Publicada
Actualizada

Antes de la final, en la puerta de un piso de España apareció una pequeña Copa del Mundo de cartón. A un lado, una cinta celeste y blanca. Al otro, una roja y amarilla. Debajo, una pregunta escrita a mano: "¿Quién se la lleva?". Y dos respuestas posibles: "Ustedes" o "Nosotros".

El altar improvisado era obra de Lola, la vecina española de Micaela (@Losviajesdemicaela), una influencer argentina que vive en el país. Durante el Mundial, las dos habían mantenido una guerra de carteles en el pasillo del edificio.

Se dejaban mensajes para celebrar cada clasificación, se deseaban suerte y bromeaban con la posibilidad de que Argentina y España se encontraran en la final.

Cuando el partido terminó con la victoria española, Micaela se preparó para salir a saludarla. No hizo falta. Lola se le había adelantado: dejó en su puerta un cartel y una botella de vino malagueño para que brindara por España y por Messi, "que había hecho historia en Argentina".

Micaela respondió con alfajores, dulce de leche, dos globos con forma de estrella y otro mensaje: "Felicidades a España por la segunda estrella".

Mientras ese intercambio ocurría en un edificio cualquiera, las redes sociales contaban una historia completamente distinta.

Allí, argentinos y españoles parecían haberse convertido de repente en enemigos irreconciliables.

Los insultos se acumulaban debajo de cada video, las provocaciones circulaban fuera de contexto y unos pocos incidentes se presentaban como prueba de una ruptura entre dos países históricamente unidos.

Micaela, en la previa del partido, disfruta de un choripán, uno de los clásicos más populares de la gastronomía argentina. Cedida

En TikTok, Instagram y X se repitieron videos de argentinos insultando a España, españoles quemando camisetas argentinas y aficionados que se gritaban en las calles. Cada imagen alimentaba a la siguiente.

El algoritmo hizo el resto: cuanto más agresivo era el contenido, más posibilidades tenía de circular.

Sin embargo, esa guerra que parecía imparable en las pantallas apenas dejó rastros fuera de ellas. Los seis consulados argentinos en España no recibieron ni una sola denuncia por agresiones relacionadas con la final.

"Me decepcionó mucho ver esta difusión que hay en las redes, porque yo no la veo en la calle", aseguró Wenceslao Bunge Saravia, embajador argentino en España en diálogo con Radio Mitre, una de las principales emisoras de Argentina.

La representación diplomática tiene consulados repartidos por el país y atiende a una comunidad que el embajador calcula en cerca de un millón de personas, si se incluyen los argentinos con otras nacionalidades europeas.

"Cada vez que hay una agresión a un argentino, nos comunican las diferentes policías y comisarías. No tenemos ni una sola comunicación, ni una sola declaración de agresiones", afirmó.

Bunge Saravia vio la final junto a más de 2.000 hinchas argentinos. Después salió por la Gran Vía con su mujer, su hija de siete años y banderas celestes y blancas. Dice que se cruzó con aficionados españoles, recibió bromas propias del fútbol y también felicitaciones por el partido.

"Hay ciertos actos que se están viralizando que son deplorables, no lo negamos. Pero tenemos que ir a los hechos", sostuvo.

Su relato no implica que no haya habido episodios hostiles. Algunas personas sí recibieron insultos y comentarios xenófobos. Juli (@juliherstic), argentina y en pareja con un español, viajó a Madrid con su hermana para ver la final en un bar argentino.

Durante todo el torneo había animado a España junto a su novio. Él, por su parte, se había puesto la camiseta argentina y había celebrado cada uno de sus goles.

Cuando supieron que ambas selecciones disputarían la final, establecieron una regla: quien perdiera debía llamar al ganador para felicitarlo y ninguno podía burlarse demasiado del otro.

Pero en Madrid la convivencia fue distinta.

"Tuvimos media hora caminando hasta el hotel y se paraban españoles a insultarnos, cantar canciones contra Messi y decirnos: 'Vuélvanse a su país'", contó.

Los ataques continuaron en sus redes sociales. Aunque sus videos anteriores mostraban cómo acompañaba a España y cómo su novio alentaba a Argentina, comenzaron a llegarle mensajes que la acusaban de ladrona, xenófoba y violenta por el simple hecho de ser argentina.

Juli, argentina, junto a su novio español, que la acompañó durante el Mundial y alentó a la Selección en cada partido. Cedida

"De repente se armó una campaña de odio donde éramos la peor mierda que existe, cuando siempre fuimos países amigos", explicó.

Juli insiste, sin embargo, en que esos comportamientos representan a una minoría. Desde que se instaló en Andalucía siempre se sintió bien recibida y encuentra incluso similitudes entre andaluces y argentinos.

