respecto a las calles principales. La construcción lleva años deteriorándose.

No dispone de camas, luz ni condiciones mínimas para alojar personas, pero conserva habitaciones abiertas, rincones cubiertos y suelo suficiente para tumbarse.

Los jóvenes, según ha podido comprobar este periódico, entran con mantas y bolsas, buscan un espacio entre los restos acumulados y duermen durante unas horas antes de volver a bajar al barrio. Desde el fuerte se domina una parte de la zona fronteriza.

El edificio que durante décadas sirvió para la vigilancia militar alberga ahora a personas que han cruzado desde Marruecos y necesitan ocultarse de los patrullajes españoles. La utilidad que encuentran en él es inmediata. A simple vista, tiene paredes, permanece vacío y no exige que nadie abra la puerta.

Exterior del antiguo fuerte del Príncipe Alfonso, en una imagen de archivo. E. E.

Los nuevos

En las calles se distingue a quienes llevan años viviendo allí de los recién llegados por la forma de moverse. Los vecinos avanzan entre coches y motos con la costumbre de quien conoce cada cruce.

Los jóvenes permanecen agrupados, esperan instrucciones y observan a quienes se acercan. Todos parecen haber pospuesto cualquier plan más allá de conseguir comida y evitar la devolución.

Interior sostiene que más de 50.000 personas han regresado ya a Marruecos. La mayoría de quienes entraron durante la avalancha lo hizo sin provisiones, dinero ni un proyecto definido.

Un joven migrante camina por los límites del barrio de El Príncipe, donde cientos de marroquíes se esconden para no ser devueltos, con vistas al nuevo muro de boyas desplegado en la frontera, este sábado. Julio César R. A.

Después de una o dos noches en parques y aceras, muchos comprobaron que no podían embarcar hacia Algeciras y aceptaron recorrer el camino inverso. Militares y policías continúan localizando grupos en distintos puntos de Ceuta y conduciéndolos hasta el Tarajal.

Quienes permanecen en El Príncipe forman otra parte de aquella multitud. Han soportado el hambre, la falta de alojamiento y la imposibilidad de salir de la ciudad porque todavía creen que pueden quedarse.

Según explican los vecinos a este periódico, algunos esperan que disminuya la vigilancia del puerto. Otros quieren alcanzar el CETI, que se encuentra desbordado, iniciar un procedimiento de protección o aguardar a que su situación deje de confundirse con la de quienes regresaron voluntariamente.

Muchos no saben qué mecanismo les permitiría continuar, aunque han decidido que la alternativa no será volver por la misma frontera.

Un lugar marcado

También existe miedo. Algunos vecinos temen que la presencia de los jóvenes atraiga controles policiales prolongados y nuevos incidentes. Otros rehúsan hablar o miran con desconfianza a los desconocidos que recorren el barrio.

El Príncipe ha sido descrito durante años desde fuera por el narcotráfico, la delincuencia y el abandono institucional, y una parte de sus habitantes rechaza que la llegada masiva vuelva a convertir sus calles en un escenario observado únicamente a través de la emergencia.

Sacar un teléfono para hacer fotografías resulta imprudente. Las miradas siguen el movimiento de cualquiera que no pertenezca al barrio y la tensión aumenta cuando alguien parece grabar.

Los jóvenes temen que las imágenes permitan localizarlos y los vecinos no quieren que sus viviendas, familiares o comercios aparezcan asociados a una operación de ocultamiento.

Vista de El Príncipe desde la playa del Tarajal, este sábado. Julio César R. A.

El Príncipe, tantas veces reducido desde fuera a sus callejones, al narcotráfico y al abandono, ha terminado convertido en el principal refugio de quienes aún se niegan a regresar.

La misma geografía que durante años lo aisló del resto de Ceuta —sus cuestas, sus accesos estrechos, sus viviendas apiñadas— permite ahora absorber a quienes han desaparecido de las avenidas y necesitan tiempo, comida y una puerta detrás de la que esperar.

El centro de Ceuta recupera la normalidad porque una parte de la crisis ha sido empujada hacia sus márgenes. Las terrazas vuelven a llenarse y los comercios levantan las persianas mientras, a pocos kilómetros, El Príncipe carga con los que todavía quedan.

Un barrio acostumbrado a ser tenido en cuenta cuando hay problemas y olvidado cuando toca resolverlos, convertido ahora en la ratonera y el refugio de quienes han llegado a España y todavía no se quieren ir.