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El caballo asoma por encima de los cipreses mucho antes de llegar al pueblo sevillano de Gilena. Desde la carretera, los conductores reducen la velocidad y algunos incluso se detienen frente a la nave donde una estructura de madera de casi seis metros empieza a adquirir la silueta del animal más célebre de la literatura occidental: el caballo de Troya.

Arriba, sobre un andamio y bajo un sol que supera los 40 grados, Ramón Rico clava una tabla tras otra mientras un grupo de voluntarios le acerca listones, clavos y herramientas. El serrín flota en el aire y la resina del pino recién cortado se mezcla con el calor seco del verano andaluz.

En septiembre, por el vientre de ese animal saldrán 14 guerreros durante el festival Castra Legionis, una de las recreaciones históricas más rigurosas —aunque no tan conocidas— de Europa.

A más de 2.000 kilómetros de allí, otro Caballo de Troya acaba de llegar a las salas de cine de medio mundo. Es el de La Odisea, la esperadísima superproducción de Christopher Nolan, llamada a convertirse en la nueva gran imagen audiovisual del universo homérico para millones de espectadores.

"El Caballo de Troya de esta película es el más 'chatgptero' que he visto en mi vida", resume Rico.

El caballo de Troya que construyó Ramón Rico. E.E

La sentencia podría parecer una hipérbole más en tiempos de redes sociales si no fuera porque el gilenense lleva casi una década haciendo exactamente aquello que la película ha tratado de representar.

En su taller fabrica armaduras griegas y romanas mediante arqueología experimental y estudia cerámicas, esculturas y piezas de museo para reconstruir técnicas perdidas hace más de 2.000 años.

Lleva meses dirigiendo la construcción de un Caballo de Troya inspirado en exvotos geométricos del siglo VIII a.C. para el proyecto que ha convertido a un municipio sevillano de poco más de 3.000 habitantes en una referencia internacional de la recreación histórica.

Ramón Rico posa con una de las armaduras que fabrica mediante técnicas de arqueología experimental inspiradas en piezas originales del mundo antiguo. Santiago Donaire

EL ESPAÑOL ha hablado con este escultor autodidacta, artesano e investigador para analizar qué hay de Homero en la película más esperada del año.

Su visión de la película de Nolan va mucho más allá de un catálogo de errores históricos ya que, a su juicio, el verdadero problema ha sido la complejidad moral del mito griego por la de un "héroe estadounidense".

"Nolan confunde mitología con fantasía y se escuda en ello porque le resulta más fácil inventárselo todo que ponerse a estudiar", sentencia en conversación con este periódico.

Mientras Hollywood invierte cientos de millones de dólares en recrear el viaje de Odiseo, en un taller de Gilena un hombre sigue convencido de que la mejor manera de comprender la Historia no consiste en imaginarla, sino en estudiarla y en volver a construirla con las manos.

A golpe de martillo

La obsesión de Ramón Rico por la escultura del mundo antiguo nació en la Universidad de Sevilla. Allí se matriculó en Antropología, convencido de que lograría descifrar el pasado para terminar descubriendo que lo que buscaba era recrearlo.

Dejó atrás la universidad para montar una empresa en la que trabajó durante un tiempo. Sin embargo, hubo una idea que no dejó de perseguirlo de manera enfermiza: quería esculpir.

Rico trabaja en su taller de Gilena, donde reconstruye armaduras y piezas del mundo antiguo mediante técnicas de arqueología experimental. Santiago Donaire

Su primer laboratorio fue el puente de Triana. Cada vez que salía del Rectorado de la Universidad de Sevilla iba con un alicate en el bolsillo.

"Iba al puente de Triana, donde los enamorados colgaban candaditos de latón, y los iba cortando. De ahí salieron las primeras espadas de bronce que fundí", narra a este diario.

Los fines de semana regresaba a Gilena donde había improvisado un pequeño horno de carbón con un fuelle y había comenzado a fundir el metal para fabricar las primeras hojas. Conserva todavía aquellas pruebas, rudimentarias y desiguales, anteriores a su formación artística.

