Las llamas estaban a pocos metros cuando el tractor de Carlos se apagó en mitad del humo. Había conseguido abrir las puertas de la granja para liberar a los terneros y su mujer lo esperaba al volante, pero el vehículo chocó contra una piedra y se detuvo. "Si no volvía a arrancar, yo me quedaba allí. Estaba agotado, muerto", recuerda.
El motor respondió. Carlos y su mujer escaparon mientras detrás quedaban el pajar, unos 700 rollos de hierba y paja, parte de la nave y buena parte de la maquinaria.
Casi un año después, la explotación vuelve a funcionar, pero él asegura que todavía espera la mayor parte de una ayuda de alrededor de 60.000 euros que figura como concedida.
El contraste llega cuando España vuelve a arder. Los incendios de Madrid, Ávila, Toledo y Castellón han calcinado más de 80.000 hectáreas y afectado a más de 90.000 personas.
El Gobierno declaró zonas afectadas por una emergencia de protección civil los territorios dañados por 211 episodios ocurridos entre el 31 de marzo y el 27 de julio, y anunció medidas para paliar daños personales, materiales, agroalimentarios e industriales.
Pedro Sánchez aseguró que las ayudas se irán desplegando conforme avance la evaluación de la catástrofe. El anuncio llega, sin embargo, cuando damnificados por los incendios de 2025 continúan esperando pagos, resoluciones o reparaciones, atrapados en procedimientos diferentes y administraciones que no siempre avanzan al mismo ritmo.
No todos están en la misma situación. Algunos no han recibido nada; otros cobraron un anticipo o una cantidad insuficiente frente al daño sufrido.
También hay familias que no reclaman dinero, sino que alguien retire los árboles quemados, desatasque una presa o reconstruya los puentes que desaparecieron bajo el fuego.
En agosto de 2025, el Consejo de Ministros declaró zonas afectadas por una emergencia de protección civil los territorios perjudicados por 114 incendios forestales registrados en 16 comunidades autónomas, concentrándose los daños más devastadores en Galicia, Castilla y León, y Extremadura, regiones que concentraron la inmensa mayoría de la superficie calcinada.
Casi un año después, los retrasos y las dificultades para encajar cada pérdida en una línea concreta siguen condicionando la recuperación.
La nave quemada
Carlos tiene un cebadero de terneros en Monterrei, Ourense. La zona había sufrido otros incendios, pero ninguno con la violencia del pasado verano.
Cuando el fuego avanzó por dos frentes, los vecinos que lo ayudaban tuvieron que retirarse. Él permaneció en la explotación hasta que las llamas saltaron a la hierba almacenada.
Las llamas devoran las pacas de hierba almacenadas en la explotación ganadera de Carlos.
Antes de escapar abrió las puertas para que salieran los animales. Su mujer fue la única persona que permaneció esperándolo en el tractor. "Te vas con la sensación de que te arruina totalmente", cuenta.
El pajar ardió por completo. El fuego se extendió al tejado de la nave principal y obligó después a derribar paredes que habían quedado inservibles por las altas temperaturas. También quemó tuberías, ventanales, un generador, un remolque y varias máquinas agrícolas.
"Salvo media nave y el tractor en el que nos marchamos, me ardió todo", resume. Solo en alimento perdió alrededor de 700 rollos de hierba y paja destinados a los terneros.
Carlos solicitó las ayudas de la Xunta de Galicia para los daños materiales y el forraje perdido. Afirma que tiene concedida una cantidad próxima a los 60.000 euros, pero que sólo recibió un adelanto cercano al 20%. "Está aprobada, pero el dinero no lo he recibido todavía".
La granja no podía esperar a que finalizara el procedimiento. Carlos adelantó el coste de la reconstrucción y volvió a introducir los animales en la nave. "No puedes tenerla cerrada, hay que vivir. La hice con mi dinero, contando con que llegaría la ayuda".
El anticipo, asegura, apenas alcanzó para comprar parte de los materiales. Algunas pérdidas quedaron además fuera de la valoración: no pudo reponer una juntadora de hierba y tuvo que reparar por su cuenta un antiguo remolque heredado de su abuelo.
La demora también alteró las cuentas familiares. Tiene dos hijos y uno estudia en la universidad. Los ahorros destinados a otros gastos terminaron invertidos en levantar nuevamente la explotación.
Pero la factura que más le cuesta explicar no aparece en ningún presupuesto. Carlos todavía revive el momento en el que el tractor se detuvo entre las llamas.
Su hijo, de 18 años, se derrumba cuando recuerda la noche en que pensó que sus padres habían muerto.
"La situación es terrible porque la muerte no está tan lejos", dice. "Por mucho que quieras imaginarlo uno no puede comprenderlo, esto hay que vivirlo".