"Los españoles que nos insultaron sé que no son todos, que son una mínima porción. Así como los argentinos que salieron a insultar a los españoles", aclaró.

Juli, argentina residente en España, celebra en Cibeles junto a aficionados españoles tras la victoria de la selección. Cedida

La misma contradicción vivió Eduardo (@Edu.patitucci), periodista deportivo argentino residente en Valencia.

Días antes de la final publicó un video para pedir respeto a las dos hinchadas.

Cuestionó los insultos de argentinos contra españoles en Madrid y advirtió que la pasión futbolística no podía convertirse en una excusa para maltratar al país que los había recibido.

El video superó el millón y medio de visualizaciones en Instagram y recibió, en su mayoría, mensajes de apoyo.

Tres días después, publicó otro contenido sobre una polémica futbolística y la reacción cambió por completo: cientos de usuarios lo insultaron, lo llamaron "hambrentino" y le preguntaron qué consumía para decir esas cosas.

"Yo no creo ni en los halagos ni en los haters. Los españoles y los argentinos de las redes no son como la gente de la calle o como la gente del día a día", resumió.

En los últimos cuatro años nunca había sentido rechazo por su acento. Después del Mundial, asegura, notó algunas miradas distintas.

"Estaba mandándole un audio a un amigo, con una camiseta negra, ni siquiera de fútbol, y cuatro o cinco personas de un bar se dieron vuelta a mirarme mal. Eso no me había pasado nunca", relató.

Ese cambio le preocupa porque el Mundial dura un mes, pero los argentinos seguirán viviendo en España cuando la espuma baje.

Eduardo Patitucci, periodista deportivo radicado en Valencia Cedida

"Lo peligroso es que esto escale más allá del fútbol. Hay 500.000 argentinos que seguimos viviendo en España y no queremos que por llevar la camiseta te miren mal", advirtió.

La final, en su casa, fue la contracara perfecta de esa tensión. Eduardo la vio con su primo argentino, su novia española y la novia española de su primo. Los dos hombres se sentaron en un sillón y las dos mujeres en otro.

A la izquierda, la novia española de Eduardo posa con la camiseta argentina; a la derecha, él, periodista argentino residente en Valencia. Cedida

"Ellas alentaban por España y nosotros por Argentina, pero fue con total respeto. Ni siquiera nos gritaron el gol en la cara", recordó.

Para Micaela, esa escena, igual que el intercambio con su vecina, refleja mucho mejor la relación entre ambos países que los videos más difundidos.

"En las redes sociales siempre hace más ruido lo negativo. La historia refleja mejor la relación popular entre ambos pueblos que lo que se ve en una pantalla", sostuvo.

Después de la final recibió mensajes de argentinos que se habían sentido angustiados por el clima de enfrentamiento. Una de sus amigas, nieta de una española fallecida, le contó que había decidido vivir en España como una forma de honrar la historia de su abuela.

Tras leer durante horas comentarios contra los argentinos, terminó llorando porque ya no se sentía bienvenida. Al ver los videos de Micaela y el gesto de Lola, sintió, según le dijo, "un cariño al alma".

"Quise documentarlo para mostrar que esta era la verdadera manera de convivencia, de deportividad y de vida sana", explicó la influencer.

Argentina y España comparten migraciones, familias, empresas, jugadores, costumbres y millones de historias personales. Hay nueve vuelos diarios entre ambos países y una comunidad argentina en España que representa cerca del 30% de los argentinos residentes en el exterior, según explica el embajador.

"No hay una relación más estrecha entre dos países hispanoamericanos como la de España y Argentina", afirmó Bunge Saravia.

La final que durante semanas se había imaginado como un acontecimiento histórico terminó convertida en las redes en una guerra artificial, alimentada por insultos, recortes y generalizaciones.

Los incidentes existieron, pero no alcanzan para explicar la convivencia cotidiana de casi un millón de argentinos en España ni para borrar los vínculos construidos durante décadas.

"Se transformó en una guerra totalmente innecesaria", lamentó Eduardo. "La gente no se tiene que dejar llenar la cabeza por TikTok o Instagram. Hay que salir a la calle a palpar lo que verdaderamente sucede".

Micaela, argentina residente en España, celebra junto a sus vecinos españoles en el pasillo del edificio, entre camisetas, banderas y gestos de amistad. Cedida

En el pasillo de Micaela y Lola no hubo vencedores ni vencidos. Hubo una botella de vino, alfajores, dulce de leche y dos estrellas de papel. Afuera, el algoritmo insistía en enfrentarlas. Ellas, mientras tanto, seguían siendo vecinas.