Hubo una época en la que la industria juguetera todavía no había descubierto que los niños debían llegar vivos a adultos.

Por eso jugábamos al Ché.

El concepto era precioso.

Cogías una barra de hierro de aproximadamente un palmo, le afilabas una punta hasta conseguir que pareciera un arma requisada durante un motín carcelario y salías a la calle con ella.

Con nueve años.

Hoy un niño lleva un Actimel al colegio y existe un protocolo por si contiene lactosa.

Nosotros llevábamos un puto hierro afilado.

Y nadie preguntaba nada.

—Mamá, me voy a jugar.

—Vale. No llegues tarde.

La mujer veía perfectamente el pincho.

Le daba igual.

Lo importante era la puntualidad.

El Ché consistía en dibujar círculos sobre la tierra y lanzar aquella especie de misil balístico infantil intentando clavarlo dentro del siguiente.

Si se clavaba, avanzabas.

Si no, perdías turno.

Si atravesabas a un compañero, probablemente se suspendía momentáneamente la partida.

No recuerdo que existiera una regla específica para eso.

Supongo que se aplicaba el VAR de la época:

—¡Joder, Manolo!

Y se continuaba.

Había que colocar los dos pies dentro del círculo, coger el hierro y lanzarlo hacia el siguiente.

Naturalmente, los círculos podían hacerse más pequeños y las distancias más cabronas.

Así que allí estabas tú, haciendo equilibrio como un imbécil, con una barra puntiaguda en la mano y cuatro niños alrededor ofreciendo consejos técnicos de altísimo nivel:

—¡Tira, coño!

La infancia de los ochenta era maravillosa.

Sobre todo si conseguías sobrevivirla.

Ahora los parques infantiles tienen caucho para amortiguar las caídas.

Nosotros teníamos gravilla.

La gravilla no amortiguaba una mierda.

La gravilla tenía una misión: entrar dentro de tu rodilla.

Te caías y regresabas a casa con un pequeño ecosistema mineral incrustado en la pierna.

Tu madre lo examinaba.

—Eso no es nada.

Podías tener la tibia asomando.

—Anda, échate agua oxigenada.

El agua oxigenada era nuestra Seguridad Social.

Servía para todo.

Rodilla abierta.

Agua oxigenada.

Codo reventado.

Agua oxigenada.

Posible amputación.

Primero agua oxigenada y mañana vemos.

Por eso nadie consideraba especialmente peligroso el Ché.

¿Peligroso?

Peligroso era llegar a casa con las zapatillas nuevas manchadas.

Ahí sí podías morir.

El hierro atravesando el aire era una incidencia menor.

Además, aquello desarrollaba los reflejos.

Muchísimo.

Cuando veías venir un pincho de acero hacia tu cabeza aprendías una habilidad psicomotriz fundamental:agacharte.

No necesitábamos talleres de prevención.

La prevención era ver pasar el hierro a tres centímetros de tu oreja.

—Hostia.

Y acababas de completar el curso.

Diploma concedido.

También había que afilar el Ché.

Porque un Ché sin punta era una mierda.

No se clavaba.

Y ahí tenías a un grupo de menores perfeccionando tranquilamente un objeto punzante.

Hoy eso aparecería en el informativo:

«Desarticulada una célula de nueve años dedicada a la fabricación artesanal de armas blancas».

Nosotros simplemente estábamos jugando.

Lo mejor era que ningún adulto supervisaba aquello.

Gracias a Dios.

Porque un adulto habría terminado con toda la diversión en treinta segundos.

—Eso es peligroso.

Claro que era peligroso.

Ahí estaba la gracia.

Nosotros no queríamos desarrollar la psicomotricidad fina.

Queríamos clavar un hierro.

Éramos niños, no funcionarios de una consejería de Educación.

Y nuestras madres confiaban en nosotros mediante un sistema pedagógico revolucionario:

echarnos de casa.

—Marcha a jugar.

Aquello significaba desaparecer.

Sin móvil.

Sin GPS.

Sin reloj inteligente

Sin compartir ubicación.Podías estar a tres calles o haber cruzado la frontera portuguesa.

Mientras aparecieses para cenar, todo correcto.

Y si regresabas sangrando se iniciaba el protocolo médico familiar:

—¿Qué te pasó?

—Nada.

—Pues lávate las manos antes de comer.

Fin del parte de Urgencias.

Lo más hermoso del Ché era su absoluta falta de sentido.

No producía nada.

No desbloqueabas nada.

No acumulabas experiencia.

No conseguías seguidores.

No aparecía un mensaje diciendo:

«¡ENHORABUENA! Has alcanzado el nivel 7».

Clavabas el hierro.

Eso era todo.

Y te parecía la hostia.

La felicidad tenía unos costes operativos extraordinariamente bajos.

Un terreno.

Unos círculos.

Un hierro.

Y varios amigos con la vacuna del tétanos negociable.

No necesitábamos conexión a internet.

Necesitábamos puntería.

Y piernas rápidas.

Sobre todo piernas rápidas.

Porque perder una partida jodía.

Pero perder un ojo complicaba bastante más la tarde.

Visto ahora, el Ché no era exactamente un juego.

Era una oposición.

Una prueba de acceso a la edad adulta.

Darwin con reglamento propio.

Cada lanzamiento formulaba una pregunta:

—¿Merece este niño llegar a los noventa?

Y el hierro decidía.

Nosotros, mientras tanto, nos descojonábamos.

Porque esa es la parte que cuesta explicar.

Éramos tremendamente felices.

Con muy poco.

Y con muchísimo peligro.

No sé si aquello nos hizo más fuertes, más idiotas o simplemente extraordinariamente afortunados.

Pero sobrevivimos a bicicletas sin casco, columpios de hierro, porterías que pesaban como un Seat 124, petardos comprados a individuos de dudosa cualificación química y al Ché.

El puto Ché.

Una barra de hierro afilada volando entre menores.

Y nuestras madres preocupadas porque refrescaba.

Aquello resume perfectamente nuestra infancia.

—Ponte el jersey.

—Mamá, llevo un hierro afilado y voy a lanzárselo cerca a mis amigos.

—Me da igual. A las ocho en casa.

Y salíamos.

Porque entonces ganar al Ché estaba muy bien.

Pero existía una victoria todavía mayor.

Regresar a casa a la hora de cenar con los mismos dedos, los mismos dientes y los dos ojos con los que habías salido.

Eso sí era completar la partida.