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Son las cuatro de la madrugada y en A Coruña apenas circulan coches. La ciudad duerme. Las terrazas están recogidas, los semáforos alternan sus luces en calles casi desiertas y solo algún taxi rompe el silencio. Sin embargo, la lonja ya lleva horas despierta.

El ruido de las carretillas sustituye al de los coches. Las cajas de pescado se amontonan sobre el suelo húmedo mientras las lanchas descargan la mercancía recién llegada del mar. Pulpos, merluzas, rapes, centollas, percebes, jureles, lirios, caballas, bonitos o sardinas esperan su turno para salir a subasta. Todo ocurre a un ritmo frenético, perfectamente coordinado y casi invisible para la inmensa mayoría de los coruñeses.

Quincemil ha pasado una madrugada entre marineros, compradores, subastadores, vendedores ambulantes, carretilleros y trabajadores del hielo para descubrir cómo es ese trabajo silencioso que empieza cuando el resto de la ciudad duerme y que hace posible que, apenas unas horas después, el pescado llegue fresco a pescaderías, mercados y restaurantes.

Compradores, subastadores y vendedores ambulantes comenzando la jornada en la lonja de A Coruña Lara Fontela

La madrugada comienza mucho antes de que llegue el pescado

Aunque la imagen más conocida de la lonja es la de las subastas, la actividad comienza varias horas antes. Poco después de las dos de la madrugada empiezan a llegar los primeros compradores. Algunos vienen desde Ferrol, otros desde Laracha, Cariño o distintos puntos de Galicia. Todos tienen algo en común: el despertador suena cuando la mayoría todavía está profundamente dormida.

Uno de ellos es Manuel Fontela, vendedor ambulante de Peixes Fontela, que sale cada madrugada desde Cariño. "Me levanto a la 1:15 de la mañana. Tomo un café tranquilamente y sobre la 1:40 arranco hacia A Coruña. Cuando llego, lo primero que hago es tomar otro café con varios compañeros antes de empezar a trabajar, es necesario", cuenta.

Antes incluso de entrar en la lonja ya empieza parte del trabajo. Los grupos de WhatsApp no dejan de sonar. Los vendedores reciben información sobre el pescado que llegará esa mañana, comparan precios y revisan los pedidos que ya tienen encargados. "Empiezan a llegar los mensajes con los precios del pescado que va a haber y lo que va a entrar. Después ya vamos mirando los pedidos que tenemos, comparamos precios y vemos qué necesitamos comprar", explica.

También Vanesa Regueira, de Pescados Vanesa, lleva varias horas despierta. Sale desde Laracha poco después de las dos de la madrugada para llegar a la lonja alrededor de las tres. "Intento comprar lo antes posible porque entre volver para casa y preparar todo para la venta me hace falta el tiempo. A las ocho ya estoy repartiendo. Mis clientes madrugan", explica.

Su jornada no termina cuando abandona la lonja. Ahí solo acaba la primera parte del día.

Vanesa Regueira, de Pescados Vanesa Lara Fontela

Del barco a la lonja en cuestión de minutos

A las 4 de la mañana, mientras compradores y vendedores inspeccionan el género, una lancha de bajura entra en el puerto. Todavía no ha amanecido. A bordo viaja José Tajes Fuentes. Acaba de regresar tras pasar la tarde y media noche faenando. "Salimos a las cinco de la tarde y llegamos ahora, sobre las cuatro de la mañana", explica mientras empiezan a descargar las cajas.

No hay tiempo para descansar. Primero limpian las redes y después descargan el pescado y lo pesan. Finalmente, lo dejan listo para la venta. "Hoy largamos las redes dos horas antes de que saliera el sol. Ahora acabamos de llegar y vamos a pesar el pescado para ponerlo a la venta", resume.

En apenas unos minutos, el pescado pasa del barco al muelle y del muelle a la lonja. Allí empieza otro trabajo igual de importante. Las cajas se distribuyen por especies, se revisa la calidad, se pesa cada lote y se deja listo para vender.

En las instalaciones también hay varios viveros de marisco vivo, como el de la empresa Marenor, donde se conservan especies como bueyes de mar, cigalas, nécoras, centollos o bogavantes.

Mientras unos descargan el pescado y otros preparan las cajas para la venta, los subastadores comienzan otra tarea imprescindible. Miguel Ángel Pradera Iglesias, de Subastas Coruña, llega cada día a la lonja a las dos de la madrugada para recepcionar la mercancía, comprobar que coincide con los albaranes y revisar su calidad. Solo cuando el pescado está en condiciones de salir a la venta se fija el precio de salida de cada lote. "Si el producto no es apto, se retira; si está en buen estado, se vende, resume quien lleva 37 años trabajando en la lonja.

Lancha de bajura descargando en la lonja de A Coruña Lara Fontela

Una maquinaria donde nadie deja de moverse

Cuando el reloj se acerca a las cinco de la madrugada la lonja ya parece una ciudad en miniatura. Las carretillas cruzan los pasillos cargadas de cajas. Los compradores inspeccionan el género y los vendedores preparan los puestos. Y los subastadores revisan una última vez toda la mercancía.

En los puestos de segunda venta el trabajo tampoco se detiene. Buena parte del pescado ya tiene comprador incluso antes de que empiece la subasta. Es el caso de Saúl Couto, de ZasMar. "Yo llego sobre las tres y media, pero desde las tres ya estoy mandando WhatsApps y recibiendo llamadas. Mucho pescado ya se vende por WhatsApp a clientes habituales. Les mando los precios y ellos me hacen los encargos", explica.

