Hay algo sospechoso en el hecho de que seamos capaces de enviar a gente a la Luna, pero yo siga necesitando una moneda de un euro para desbloquear un carrito del supermercado.
No puedo liberarlo a través de la app del súper. Ni con reconocimiento facial. Ni con el iPhone. ¡Necesito una moneda! Me recuerda a las cabinas de teléfono de los años 90. Es como si alguien, desde algún despacho situado en la cima del mundo hubiese dicho: "Vale, vamos a mandar humanos al espacio, pero si quieren yogures, que sigan dependiendo de una moneda"
Civilización avanzada, sí.
Pero con matices.
A mí, todo lo del universo de ahí arriba me fascina. Los atardeceres rosas, las auroras boreales. Y esas imágenes recientes de la Tierra flotando en un negro absoluto; las miro y pienso: qué barbaridad. Qué precisión. Qué inteligencia.
Pero después voy a hacer la compra.
Me inquieta la capacidad que tenemos los humanos de hacer cosas extraordinarias, calcular trayectorias a millones de kilómetros, sobrevivir al vacío. Pero seguimos sin conseguir que una impresora funcione a la primera. Ni a la segunda. Ni a la tercera. Hasta que alguien nos dice: "Apágala, cuenta hasta 10 y enciéndela". Lo mismo que hacemos cuando el Wi-Fi se pone tonto.
Son cosas que no me encajan. Hemos puesto satélites en órbita. Pero seguimos sin saber doblar bien una sábana bajera. Hemos perfeccionado el arte de aterrizar en la Luna. Pero no hemos conseguido que el film transparente corte bien a la primera. Por no hablar de poner la funda nórdica sin hacer una coreografía de TikTok.
Siento que desde ese despacho situado en la cima del mundo, nos quieren recordar que por muy lejos que lleguemos, tú seguirás guardando bolsas dentro de bolsas dentro de otras bolsas. Y yo me quedaré mirando al microondas o a la lavadora dar vueltas, a ver si así se acelera el tiempo.
Admiro la ingeniería, la coordinación milimétrica que hace posible algo tan difícil como salir de este planeta, dar una vuelta por ahí arriba y volver. Pero después voy a Gadis y ahí no hay tecnología que me ayude. Ni cálculos matemáticos que me salven. Ni Artemis. Ni Apolo. Ni nada. Solo estoy yo frente a un carrito. Y una lista de la compra interminable.
Me gustaría ver a un astronauta en mi lugar. Evaluando la situación. Buscando una moneda en el bolso como si estuviese excavando en Atapuerca un cráter lunar. Para terminar mirando al carrito, derrotado y diciendo: "Houston, tenemos un problema".
