Pensar en un buen chuletón es, para muchos, pensar en El Cotarro. Eso, claro, después de haber ido unas cuantas veces. Porque si es la primera, hay algo que sorprende incluso antes de sentarse a la mesa.
Desde fuera nadie diría lo que esconde el local. Hay que bajar unas escaleras que conducen a una especie de "sótano" y, después de atravesar todo el establecimiento, aparece una enorme terraza cubierta por una parra. Una de esas que en verano regalan sombra y hacen que el tiempo parezca ir un poco más despacio.
Es difícil no quedarse mirándola unos segundos. Después llega lo siguiente que llama la atención: la parrilla. Y el olor a carne.
Ahí empieza la historia de El Cotarro. O mejor dicho, la de Gerardo y Fabián, dos vecinos de Oleiros que llevan años dedicados a que cada servicio salga como el primero. El restaurante abrió sus puertas el 16 de agosto de 2018. Entonces, el proyecto estaba formado por Gerardo y Daniel. Hoy continúa con Fabián, que comenzó como jefe de cocina y desde hace unos meses también es socio del negocio.
La esencia, dicen, sigue siendo exactamente la misma. Pero llegar hasta aquí no fue sencillo. "Al principio curramos, y mucho", resume Gerardo. Como ocurre con la mayoría de negocios que empiezan desde cero, los primeros clientes fueron los vecinos de Santa Cruz. Después llegó el boca a boca. Alguien recomendó el chuletón. Otro volvió con amigos. Y, casi sin darse cuenta, el rumor empezó a correr más rápido que cualquier campaña publicitaria.
Entrada de El Cotarro
Pero entonces, llegó la pandemia. Y eso, dejó marca. La hostelería fue uno de los sectores más golpeados y muchos negocios tuvieron que echar el cierre durante meses.
En El Cotarro, sin embargo, su gran terraza les permitió abrir durante las primeras fases de la desescalada, siendo uno de los pocos establecimientos de la zona de Santa Cruz que podía recibir clientes manteniendo la distancia de seguridad. Hoy reciben clientes de toda la comarca.
Aquellas mesas separadas ya forman parte del pasado, pero la terraza sigue siendo uno de los grandes reclamos del restaurante. Muchos descubrieron entonces la parra y hoy continúan volviendo por ella. También por el trato. Y, cómo no, por la carne.
Porque aunque El Cotarro ofrece productos de la huerta, del mar y de la parrilla, hay platos que ya forman parte de la casa. La picaña, el abanico de cerdo ibérico, la croca salteada con pimientos del piquillo y cebolla o las zamburiñas braseadas con tocino ibérico y salsa de mango son algunos de los favoritos de una carta en la que tampoco faltan los nidos de verduras, la tortilla paisana o los langostinos crujientes.
Público vegetariano
Pero ojo, también tienen público vegetariano. Su plato favorito: los nidos de verduras. Aunque el pescado también entra en sus opciones, como por ejemplo, el bacalao.
Con capacidad para unas 150 personas y posibilidad de celebrar eventos privados, El Cotarro ha encontrado su sitio sin hacer demasiado ruido. Quizá porque nunca le hizo falta. Le bastó una buena parrilla, una terraza escondida bajo una parra y ese boca a boca que, ocho años después, sigue llenando las mesas.