Todas ellas son el testimonio material de una intuición: para entender el mundo antiguo no basta con leer sobre él, hay que trabajar sobre él. Pronto llegaron la Escuela de Arte de Sevilla, la especialización en escultura y el aprendizaje en una orfebrería.

Sin embargo, insiste en que casi todo lo esencial tuvo que descubrirlo por su cuenta. "Siempre he sido un poco autodidacta", resume.

No existían manuales que explicaran cómo fabricar un casco corintio como se hacía en la Antigüedad ni tratados que detallaran las herramientas utilizadas por los broncistas griegos.

Así que comenzó a buscarlas donde nadie parecía mirar: en los talleres de latoneros que todavía fabricaban ollas de cobre de manera tradicional, en los escasos yunques conservados de la Edad del Bronce, en los martillos representados sobre cerámicas áticas o en los frescos italianos donde algún artesano aparecía trabajando el metal.

"Prácticamente he tenido que reinventar todo lo que es la fabricación de armamento de forma artesanal. No he tenido una base, no hay un libro, no hay apenas información. Todo lo que hago está basado en piezas arqueológicas", resume.

Ese método de ensayo, error y estudio acabaría llevándolo a la conclusión de que muchas de las certezas aceptadas sobre el armamento antiguo emergen de sus reproducciones, no de las piezas originales.

"Haciendo las piezas exactamente como eran, prácticamente el sistema de combate aparece solo", explica a este periódico. "Descubres que ese detalle no estaba ahí por estética, sino porque servía para algo", añade.

Rico posa con una reproducción de un casco antiguo, elaborada mediante técnicas artesanales y criterios de arqueología experimental. Santiago Donaire

"Con las armaduras de los hoplitas griegos, descubrí que eran auténticas piezas de relojería. Cada parte del armamento está pensada para utilizarse de una forma y nada es casualidad".

Para Rico, reducir una armadura a un simple instrumento defensivo supone no entender la cultura que la produjo. "Una coraza también es una obra de arte", afirma.

Es esa convicción la que ha terminado convirtiendo a este escultor en una rara avis dentro de la arqueología experimental.

"Estoy prácticamente seguro de que el armamento griego lo realizaron escultores", sostiene. "Quizá hubiera especialización, pero estas piezas son esculturas. Los griegos tenían una sensibilidad artística completamente desarrollada", añade.

Una de las armaduras reconstruidas por Ramón Rico, quien sostiene que estas piezas funcionaban como "auténticas piezas de relojería", donde nada era casual. Santiago Donaire

Quizá por eso le irrita tanto la imagen estereotipada que el cine ha construido sobre el mundo antiguo y es también la razón por la que, cuando fue a ver La Odisea le fue imposible no analizar las miles de horas de conocimiento condensadas... o "desperdiciadas".

'Castra Legionis'

Resulta difícil explicar Gilena sin caer en la exageración. Apenas supera los 3.500 habitantes y, sin embargo, cada dos años consigue reunir a algunos de los mejores recreadores históricos de Europa en torno al Castro Legionis, un festival que ha terminado convirtiéndose en una referencia por una razón poco habitual: la obsesión por el rigor histórico.

Allí no abundan los disfraces de romanos ni las licencias estéticas para hacer la Antigüedad más vistosa. La premisa es justamente la contraria: todo debe responder a un contexto histórico concreto.

Detalle de unas grebas reconstruidas por Ramón Rico, protecciones utilizadas por los guerreros antiguos para cubrir las espinillas durante el combate. Santiago Donaire

Lo que comenzó hace casi dos décadas con apenas unos pocos aficionados en un parque es hoy una cita capaz de atraer a grupos procedentes de Italia, Estados Unidos y más de una decena de países europeos, además de arqueólogos, historiadores y especialistas.