Lleva treinta años trabajando en la lonja. "Tengo 46 años... no soy tan viejo", bromea.

Muy cerca, en Mariscos Malliño, el marisco ya espera perfectamente colocado. "Llegamos alrededor de las tres de la mañana. Montamos el puesto y dejamos todo preparado para que el comprador pueda verlo y escogerlo. Después todavía queda volver a la empresa y cuadrar todas las ventas", explican.

La sirena marca el inicio de las subastas

Son las seis en punto y acaba de sonar la sirena. El ambiente cambia por completo. Primero se subastan el percebe y el resto del marisco. Al mismo tiempo comienza también la subasta del pescado de bajura, aquel capturado cerca de la costa por pequeñas embarcaciones.

A las 6:15 llega el turno de la merluza de costa. Y a las 6:30 empieza la subasta del arrastre del litoral, donde salen a la venta meigas, pescadilla, rape o sanmartiños.

Todo sucede a una velocidad vertiginosa. Las voces se mezclan y los compradores apenas tienen unos segundos para decidir. Los lotes desaparecen uno tras otro. "La subasta del marisco suele ser un poco más lenta que la del pescado. El pescado va mucho más rápido", explica Marcos Garea de la casa subastadora Sonia Ventas, que esa mañana se encarga de cantar el percebe.

Para José Ramón Fernández, también subastador de Sonia Ventas, el momento tiene poco misterio."Cuando toca la sirena empezamos y ya no paramos", resume.

Quien lo ve por primera vez apenas entiende las cifras, los gestos o las palabras. Para quienes llevan toda una vida allí, todo forma parte de un lenguaje aprendido después de miles de madrugadas.

El pescado ya colocado para que la subasta pueda comenzar.jpeg Lara Fontela

El compañerismo también cotiza al alza

Cuando termina la subasta empieza otra jornada. Las placeras cargan el mejor género para abrir sus puestos. Los vendedores ambulantes preparan las furgonetas para recorrer decenas de kilómetros. Otros ponen rumbo a restaurantes, a pescaderías o a pequeños comercios.

Montse, placera del mercado de As Conchiñas, lleva más de treinta años haciendo exactamente lo mismo. "Venimos temprano, escogemos el mejor pescadito para nuestras clientas y después nos vamos a la plaza a vender", cuenta.

Vanesa también pone rumbo a las aldeas. Pero asegura que muchas veces su trabajo va mucho más allá de vender pescado. Es la tercera generación de una familia dedicada al oficio. Su madre y su abuela ya recorrían los pueblos con la cesta sobre la cabeza. "Mis clientes tienen entre 80 y 96 años. Además de venderles pescado, muchas veces también les hago compañía", explica.

Aunque todos compiten por vender, habla del compañerismo que existe entre quienes comparten madrugadas. "Aquí somos todos compañeros. Si alguien necesita ayuda, siempre aparece alguien dispuesto a echar una mano", añade Vanesa.

Pedro Martínez todavía tiene por delante otra larga jornada. "Nos levantamos a las 3:45. Compramos hielo, intentamos comprar pulpo y después empieza otra lucha: venderlo todo. No termino hasta las tres de la tarde", explica.

Una lonja que ha cambiado con el paso de los años

Los más veteranos coinciden en que la lonja de hoy poco tiene que ver con la que conocieron cuando empezaron. Marcelino Illanes, propietario de Pescados Illanes, lleva cuatro décadas entrando de madrugada por las puertas del puerto.

Su despertador suena a las tres y media. Antes incluso de llegar ya consulta la previsión del pescado que entrará esa mañana. "Desde las cuatro y media empezamos a vender pescado y, cuando llegan las subastas, vamos cantando las distintas ventas dependiendo del tipo de barco: bajura, pincho del día o arrastre", explica.

Pero el mayor cambio, asegura, está en la cantidad de pescado que llega cada jornada. "Antes entraba en un solo día el pescado que ahora entra en una semana. La diferencia es enorme", recuerda.

Un momento de la subasta en la lonja de A Coruña Lara Fontela

Cuando la lonja se vacía, la ciudad empieza a despertar

Poco después de las siete de la mañana la lonja comienza a recuperar el silencio. Las cajas desaparecen. Las furgonetas abandonan el puerto cargadas de pescado rumbo a mercados, pescaderías, restaurantes y aldeas de toda Galicia.

A esa misma hora, a miles de coruñeses empiezan a sonar el despertador. Para quienes trabajan aquí, en cambio, la jornada ya lleva muchas horas en marcha.

Detrás de cada merluza, de cada pulpo, de cada percebe o de cada sardina hay una cadena de personas que rara vez ocupa titulares. Marineros que regresan del mar cuando todavía es de noche. Subastadores que venden un lote en cuestión de segundos. Carretilleros que recorren kilómetros empujando cajas. Trabajadores que preparan el hielo. Placeras que escogen el mejor género. Vendedores ambulantes que todavía pasarán horas recorriendo carreteras para llevar pescado fresco a quienes no tienen una pescadería cerca.

A pocos metros continúa cargando cajas Manuel Fontela, vendedor ambulante de Peixes Fontela. Primero fue marinero y, desde hace muchos años, recorre aldeas vendiendo pescado fresco puerta a puerta. Su jornada empieza a la 1:15 de la madrugada y no termina cuando abandona la lonja.

"Sobre las ocho y media empiezo la ruta y vuelvo a casa alrededor de las dos de la tarde. Pero el trabajo no acaba ahí. Hay que hacer pedidos, facturación, limpiar la furgoneta… Cuando eres autónomo, el trabajo nunca termina", concluye.