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La sociedad digitalizada y el progreso tecnológico acaban poco a poco con las costumbres más ancestrales, con los hábitos de siempre. Como la entrega de monedas o billetes para abonar un servicio o una operación comercial. Lo vemos a diario: la tarjeta de crédito o el teléfono móvil se sacan del bolsillo para pagar una prenda de ropa, una barra de pan o un café.

Aldeas y pueblos aún manejan metal y papel para alimentar el comercio entre sus vecinos, en compras menores o de valor mayor, lo que no impide recurrir a los avances de la tecnología. En las ciudades se impone el pago digital para casi todo, hasta en algunas panaderías o ultramarinos antiguos o pequeños.

Lo raro es llegar a un establecimiento y encontrarse con que el dueño o los empleados le digan a uno que ahí no aceptan tarjeta o móvil. Estas excepciones las hay.

En las cafeterías Sheraton, en la Marina, y La Morera, en Cuatro Caminos, se paga con cash. Dolores Vázquez Mato, con casi medio siglo al frente del céntrico negocio, avisa a los clientes, muchos de ellos turistas y cruceristas, antes de atenderles. En el bar de Andrés Lamas Casal sus habituales consumidores están más que enterados.

Cafetería Sheraton en la Marina, primera por la derecha con toldo. Quincemil

"Yo me niego a cobrar con tarjeta, para mí es un lío. Si estoy yo sola se me paga en efectivo. Aviso antes de servir y no hay problema". Dice Dolores que hay clientes que al saber cómo han de abonar se marchan, se acercan al cajero más cercano a sacar dinero o "pagan en otra ocasión". "La gente es buena, luego u otro día vienen a pagar".

Sin embargo, el negocio no se está cerrando por completo a aceptar el dinero invisible. Desde hace un mes, y cuando en la cafetería sirven otras personas, como el hijo de Dolores o una empleada, hay TPV (terminal punto de venta), ya se acepta el cobro con tarjeta. "Yo no", insiste la dueña, "como tampoco acepto que se me paguen por separado las consumiciones de la misma mesa. Todo junto".

En La Morera la tarjeta se admitió hasta hace "unos cuatro años". "Me cansé de tener que pagar un porcentaje al banco y otro a Hacienda. Para un café, un refresco, una tapa o una copa, que se pague en efectivo", proclama Andrés.

"Si un día no pagas, no pasa nada. O dejas a fiar", defiende este veterano hostelero de 70 años que se puso tras una barra de bar con 17 y durante mucho tiempo fue el responsable del desaparecido café Remanso, justo frente a su negocio.

Un vino a 90 céntimos, un pincho a 40

“¿Cómo voy a admitir un pago con tarjeta para una cunca de vino a 90 céntimos o un pincho a 40? Por eso no aceptamos tarjeta, nunca. Aquí no tenemos cocina”.

El lugar es el bar Sanín, una tasca de toda la vida en la calle Orzán. Su dueña, Teresa Mosquera, tampoco es muy amiga de la tecnología: "No somos la única taberna en aceptar solo efectivo. Si te tomas tres vinos no son ni tres euros, ¿para qué andar con tarjeta? A mí no me gusta estar todo el rato con las máquinas ni tener que pagar más al banco", justifica también la hostelera.

El quiosco, el taller

No solo hay hosteleros reacios al datáfono. El quiosco del número 73 de la calle Juan Flórez es analógico. “Por la comisión que tengo que pagar al banco y el escaso margen que le saco a lo que vendo, nunca me he planteado el pago con tarjeta”, explica su dueña, Liliana Hernández Escrivá.

"Para una revista, el periódico o unos chicles no se usa la tarjeta o el móvil. Si alguien no tiene suelto va al cajero de enfrente. Lo que puedo perder por no cobrar algo con TPV lo compenso con otras cosas que vendo", comenta.

Cartel con la indicación de que solo se admiten pagos en efectivo en el bar Sanín de A Coruña. Quincemil

Marcos, responsable de la peluquería Gentlemen’s Row, en Médico Durán, lleva un año admitiendo los pagos con tarjeta, pero desde que había abierto dos años antes solo aceptaba en efectivo. "Haces cuentas y ves lo que gastas por tener este servicio y crees que no te compensa. Ahora digamos que he llegado a un acuerdo con el banco". Otro negocio del sector, muy próximo, no quiere saber nada de las tarjetas.

Más tiempo ha estado (y sigue) sin pagos digitales Antonio Suárez Pose, propietario desde hace más de 40 años de un taller mecánico y garaje de lavado en la calle Inés de Castro. "Hasta hace ocho años los permitía, pero no me organizaba con los pagos y las facturas y vi que me daba más gastos y no me compensaba".

Dice Suárez que algunos de sus servicios de reparación pueden ser caros como para ser pagados en efectivo al momento, pero no le han supuesto "ninguna molestia" en los clientes: "Los de confianza pagan en otro momento y los menos habituales van a sacar dinero al banco o les aviso".

Si alguien se queda sin monedas para pagar lo que compra, tener a mano una tarjeta de crédito le salva del apuro. Pero llevar unos euros en metal o papel en el bolsillo nunca está de más.