"En otros sitios puedes encontrar artesanía moderna, fantasía o gente disfrazada. Aquí intentamos que todo sea histórico y apostamos por la calidad por encima de todo", explica Rico.

El Caballo de Troya es quizá el mejor ejemplo de esa filosofía. No existe una gran productora detrás, ni un estudio de efectos especiales, ni un equipo de cientos de personas.

Solo existe un taller, una antigua carpintería, herramientas acumuladas durante años y vecinos que, cuando terminan su jornada laboral, acuden a serrar tablas, mover vigas o pasar clavos mientras Rico dirige la construcción desde lo alto del andamio.

Algunos días llegan a reunirse siete u ocho voluntarios. Él marca las piezas, corrige proporciones y sube una y otra vez por la estructura para comprobar que la escultura mantiene la armonía prevista.

Más de una tonelada de madera, hierro y tornillería han terminado convirtiéndose en un caballo que domina ya el paisaje de Gilena y lo sorprendente es que el proyecto apenas lleva unos meses en marcha.

Para construir el caballo trató de descifrar qué caballo se habría imaginado Homero y la respuesta la encontró en la arqueología.

En los pequeños exvotos de bronce del periodo geométrico —siglos IX y VIII antes de Cristo— aparecen caballos con una tipología muy característica: hocicos abiertos en forma de trompeta, cuellos estilizados y extremidades exageradamente angulosas.

"Pensé que, si el caballo era una escultura, tendría que parecerse a eso. Eso es lo que Homero tendría en la cabeza cuando escribió la Ilíada", explica.

El resultado se aleja del imaginario construido durante décadas por Hollywood.

"Buscamos reproducir no lo que el espectador espera ver, sino aquello que las evidencias arqueológicas permiten sostener", afirma.

Esa forma de trabajar explica por qué, cuando unos días después entró en un cine para ver la versión de La Odisea, firmada por Christopher Nolan, lo hizo con una mirada muy distinta a la del resto del público.

"Un héroe americano"

Durante meses este escultor siguió de lejos el rodaje de La Odisea. Las primeras imágenes difundidas desde Marruecos, Sicilia o Escocia alimentaron la expectativa de encontrarse con una reconstrucción ambiciosa de la Grecia homérica.

Era consciente de la obsesión de Christopher Nolan por el realismo y los efectos prácticos, una fama que hacía pensar que la Antigüedad sería tratada con el mismo rigor visual con el que el director británico había recreado la evacuación de Dunkerque o los viajes espaciales de Interstellar.

Ramón Rico sabe que prácticamente ninguna película histórica escapa del todo a las licencias narrativas, las necesidades del espectáculo o las concesiones estéticas.

"Pensaba que lo que más me iba a molestar serían las armaduras, y al final eso es casi lo de menos. Es que han cogido al personaje más humano de toda la mitología griega y lo han convertido en un héroe americano", asegura.

Para Rico, el principal anacronismo de la película está en la forma de entender a Homero.

"Me molesta mucho la modernización moral de los personajes. Han planteado a Odiseo como un hombre con la moral del siglo XXI", afirma.

A su juicio, Nolan conserva los elementos reconocibles del poema —el viaje, Ítaca, los cíclopes o el regreso del héroe—, pero altera aquello que da sentido al relato: la complejidad moral de sus protagonistas.

"Los griegos eran infinitamente mejores que nosotros entendiendo la naturaleza humana. Su mitología no hablaba de superhéroes; hablaba de personas", sostiene.

Un grupo de voluntarios participa en la construcción del Caballo de Troya en Gilena, donde colaboran en el montaje de la estructura de madera. Santiago Donaire

Esa es, en su opinión, la raíz de todos los problemas posteriores. No cuestiona que un director adapte libremente un clásico; al contrario.

"Puedes cambiar una obra, darle la vuelta o contarla desde otro punto de vista si tienes algo interesante que decir. El problema es cuando cambias su sentido sin aportar nada a cambio", dice.

Paradójicamente, reconoce que el armamento es uno de los aspectos más cuidados de la producción.

