Mi hijo Juan era todavía un enano diminuto. Y a mí me encantaba llevarlo a la Fuente de los Surfistas para ir a ver el mar. Bueno… “ver” el mar. En mi caso aquello era más bien distinguir manchas blancas gigantes y volúmenes negros sospechosamente moviéndose dependiendo de cómo pegara la luz. Pero oye, el concepto romántico estaba ahí.
Y yo iba encantado. Porque cuando voy acompañado, aunque sea por un niño pequeño, no llevo bastón ni nada. Yo iba allí todo chulo. Vaqueros, chupa de cuero, gafas de sol… con aspecto de cantante de rock de los noventa que todavía cree que puede ligar diciendo “toco en un grupo”.
Nos sentamos en uno de aquellos bancos de piedra frente al mar. Y en una de estas… desaparece el enano.
Empiezo a llamarlo.
Nada.
Silencio.
Y ahí empieza esa mezcla maravillosa entre preocupación paternal y pánico absoluto. Porque perder un hijo ya es una faena importante… pero perderlo siendo ciego convierte automáticamente la situación en un escape room organizado por el demonio.
Así que me levanto yo todo digno. Todo seguro. Caminando como si tuviera perfectamente controlada la situación.
Y de repente… PUM.
Me encuentro cara a cara con un tipo.
Pero literalmente cara a cara. Tan cerca que aquello ya no era una conversación. Era una auditoría facial.
El hombre, viendo mi seguridad, debió pensar:
—Hostia… este tío me conoce muchísimo.
Porque claro, yo me planté delante de él con una confianza espectacular. Y el tipo, educado, empezó la típica conversación absurda de ascensor:
—Hace buen día.
—Sí, sí, muy bueno.
—Hay mucha gente hoy.
—Uf, muchísima.
Y yo mientras tanto intentando descifrar quién coño era por la voz. Porque los ciegos hacemos eso constantemente. Somos como un Shazam humano pero en versión barata. Vamos procesando voces mentalmente:
“¿Quién es este? ¿Del trabajo? ¿Del barrio? ¿Un camarero? ¿Un antiguo compañero? ¿Un tío al que le debo dinero?”
Todo eso mientras finges absoluta normalidad.
Y entonces ocurre.
Noto a su derecha, a la altura de la cintura, un volumen negro pequeño.
Mi cerebro hace una asociación rápida:
“Niño detectado”.
Entonces el hombre dice:
—¿Qué pasa? ¿No le saludas?
Y ahí ya me lancé al vacío con la seguridad del ignorante.
—¿Estudia en Salesianos? Igual conoce a mi hijo…
Silencio.
Pero un silencio raro.
Un silencio incómodo.
Un silencio de esos donde el universo entero intenta darte una pista y tú decides seguir adelante igualmente.
Y de repente aparece Juan corriendo a toda velocidad, me agarra de la mano y grita:
—¡¡Papá!! ¡¡Papá!! ¡¡Es un perro!! ¡¡Un perro!! ¿Cómo va a estudiar en Salesianos?!
Yo me quedé congelado.
El hombre también.
Y el perro probablemente pensando:
“Bastante tengo con perseguirme la cola como para meterme ahora en Religión y Matemáticas”.
El tipo, completamente asustado, agarró la correa de Charly, dio media vuelta y salió de allí a toda velocidad. Pero rápido de verdad. Con esa prisa que tiene la gente cuando cree que acaba de cruzarse con un psicópata funcional.
Estoy convencido de que mientras se alejaba iba pensando:
—Charly, vámonos rápido de aquí. Hay gente muy loca en esta ciudad. Acabamos de conocer a un señor que quiere matricularte en Salesianos.
Y yo allí me quedé. Quieto. Con mi chupa de cuero, mis gafas de sol y la dignidad tirada entre las gaviotas y las algas.
Desde entonces estoy convencido de que en algún parque de perros de A Coruña sigue circulando la leyenda:
“Cuidado con un ciego rockero que intenta escolarizar labradores”.
