Hay noches en las que A Coruña parece escuchar el mar de otra manera.



El viento entra por las calles de Monte Alto, se cuela entre los edificios de Los Rosales, atraviesa la Ciudad Vieja, baja por la Marina y termina golpeando las viejas paredes de Riazor como si quisiera despertar algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Y estos días, mientras el Dépor se juega volver a Primera División, la ciudad entera vuelve a sonar igual que entonces. Igual que en aquellos años en los que el fútbol no era solamente fútbol, sino una forma de vivir, de sufrir y de amar.



Quedan tres partidos.



Solo tres.



Y basta caminar un rato por cualquier barrio para entender que algo está ocurriendo. Está en la mirada del camarero que deja el café sobre la barra mientras habla del once posible. Está en el taxista que pregunta cuánto falta para el domingo. Está en los chavales que vuelven a llevar la camiseta blanquiazul aunque jamás vieron al Dépor codearse con los gigantes. Está incluso en los silencios de la gente mayor, esos silencios llenos de recuerdos que no necesitan palabras.



Andorra. Valladolid. Las Palmas.



Tres nombres escritos ya en algún lugar del pecho de toda esta ciudad.



Porque hemos llegado hasta aquí dependiendo de nosotros mismos. Y eso, después de tantos años oscuros, tiene algo de milagro y algo de justicia. Durante demasiado tiempo el deportivismo vivió mirando de reojo otros resultados, esperando favores imposibles, sobreviviendo entre decepciones que iban apagando poco a poco la voz de una ciudad que nunca debió acostumbrarse a sufrir así.



Pero hay cosas que no desaparecen.



El amor verdadero nunca desaparece.



Y el deportivismo lleva años resistiendo como resisten los faros frente al océano. Golpeado por temporales, por derrotas, por domingos amargos y estadios medio vacíos. Pero siempre en pie. Siempre encendido. Porque este club forma parte de la piel de A Coruña. Está en la infancia de miles de personas. En las fotografías amarillentas de los bares. En las bufandas guardadas en cajones que vuelven a abrirse cuando el corazón empieza otra vez a acelerarse.



Ahora la ciudad vuelve a creer.



Y cuando A Coruña cree en algo, ocurre algo hermoso y peligroso al mismo tiempo. La ciudad deja de caminar y empieza a avanzar. Los balcones recuperan las banderas. Las conversaciones giran alrededor de un balón. Los niños preguntan nombres de futbolistas como antes preguntaban nombres de héroes. Y hasta quienes juraron no ilusionarse nunca más vuelven a mirar el calendario con esa mezcla de miedo y esperanza que solo provoca el Dépor.



Porque no estamos hablando únicamente de subir a Primera.



Estamos hablando de volver a casa.



De recuperar el sitio que le pertenece a este escudo por historia, por orgullo y por la forma salvaje en la que esta ciudad sabe querer a los suyos. Porque hay equipos más ricos. Más modernos. Más estables. Pero muy pocos tienen detrás un pueblo entero capaz de respirar al mismo ritmo cuando llega un momento así.



Y ahora ha llegado.



Andorra. Valladolid. Las Palmas.



Tres partidos separan al Dépor de volver a mirar de frente al fútbol español. Tres partidos para demostrar que jamás dejamos de ser quienes éramos. Que debajo de todos estos años difíciles seguía latiendo el mismo corazón gigante que convirtió a esta ciudad en un lugar imposible de explicar para quien nunca escuchó Riazor rugiendo de verdad.



Y quizá sea eso lo más bonito de todo.



Que después de tanto tiempo, después de tantas caídas y tantas noches grises, el Dépor vuelve a estar ahí, justo delante de nosotros, recordándonos que todavía hay sueños capaces de poner a una ciudad entera a latir al mismo ritmo.