Cierre definitivo
A pocos kilómetros, en Montes, Elisa ni siquiera volvió a abrir. Su familia mantenía desde 1995 una explotación de terneros de engorde que compartían dos núcleos familiares.
La granja estaba vacía cuando llegó el incendio porque los animales habían sido vendidos meses antes. El fuego quemó el pajar, la paja acumulada y parte de la nave. Elisa calcula unas pérdidas de entre 30.000 y 40.000 euros.
Dos perros quedaron atrapados en la explotación, pero un vecino logró soltarlos. Uno apareció después en otra localidad. La actividad, sin embargo, no se recuperó.
"Cerramos definitivamente. No vamos a volver a pasar por ese calvario", explica. Era la tercera vez que el fuego amenazaba el lugar. En las anteriores, los vecinos habían logrado salvarlo. Esta vez, en unas horas, ardió el trabajo de casi tres décadas.
Elisa presentó la relación de daños y los presupuestos. Según relata, las primeras valoraciones fueron rechazadas porque los técnicos acudieron sin avisar y no la encontraron en la explotación.
Posteriormente aceptaron la documentación y recibió una carta en la que, sostiene, le comunicaban que pagarían.
Hasta ahora no ha recibido ningún ingreso. La falta de acceso a esa documentación impide determinar si la carta constituye una resolución formal de concesión o corresponde a una fase anterior del procedimiento.
Aunque el dinero llegue, Elisa no reabrirá. Quiere reconstruir lo imprescindible, cerrar nuevamente la finca y vender o alquilar la propiedad. "Llevo un año esperando. Cuando veo las ayudas que anuncian ahora en la televisión digo: sí, sí, esperad".
Veinte minutos
David lleva 22 años como ganadero de carne en Cova, en A Pobra de Trives. Trabaja una explotación familiar con alrededor de 50 reses y 52 hectáreas.
El incendio avanzó hacia distintos puntos de la finca casi al mismo tiempo. Cuando llegó a la nave, había perdido dos terneros, dos mastines y unos 400 rollos de hierba destinados a alimentar al ganado durante el año.
Las llamas cercan los terrenos de David en Cova, donde el incendio arrasó pastos, alimento para el ganado y varios cierres.
Todavía continúa levantando cierres y recuperando terrenos. "Todo lo que llevas hecho queda arrasado en veinte minutos y tienes que empezar de nuevo", relata.
David solicitó ayudas autonómicas para los pastos, el alimento y los cierres destruidos. Asegura que esos pagos no han llegado en su totalidad.
Sí recibió 10.000 euros del Gobierno central. El ingreso procedía de la Secretaría General del Tesoro y Política Financiera y llevaba el concepto "incendios".
Según explica, no tuvo que presentar una solicitud específica para recibir esa cantidad.
Su crítica es que el pago estatal no reflejó las diferencias entre los daños. "A mí me ardió todo y cobré lo mismo que al que le ardieron dos hectáreas", sostiene.
Los daños en una de las naves de la explotación de David tras el paso del incendio de 2025.
Mientras esperaba las ayudas autonómicas tuvo que adelantar la comida del ganado, los cierres y las reparaciones. Amigos, conocidos y asociaciones del sector le enviaron material y alimento para sostener la explotación.
"El problema es que tienes que adelantarlo todo", explica. "No hay nadie que tenga nada ahorrado".
Un año después de los incendios de 2025 los caminos siguen destruídos.
Su advertencia para los afectados por los incendios de este verano es breve: "Mucha paciencia, porque van a tardar en cobrar". Después corrige la resignación y reclama otra urgencia: "Las ayudas las necesitan ya. Hoy, si puede ser hoy, mejor que mañana".
Reparto desigual
Óscar, ganadero de Tábara, introduce un matiz en el relato. En 2025 perdió los pastos de unos terrenos que tenía arrendados, pero no sufrió daños en sus instalaciones. Recibió dinero tanto del Gobierno central como de la Junta de Castilla y León.
No cuestiona que las ayudas llegaran. Cuestiona que cantidades similares puedan entregarse a explotaciones con pérdidas radicalmente diferentes.
"A mí me dan 10.000 euros para pienso porque se quemaron los pastos y me arregla", explica. "Pero al que se le quemaron 40 vacas, una nave o las cercas, con 10.000 euros lo dejan en la ruina".
Óscar reclama que las administraciones revisen cada caso de forma individual. "Hay que ir expediente por expediente", insiste. Dos ganaderos del mismo pueblo pueden haber perdido los mismos pastos, pero sólo uno de ellos puede haber visto arder también la nave o los animales.
Conoce además el problema de reconstruir antes de que llegue la respuesta pública. Tras otro incendio, ocurrido años atrás, algunas cercas tardaron alrededor de dos años en ser reparadas.
