Cuando te mudas, siempre hay un periodo de prueba (no oficial) de tu nueva casa. Unas semanas en las que lo observas todo con prudencia temor. La casa y tú os tenéis que conocer.

Es como empezar una relación; tienes que ir viendo si la otra persona ronca o si le huelen los pies. Compruebas cosas importantes. Si la cisterna funciona. Si el agua caliente llega antes de que te arrepientas de haberte metido en la ducha. Si la campana absorbe bien los olores. Si el vecino toca la batería.

Las dos primeras semanas en mi casa fueron un éxito. Cada vez que alguien me preguntaba por la casa nueva yo respondía: “Duermo increíble”. Ni la cocina, ni el salón, ni la luz natural. Dormir. Había descubierto que la verdadera definición de lujo no contiene las palabras ‘vestidor’, ‘domótica’ o ‘piscina infinita’. El lujo es acostarte a las once y despertarte unos minutos antes de que suene la alarma.

Estaba tan contenta que empecé a comportarme como esas señoras que hacen de algo (en mi caso, el descanso) su eslogan: “No sabes qué silencio”, “Es que el colchón…” Pero una noche apareció una voz.

Primero fue un murmullo. Nos levantamos y abrimos las ventanas para comprobar si el ruido venía del patio interior. Nada. Seguimos escuchando, a ciegas, en la oscuridad y descubrimos que el murmullo venía de detrás de la pared en la que estaba nuestro cabecero. Y tenía opinión sobre Leire Díez la actualidad política

La noche siguiente me despertó la teletienda. La siguiente, un debate. Habíamos dado por hecho que detrás de esa pared había una oficina. Todas las mañanas me cruzaba con un señor que entraba. Todas las tardes me cruzaba con el mismo señor que salía. Un horario impecable. Una vida ordenada. Un despacho más. Caso cerrado.

Hasta que empezaron las emisiones nocturnas y en consecuencia, mis desvelos. No siempre entendía lo que decían, pero escuchaba lo suficiente para saber que al otro lado de la pared, alguien estaba despierto cuando yo preferiría no estarlo. Los murmullos provocaron que la imaginación también se desvelase.

Mi novio y yo no tardamos en elaborar una teoría. El señor se estaba divorciando. Estaba atravesando una mala racha y se había instalado provisionalmente en la oficina. Dormía mal y veía demasiada tele. Probablemente también tenía la nevera llena de botellines de cerveza y comida precocinada en la despensa.

Todo esto a partir de un murmullo detrás de una pared.

Me encanta crear historias para los huecos que no sé. Inventarme vidas. Veo a una pareja discutir en una terraza y les adjudico dos hijos pequeños y diez años de matrimonio. Veo a alguien tomar algo solo y visualizo una cita de Tinder fogosa aventura en esta ciudad a la que ha venido por trabajo. Escucho una televisión detrás de una pared a las dos de la mañana y redacto una sentencia de divorcio para un señor que quizás solo está esperando a que terminen de pintar su casa.

A estas alturas, me preocuparía descubrir que el señor lleva viviendo ahí diez años, que está felizmente casado y que el único problema es que nuestra pared tiene el grosor de una oblea. Pocas historias tienen un final tan decepcionante. Ni divorcio, ni comida precocinada, ni oficina convertida en vivienda provisional. Solo una mala pared.