Nacieron como personas normales, grabando vídeos desde sus habitaciones y exponiendo sus problemas cotidianos. Algunos se quedaron ahí. Siendo, simplemente, "personas normales" que hablaban de aquello que mejor se les daba. Algunos de videojuegos, otros de gastronomía, de moda...
Y, entre vídeo y vídeo, nos dejaban ver aquello que hacían en su día a día. El problema surgió cuando el dinero empezó a entrar en sus cuentas a medida que lo hacían los seguidores. Entonces, cuando llegaron al millón, aquella vida humilde que les caracterizaba desapareció. Los vídeos desde la habitación cambiaron a otros con vistas a las playas de Bali y sus gustos dejaron de estar al alcance de nuestros bolsillos. Ellos mismos empezaron a creerse su propio personaje.
Pero el hartazgo estalló este fin de semana, cuando el conocido influencer Carliyo El Nervio empezó a decir que el eclipse total de sol había sido utilizado como cortina de humo por el Gobierno y los medios de comunicación. Entonces la gente empezó a funarle y comentarle que la "verdadera cortina de humo había sido el Mundial", justo donde él había estado las semanas anteriores, mientras su mujer Natalia Palacios -también muy conocida- estaba embarazada.
Ella salió en su defensa, diciendo que Carliyo debe continuar su vida, como ella hace y que el embarazo no la invalida para seguir con sus tareas. El problema vino cuando habló de los derechos de los trabajadores. Y entonces las redes empezaron a echar humo. Tanto seguidores como no seguidores empezaron a decirle que "es fácil decirlo cuando tu trabajo es irte de vacaciones". Algo que a otras incluencers de su calaña no les hizo mucha gracia.
Tik Tok se convirtió en una guerra entre grandes y pequeños influencers. Y por fin se dijo en voz alta que ese boom de seguidores que rápido saltó a la fama ahora busca otra cosa. Quedó claro que la gente ya no busca contenido vacío que no le aporte nada y que esté lejos de su realidad. Entonces se empezó a hablar de la 'caída de los influencers'.
En Quincemil hemos querido preguntar a los creadores de contenido de A Coruña que opinan de todo esto. Ninguno ha dudado en colaborar. Es el caso de Laura Pato, más conocida como @le_petit_patito, una ourensana afincada en A Coruña que empezó a ganar seguidores a raíz de sus vídeos hablando sobre los problemas de la vivienda.
"Yo no creo que vaya a ocurrir una gran caída de los influencers", asegura. Es decir, si les llega cierto castigo, no cree que nazca de una reflexión profunda sobre qué valores representan. No será un "hemos pensado seriamente qué tipo de comportamientos estamos premiando como sociedad y vamos a reconducir esto".
"No. Yo creo que, si ocurre, será algo bastante más humano, rollo: 'estoy harta de ver a gente en Bali un martes de febrero mientras yo estoy contestando correos'", explica.
"No es envidia, es saturación"
Y no, no es envidia. "El ¡HOLA! siempre ha existido, y no precisamente gracias a la envidia. Es saturación. Pero más saturación que toma de conciencia", apunta.
Personalmente, a Laura le gustaría que hubiera "una pequeña purga que eliminara a la gente que no aporta nada y ocupa demasiado espacio". Y con aportar no quiere decir que ahora haya que intelectualizarlos a todos ni convertir cualquier cuenta de Instagram en un canal de divulgación. El entretenimiento sin más pretensiones también es necesario y también aporta.
"Pero hay gente que ni siquiera es capaz de aportar nada a la categoría lifestyle. No me jodas", sentencia.
"No me vengáis con tonterías de que ser influencer es durísimo"
Una opinión que comparte, aunque desde una perspectiva mucho más directa, Champi Muros. El creador de contenido, que roza el millón de seguidores en Instagram, nunca ha dudado en dar su opinión sobre lo que supone vivir de las redes sociales. Y en esta ocasión tampoco se muerde la lengua.
"Yo trabajaba para partir el pan de martes a domingo, libraba solo los lunes, entraba a las siete de la mañana hasta las dos, tres de la tarde más o menos y cobraba 700 euros", recuerda en un vídeo publicado este martes en sus redes sociales.
