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Independizarse se ha convertido en un objetivo cada vez más complicado para muchos jóvenes de A Coruña. El precio de la vivienda, unos salarios que no avanzan al mismo ritmo que el coste de la vida y la dificultad para acceder a jornadas completas retrasan una decisión que para generaciones anteriores llegaba mucho antes. Vivir con los padres o compartir piso son, para muchos, las únicas alternativas antes de poder asumir una vivienda propia.

Los datos permiten dimensionar una realidad que también se percibe en A Coruña. El pasado mes de agosto, UGT-Galicia situaba en el 75,8% el porcentaje de jóvenes gallegos de entre 18 y 29 años que todavía vivían con sus padres. Incluso ampliando la franja hasta los 34 años, el porcentaje alcanzaba el 62,7%.

A las dificultades para emanciparse se suma la situación laboral. Los jóvenes gallegos presentan una brecha salarial del 18,3% respecto al conjunto de edades y, de los 125.800 asalariados menores de 30 años contabilizados en Galicia, un 27,7% tiene un contrato a tiempo parcial.

Detrás de esas cifras están historias como la de Judit Alonso, una coruñesa de 28 años que vive con sus padres. Trabaja como encargada de una tienda y no considera que tenga un sueldo bajo, pero tampoco suficiente para marcharse sola de casa y mantener cierta capacidad de ahorro.

"Solo puedo ahorrar viviendo con ellos, porque si viviese sola sería un poco imposible", explica. Para plantearse dar el paso tendría que encontrar un alquiler que no superase los 500 euros. "No considero que tenga un sueldo bajo, pero tampoco considero que tenga un sueldo alto. Entonces, al final, se me hace un poco imposible", añade.

La situación sería diferente si compartiese los gastos con su pareja, aunque precisamente ahí encuentra otra de las contradicciones del acceso actual a la vivienda. "Tienes que depender de que tengas una pareja o un amigo para poder salir de casa de tus padres. O compartes o vives con tus padres, no te queda otra", lamenta.

Judit lleva trabajando desde los 19 años y durante una etapa compaginó sus estudios con el empleo. Sin embargo, no consiguió una jornada completa de 40 horas hasta aproximadamente los 25 años. Ahora, con 28, reconoce que vivir sola sigue sin entrar en sus planes: "Sola, ni de broma. Eso no me compensa". El motivo es sencillo: acabaría trabajando prácticamente para pagar el alquiler.

"Comprar un piso ya ni me lo planteo"

La situación de la vivienda en A Coruña tampoco ayuda. Judit pone como ejemplo zonas que años atrás se percibían como más alejadas del centro o menos demandadas y en las que ahora también encuentra precios elevados.

Ella vive en Eirís, un barrio que recuerda que antes muchos consideraban "las afueras" de la ciudad. Ahora, asegura, observa viviendas a la venta desde cifras que rondan el medio millón de euros. Ante la posibilidad de comprar en lugar de alquilar, su respuesta es tajante: "Eso ya ni me lo planteo".

Para ella, el problema de la vivienda no puede separarse de los salarios ni del encarecimiento general de la vida. "Como no bajen los alquileres y como no suban los sueldos..." reflexiona.

A esto suma las dificultades que encuentran muchos trabajadores jóvenes para conseguir una jornada completa. En su propio lugar de trabajo, explica, ella es la única persona contratada a 40 horas, mientras otros compañeros tienen jornadas de 30 o 20.

Su experiencia laboral sirve también para mirar hacia atrás. Empezó a trabajar con 19 años, pero no fue hasta alrededor de los 25 cuando consiguió alcanzar las 40 horas semanales. Una situación que, a su juicio, dificulta que durante los primeros años de vida laboral pueda construirse el colchón económico necesario para independizarse.

Y las consecuencias van mucho más allá de poder pagar un piso. "Si no hay horas en el trabajo, no tienes un sueldo medianamente digno. Si no tienes un sueldo medianamente digno, no te puedes independizar. Si no te puedes independizar, pues hombre, menos tener un hijo", resume.

Los datos laborales vuelven a acompañar esa percepción. Galicia se encuentra entre las cuatro comunidades con menor tasa de actividad juvenil, con un 50,34%, frente al 53,74% de media estatal. La tasa de paro juvenil alcanza el 18,6%, muy por encima del 8,3% correspondiente al conjunto de la población gallega.

Compartir piso para poder estudiar y trabajar

Una realidad diferente, aunque con el mismo problema de fondo, es la de Claudia Pérez, de 26 años. Comparte piso con dos amigas y le gustaría poder irse a vivir con su pareja, pero por el momento ninguno de los dos puede permitírselo.

Ambos están preparando oposiciones y compatibilizan los estudios con trabajos a tiempo parcial. Claudia trabaja unas 25 horas semanales en una tienda de ropa y completa sus ingresos haciendo horas extras en un establecimiento de hostelería. El resto del tiempo lo dedica a estudiar.

Con esos ingresos puede hacer frente a su parte del alquiler, pero no consigue ahorrar y necesita compartir la vivienda con otras dos personas para asumir los gastos.

Su novio, también opositor, trabaja a media jornada en un laboratorio y continúa viviendo con sus padres. En su caso, quedarse en casa familiar es precisamente la forma de poder guardar parte del dinero que gana mientras estudia.

Los dos quieren irse a vivir juntos en algún momento, pero con los precios actuales y trabajando a media jornada mientras preparan las oposiciones ven complicado dar ese paso.

Trabajar ya no siempre basta para independizarse

Las historias de Judit y Claudia son diferentes, pero confluyen en una misma dificultad: tener un trabajo no garantiza necesariamente poder abandonar la casa familiar o acceder a una vivienda sin compartir gastos.

Judit rechaza además uno de los reproches que asegura escuchar con frecuencia sobre su generación: que los jóvenes prefieren viajar o disfrutar antes que ahorrar para una vivienda.

"O me amargo ahorrando, o lo aprovecho y me voy de viaje", señala. Y pone el foco precisamente en el dinero destinado cada mes a la vivienda: "Lo que pagas de alquiler, la mitad es lo que tendría que servirte para ahorrar, pero ya lo das en el alquiler. Entonces, lo que te queda, por lo menos lo aprovecho para vivir si puedo".

También observa una enorme distancia respecto a la situación que vivieron generaciones anteriores. A edades similares, muchos padres ya habían abandonado la vivienda familiar y construido una vida independiente. Para ella, la realidad actual es distinta.

A sus 28 años, tiene claro que marcharse de casa debería significar poder construir una vida propia y no vivir permanentemente pendiente de llegar a final de mes. "Si quieres salir de la casa de tus padres, es para salir bien, no para vivir angustiada".

Una frase que resume el dilema al que se enfrentan muchos jóvenes: quieren independizarse, pero conseguir que las cuentas salgan se ha convertido en una de las principales barreras para hacerlo.