Corina Alfonso (Vigo, 32 años) lleva toda su vida rompiendo barreras. Ciega de nacimiento, aprendió a desenvolverse con autonomía con el bastón. Con 18 años se marchó a Argentina a estudiar la carrera de Psicología y, a su regreso a casa, consiguió homologar el título y ejercer en Santiago como profesional. También estudió Arte Dramático en la ESADg de Vigo y en la actualidad compagina el teatro con su trabajo como coordinadora del braille de la ONCE en Galicia. Desde hace tres años comparte ese camino con Penny, una labradora de cinco años que la acompaña como perra guía.
"Fui usuaria de bastón toda mi vida y solicité el perro guía cuando tenía 20 años. Soy una persona que por trabajo se mueve mucho y a la que le gusta mucho viajar, por eso lo solicité: para ganar más velocidad", cuenta Corina. La viguesa destaca la seguridad que brindan los perros guías a sus usuarios: "Te da mucha tranquilidad a la hora de hacer cosas como cruzar la calle".
En su caso viajó a Estados Unidos para conocer a Penny. "La ONCE tiene una escuela de perros guía de Madrid, pero como la lista de espera es bastante larga, también hay convenio con una escuela oficial de Rochester", explica la joven.
Así que una vez terminada la lista de espera se desplazó hasta allí, con una intérprete de la ONCE, para llevar a cabo el proceso de asignación: "Primero te conocen a ti y tratan de darte un perro que encaje contigo y con tu estilo de vida. Penny, por ejemplo, es muy enérgica".
La Universidad del Perro Guía
La gallega comenta que los perros guías empiezan su adiestramiento desde bebés y que, al igual que los humanos, cuando llega el momento se jubilan. Su primer año de vida lo pasan con una cuidadora, una familia de adopción, que los educa fuera de la escuela y les da todas las herramientas básicas para que sean obedientes.
Pasado ese tiempo, si se considera que pueden ser perros guías (porque puede darse el caso que sirvan para ser perros policías o, simplemente animales de compañía), regresan al centro y empiezan su formación en, lo que Corina denomina, la Universidad del Perro Guía: "No le puedo decir a Penny 'Llévame al Gadis' porque me dirá 'Tú estás tonta', tengo que saber llegar yo y ella esquivará los obstáculos por mí, tanto los completos como los bajos".
Antes de viajar a Estados Unidos, Corina recuerda que tuvo que enviar unos vídeos suyos para que los instructores encontrasen el perro más adecuado para ella. "Lo ajustan a ti, le enseñan a seguir tu ritmo y después tú vas allí y entrenas con él, porque también te tienes que adaptar a él. Aprendes a leer sus movimientos y él tiene que entender que tú vas a ser la persona definitiva donde va a encontrar ese hogar, ya que antes ha pasado por otras manos, como la educadora", dice.
Cuando los dos están listos y aprueban el entrenamiento, el perro guía se "gradúa" y te puedes venir a España con él.
Adaptarse la una a la otra
El match de Corina y Penny no fue instantáneo: "Yo soy de llevar el control y ella es muy activa. Así que nos costó entendernos". De hecho, la joven confiesa que el primer año juntas fue toda una aventura: "La gente nos veía juntas y me decían 'Madre mía Cori, no sé yo si ese perro será para ti".
Hasta el segundo año no empezaron a funcionar realmente como un equipo. "Cuando el perro guía y la persona están unidos al 100 %, se le llama unidad. Tenemos nuestros códigos y nos entendemos, pero nos costó", explica Corina. Ella busca las direcciones en el GPS de su móvil y va indicando a Penny el recorrido, mientras la labradora la guía esquivando los obstáculos.
Corina recuerda una de las primeras veces en las que comprendió hasta qué punto podía confiar en ella. "Un día íbamos caminando por una acera y, de repente, Penny buscó un paso de peatones, cruzó a la acera de enfrente, siguió caminando por allí y, al llegar a la siguiente esquina, volvió a cruzar para retomar nuestro recorrido. Yo no entendía nada y pensaba: '¿Qué le pasa a este perro?'".
La explicación llegó unos minutos después. "Una señora se me acercó y me dijo: 'Acabo de ver a tu perro y he flipado. ¿Le dijiste tú que cruzara?'. Le respondí que no, que yo no le había dicho nada. Entonces me explicó que había un andamio ocupando toda la acera y que el resto de la gente se estaba bajando a la calzada para esquivarlo. Penny, en cambio, decidió cruzar a la acera de enfrente para evitar el obstáculo y mantenerme a salvo".
Una jubilación muy merecida
Los perros guías llevan un arnés mientras están trabajando que los ayuda a diferenciar si están trabajando o no. "Cuando se lo quitas es una locura", dice entre risas. "No podemos olvidar que es un perro y que tiene que poder jugar, correr y saltar", añade. En el caso de Penny, ella tiene su "pandilla" de amigas: "Los fines de semana se va a jugar al río".
De hecho, también pueden cogerse sus bajas por enfermedad emitidas por el veterinario y cuando llevan un tiempo determinado trabajando pueden jubilarse, ya sea por la edad o porque estén enfermos.
Cuando llega el momento de colgar el arnés de guía canino, estos peludos pueden ir a vivir a una residencia de perros guía en Madrid o quedarse como mascotas de sus usuarios. "Suelen ser labradores, golden retrievers o pastores alemanes. Requieren más cuidados que un perro normal porque los llevamos a todos los lugares, es decir entran en todos los sitios a los que vayamos. El único lugar en el que un perro guía no puede entrar es en un quirófano, sí que podría hacerlo en una UCI".
Para Corina, más allá de las barreras arquitectónicas, el mayor reto sigue siendo la falta de concienciación en la sociedad. "Hay gente que por desconocimiento te dice que el perro no puede entrar en una tienda, en una cafetería o restaurante e, incluso, en un taxi", explica. Aunque en la mayoría de los casos basta con aclarar que se trata de un perro guía, no siempre ocurre así. "Yo perdí un autobús de Lisboa a Vigo porque un Uber no nos quiso llevar. En España hay más sensibilización que en Portugal".
Pero si hay algo que le gustaría que todo el mundo entendiera es que, cuando Penny lleva el arnés, está trabajando. "Yo entiendo que es un perro muy bonito y que a la gente le guste acariciarla, pero nos ponen en peligro a las dos". Corina recuerda cómo hace poco, mientras cruzaban un paso de peatones en la avenida de América, en Vigo, una persona llamó la atención de Penny con comida desde la otra acera. "Se desorientó y, cuando el semáforo cambió, nos quedamos en medio del paso de peatones mientras los coches empezaban a circular".
Tampoco pueden aceptar comida de desconocidos. "Tiene una dieta muy estricta. El otro día, en una cafetería, la escuché masticar y era porque alguien le había dado un croissant. Encima azúcar, para dejarla ciega también", bromea. Penny no es solo una compañera de vida. También es los ojos de Corina. Y cualquier distracción puede ponerlas en peligro a las dos.