Después llegó un trabajo de reparto de bebidas por 1.300 euros. "Trabajaba diez horas, once diarias, cargando en verano barriles, cajas de cerveza, cajas de refrescos, vinos, de todo".
Ahora la situación es muy diferente. "Y ahora me pagan por un vídeo 5.000, 6.000 euros", cuenta.
Eso no significa, reconoce, que ser creador de contenido no tenga sus partes malas. "¿Que cuando estás vacilando, que tiene cosas que son una mierda? Pues sí", admite. Puede estar agobiado porque en determinados sitios le piden muchas fotografías o porque la exposición constante termina cansando.
"Pero te jodes. Vives de esa gente, es lo que hay", sentencia.
Volver a los influencers de antes
Carlota Núñez, más conocida como Dulce de Leche, nació con los vídeos largos de YouTube. Hoy trabaja en una agencia que lleva creadores de contenido, por lo que nadie como ella puede hablar de este tema desde los dos lados: el de quien vivió los comienzos de esta profesión y el de quien ahora trabaja con quienes se dedican a ella.
"Para mí no es una caída como tal, sino que el sector está saturado y la gente es mucho más consciente de a quién sigue y por qué", explica. Se nota, dice, "bastante hartazgo de las vidas idílicas y del contenido tan rápido".
"Ves vídeos de 15 segundos sin parar, pero no terminas conectando con nadie", señala.
Nostalgia por los vídeos de antes
De ahí viene, precisamente, esa nostalgia por los influencers de antes. "Antes nadie empezaba en esto para 'ser influencer'; subías vídeos por pura pasión o como un hobby, y eso se notaba", recuerda.
El contenido era más largo, te mostrabas tal cual y creabas una comunidad fiel que te veía casi como a un amigo. Hoy, sin embargo, "mucha gente quiere meterse en esto por el estilo de vida o el dinero, no por vocación, y la audiencia lo nota".
También cree que existe cierto recelo hacia la figura del influencer, pero considera que, en gran parte, viene provocado por esa imagen irreal y de vida perfecta que se ha vendido durante mucho tiempo. "La gente se ha cansado de eso", resume.
"Vivir de las redes es un privilegio"
En esa misma línea se sitúa Miguel Mandayo, que tampoco considera que estemos ante una "caída de los influencers". Para él, el rechazo actual tiene más que ver con determinadas actitudes y comentarios que con la profesión en sí.
"No creo que estemos ante la 'caída de los influencers'. Yo creo que la gente no está criticando el hecho de ser influencer, sino determinadas actitudes y comentarios que, en mi opinión, resultan difíciles de entender", explica.
Y pone el foco en una realidad que afecta a prácticamente todo el mundo: los trabajos, los salarios y el coste de vida.
"Tal y como está la situación actual, escuchar a alguien quejarse de que 'no tiene vacaciones' o que el trabajo de influencer es muy duro cuando, por ejemplo, puede llegar a cobrar en un solo vídeo de 30 segundos lo que una persona gana en varios meses, o estar viajando una semana seguida, acaba generando rechazo", señala.
"Los pies en la tierra"
Mandayo no niega que ser creador de contenido tenga sus partes buenas y malas. Como cualquier trabajo, tiene dificultades, "pero creo que es muy importante tener los pies en la tierra y ser conscientes del privilegio que supone vivir de esto", apunta.
"En resumen, creo que el problema no es ser influencer, sino olvidarse de que vivir de las redes es un privilegio", concluye. "Y cuando tienes una situación privilegiada, lo mínimo es ser agradecido y consciente de ella y no perder de vista que la realidad de la mayoría es muy diferente".
Al final, no es que el sector se muera. Es que el público se ha vuelto más exigente y ya no le vale cualquier cosa. Quizá por eso, después de años viendo habitaciones perfectas, viajes imposibles y vidas que parecían sacadas de otro planeta, vuelven a ganar espacio quienes enseñan su casa tal y como está, hablan de los problemas que tienen y se ríen de aquello que nos pasa a todos.
Porque quizá el problema nunca fueron los influencers. Quizá fue que dejaron de parecerse a nosotros.