Los ganaderos que necesitaban mantener a los animales no pudieron aguardar. Pagaron ellos mismos los trabajos y, según relata Óscar, después no recuperaron ese dinero. "No podemos esperar dos años porque tendríamos que vender el ganado".
Su testimonio evita reducir el problema a una única frase. Las ayudas pueden no llegar, llegar tarde o resultar insuficientes. También pueden repartirse sin reflejar la distancia entre quien perdió una cosecha y quien perdió toda su forma de vida.
Entre las cenizas
En Quintela de Oencia, León, Armando, José y Fernando no centran su reclamo en una transferencia bancaria. Su familia perdió una cabaña de piedra, numerosos castaños y los puentes de madera que atravesaban la presa de un antiguo molino restaurado.
El molino se salvó porque estaba junto al río, pero la presa que conducía el agua quedó dañada. Una tormenta posterior arrastró las cenizas de la montaña y terminó de obstruirla.
José y Fernando, dos perjudicados por los incendios de 2025 en Quintela de Oencia.
Los chopos quemados siguen caídos en el entorno y uno amenaza con desplomarse sobre la construcción. Los puentes tampoco han sido repuestos.
"Nosotros no pedimos dinero. Pedimos que retiren lo quemado y reconstruyan por lo menos la cabaña", explica Armando.
Su hijo escribió al organismo responsable del agua y la familia acudió también al Ayuntamiento. Uno de los hermanos se trasladó a una oficina de la Junta de Castilla y León en Ponferrada, donde, según relata Armando, le explicaron que para determinadas ayudas debía figurar como agricultor en activo.
El paisaje de montaña, reducido a cenizas tras el paso del incendio, conserva apenas algunos focos de vegetación entre las laderas calcinadas.
Los terrenos proceden de una herencia familiar, pero los hermanos ya no mantienen esa actividad profesional. Ese requisito los habría dejado fuera de algunas líneas destinadas a explotaciones agrícolas.
José sí recibió 500 euros vinculados a una vivienda habitada. Otro hermano no los cobró por una casa antigua. Según explica, varios inmuebles quedaron fuera porque no constaban como residencia habitual, carecían de electricidad o arrastraban problemas de titularidad propios de propiedades heredadas durante generaciones.
José posa junto a la antigua cabaña de piedra, destruida por el incendio y todavía pendiente de reconstrucción.
Casi un año después, la familia asegura que la presa sigue obstruida, los árboles no han sido retirados y los puentes continúan sin reconstruirse. "Aquí no necesitamos que den dinero a nadie. Tienen que limpiar y restaurar lo que se quemó".
El laberinto de las ayudas
Las diferencias entre unos casos y otros no son únicamente económicas. También responden a la convocatoria solicitada, los requisitos exigidos, la Administración competente y el punto en el que se encuentra cada expediente.
Luis Míguez Macho, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Santiago de Compostela, explica que no existe un derecho automático de todos los damnificados a recibir una compensación pública.
Abrir una línea de ayudas y decidir a quién cubre, qué pérdidas incluye y con qué cantidades es una decisión política. Tanto el Estado como las comunidades autónomas pueden aprobar sus propios programas, siempre que la suma recibida por el beneficiario no supere el daño sufrido.
El punto decisivo es la resolución formal. "Una vez que se reconoce el derecho a la ayuda, el afectado puede exigir el pago", señala Míguez.
Antes de ese momento puede haber una solicitud presentada, presupuestos aceptados, valoraciones o requerimientos de documentación. Ninguno de esos pasos equivale necesariamente a tener concedida la subvención.
Cuando la Administración no termina el procedimiento, el afectado queda en una posición especialmente vulnerable. "Mientras no lo han reconocido, queda en un limbo", resume el experto. Si ya existe una resolución y el dinero no se abona, en cambio, se genera una obligación que puede reclamarse.
Las reparaciones de infraestructuras siguen otra lógica. Debe responder su titular: el Estado, la comunidad autónoma, la diputación, el ayuntamiento o la confederación hidrográfica correspondiente, según se trate de una carretera, un puente o un curso de agua.
La fragmentación convierte cada historia en un expediente distinto.
Carlos espera el resto de una cantidad que asegura tener concedida. Elisa aguarda un pago después de que fueran aceptados sus presupuestos. David recibió una ayuda estatal, pero continúa reclamando la autonómica. Óscar cuestiona que cantidades similares cubran daños incomparables. En Quintela, una familia intenta averiguar quién debe limpiar una presa y reconstruir sus puentes.
Mientras tanto, el Gobierno ya ha activado la respuesta para las llamas de 2026. Para quienes todavía viven entre facturas, trámites y cenizas del verano anterior, las nuevas promesas producen menos esperanza que cautela.
"Las palabras de los políticos son buenas", dice Carlos. Mira la nave que reconstruyó con su propio dinero y concluye: "Pero el incendio… lo mejor es que no te toque".