"No sé si es una cosa de los americanos, que les encantan las armas, pero son los únicos elementos que están bien a nivel histórico", comenta con ironía.

Sin embargo, sí que encuentra errores en las armaduras.

"La coraza micénica era de bronce dorado, no de bronce ennegrecido como la que porta Agamenón. Si durante toda la película hubiera aparecido un armamento completamente inventado, tipo Batman, me habría molestado menos. Sin embargo, ha cogido ciertos tópicos y los ha utilizado como si los hubiera inventado él", sostiene.

Las incoherencias, explica, se suceden conforme avanza la película.

"Cuando vi los pantalones y chaleco antibalas que lleva Telémaco mientras cazaba con Menelao, desconecté. Hubiera preferido que me contara La Odisea en el espacio; nadie se le hubiera tirado al cuello".

Para Rico, el problema reside en los referentes que ha tomado. Cree que Nolan ya no mira la arqueología, sino otras películas y videojuegos que, a su vez, reinterpretaron la Antigüedad.

Una armadura completa reconstruida por Ramón Rico a partir de piezas arqueológicas, esculturas y representaciones conservadas del mundo antiguo. Santiago Donaire

"Ha copiado literalmente la obra de otro sin ningún tipo de pudor. El casco de Leónidas está sacado de 300 y tiene la textura del videojuego Assassin's Creed Odyssey. No ha cogido una pieza histórica y ha hecho su interpretación. Ha copiado una copia", asevera.

La consecuencia, sostiene, es una Grecia imposible, construida a partir de referencias acumuladas durante décadas hasta formar un imaginario propio que poco tiene que ver con las fuentes arqueológicas.

El espectador no percibe esas capas de influencia; simplemente acaba creyendo que así era el mundo de Homero porque lleva años viendo la misma imagen repetida con ligeras variaciones.

"No condeno a los directores que usan poliéster o plástico; pueden dar muy buenos resultados si la interpretación hace que te lo creas. Pero no es el caso", dice.

Y entonces apareció el Caballo de Troya. En ese momento, dejó de mirar a los personajes y empezó a observar la estructura.

"Todas las tardes estoy doblando madera y sé perfectamente que esa curvatura de las tablas es imposible", afirma.

No cuestiona tanto el empleo de materiales modernos, como la ausencia de una lógica constructiva.

“El torso está hecho con tablas y la cabeza y las patas son de poliéster. Cuando vi la parte de abajo pensé: ¿Cómo puedes ser tan cutre de no haber tapado esa punta? Incluso un juguete de terracota romano tenía más sensibilidad artística que esta película millonaria”, sostiene.

Rico no espera que una película se convierta en un tratado de arqueología. El cine, dice, siempre ha condensado episodios, alterado cronologías y sacrificado el rigor en favor del relato. Lo que le preocupa es otra cosa: que la ficción termine ocupando el lugar de la memoria.

"Si sirve para que la gente lea La Odisea, me parece perfecto. Lo preocupante es que se convierta en el referente de lo que fue la Grecia homérica. Entonces va a ser muy difícil quitarle esas imágenes de la cabeza a la gente", asevera.

Millones de espectadores nunca leerán a Homero ni recorrerán un museo arqueológico, pero sí conservarán en la cabeza la imagen de la Grecia que Hollywood les ha enseñado.

"Al final a la Historia le hace mucho más daño el romanticismo de lo que creemos que fue, que su propio olvido", sentencia.

Mientras Hollywood invierte cientos de millones de dólares en reconstruir la Grecia de Homero, Ramón Rico vuelve cada mañana a su taller. Allí sigue golpeando el bronce, doblando la madera y discutiendo con otros recreadores sobre el ángulo de una cuaderna o el grosor de una coraza.

Sabe que nunca podrá reproducir exactamente un mundo desaparecido hace tres mil años, pero cree que el esfuerzo merecerá la pena, aunque solo sea para acercarse un poco más a él.