La historia de Bernardo Romay no es solo la de un deportista, es la crónica de un hombre que convirtió su pasión en proyecto vital, enseñando a generaciones de niños, jóvenes y adultos a superar límites, a luchar, a levantarse y a ser mejores, tanto dentro como fuera del tatami.
Su nombre está ligado al nacimiento y consolidación del judo gallego de competición, a la expansión de escuelas en colegios y clubes, y a la creación de una metodología que combina artes marciales, defensa personal y desarrollo personal.
Bernardo recuerda sus primeros pasos en el deporte con una sonrisa que mezcla nostalgia y orgullo. "En mi zona ya practicaba judo, pero todo empezó de verdad cuando llegué al servicio militar", cuenta en conversación con Quincemil.
Durante su instrucción, el sargento encargado de deportes resultó ser profesor de judo, y aquel encuentro cambió el rumbo de su vida. "Le preguntó quién jugaba al fútbol en primera división. Nadie. Entonces ofreció hacer pruebas para el Racing de Ferrol a los que jugaran al fútbol. Y, a partir de ahí, todo empezó a encajar", rememora.
La disciplina militar y la práctica deportiva se entrelazaron, y Bernardo pronto se convirtió en un referente, pasando de campeón gallego a estrella emergente en competiciones nacionales.
El joven Romay vivió una experiencia singular: destinado como enfermero en un hospital militar para poder entrenar y participar en cursos de defensa personal para oficiales, disfrutaba de un horario que le permitía dedicar la mañana a la consulta y el resto del día al judo.
"No mando a un monitor para que entretenga a los niños, mando a un monitor para que enseñe judo y defensa personal"
"Era un sueño. Solo me dedicaba a entrenar", asegura. En ese entorno descubrió que la pasión por el deporte no era solo competir, sino enseñar, compartir y crear un proyecto que perdurase más allá de uno mismo.
Su salto a la competición nacional llegó rápido. "Fui campeón de España militar de mi peso y de todas las categorías. Esa fue la puerta para que me buscaran un trabajo en Ferrol, en Astano, y continuar con mi formación mientras trabajaba como delineante", relata. La vida le enseñó que el esfuerzo y la disciplina constante traen oportunidades, y que cada paso, por pequeño que parezca, es parte de un camino más grande.
El regreso a A Coruña
Fue en A Coruña donde Romay consolidó su proyecto: la creación del Judo Club Coruña, un espacio que nació de la combinación de clubes escolares y gimnasios, de su conocimiento técnico y de su capacidad para organizar, enseñar y motivar.
Desde el principio, su visión fue clara: "No mando a un monitor para que entretenga a los niños, mando a un monitor para que enseñe judo y defensa personal". Para Bernardo, la enseñanza deportiva debía ir más allá de la técnica: era también formación psicológica, desarrollo de la resiliencia y aprendizaje de la vida.
Su metodología incorporaba judo, Karate, Aikido y Jiu-Jitsu. Cada disciplina aportaba algo diferente: el Karate la potencia de ataque, el Judo el cuerpo a cuerpo y las proyecciones, el Aikido la fluidez de movimientos y control del adversario, y el Jiu-Jitsu la síntesis de todas ellas.
"Queremos que todos tengan la misma calidad, sea un colegio privado o público, porque la formación es un derecho, no un privilegio"
"Si mezclas todo eso bien, obtienes un arte marcial completo", dice con convicción. Para él, la verdadera fuerza de un practicante no está solo en la técnica, sino en la capacidad de levantarse después de cada caída, de entrenar con disciplina y de enfrentarse a la adversidad con determinación.
El Judo Club Coruña no tardó en convertirse en un referente. Desde los primeros alumnos en Maristas y Dominicos hasta la expansión a colegios como Esclavas, Salesianos, Cristo Rey, Labaca y Concepción Arenal, el proyecto creció con una filosofía clara: formación de calidad sin importar el contexto.
Cada escuela seguía los mismos estándares técnicos y pedagógicos, garantizando que la enseñanza fuese uniforme y rigurosa. "Queremos que todos tengan la misma calidad, sea un colegio privado o público, porque la formación es un derecho, no un privilegio", afirma Romay.
El impacto de su trabajo se refleja en los resultados: campeonatos gallegos, nacionales e incluso medallas internacionales. "Tuvimos clasificados para la Olimpiada: Vitorino González, Roberto Naveira, Luis Ángel Otero… y medallistas nacionales como Alex Sanmartín, tercero del mundo en París. Fue un despegue espectacular del judo en Galicia", recuerda Bernardo. Y no solo en la competición; su labor educativa ha permitido que miles de jóvenes aprendan disciplina, constancia y autocontrol.
La enseñanza del judo, según Romay, es inseparable de la enseñanza de la vida. Cada golpe, cada caída, cada llave es también una lección de resiliencia. "Cuando les digo a los niños que aunque se caigan, se levanten, no es una frase vacía. Es la esencia de lo que hacemos: no rendirse, corregir errores y seguir adelante. Esa es la verdadera invencibilidad", asegura. Para él, los campeones no son solo quienes suben al podio, sino quienes aprenden a manejar la presión, la frustración y el esfuerzo diario.
La clave: la familia
El trabajo de Romay no habría sido posible sin la implicación de su familia. Su esposa llevó la administración del club, sus hijas aprendieron judo y colaboraron como instructoras, y sus yernos se integraron en proyectos deportivos. "Mi familia me ha acompañado en todo momento. Gracias a ellos pude dedicarme plenamente a enseñar y entrenar", subraya. La vida de Romay es, en gran medida, un proyecto colectivo, un esfuerzo compartido donde cada miembro ha aportado su talento y dedicación.
"Cuando les digo a los niños que aunque se caigan, se levanten, no es una frase vacía. Es la esencia de lo que hacemos: no rendirse, corregir errores y seguir adelante. Esa es la verdadera invencibilidad"
La dedicación de Bernardo Romay no es solo técnica, sino también familiar y comunitaria. Su esposa, hijas, yernos y nietos participan activamente en el club y en las actividades deportivas, creando un entorno de aprendizaje, apoyo y convivencia.
"Mi familia me ha permitido dar lo mejor de mí cada día. Todo lo que somos y hemos logrado es fruto del esfuerzo conjunto", afirma. Su experiencia demuestra que la pasión por el deporte, la enseñanza y la vida se multiplican cuando se comparte con quienes te acompañan.
El trabajo con los cuerpos de seguridad
Además, Bernardo ha trabajado con cuerpos especiales de seguridad, como la Guardia Civil y Vigilancia Aduanera, formando a agentes en defensa personal y artes marciales. Durante diez años entrenó a grupos especiales, asegurándose de que estuvieran preparados para intervenciones complejas.
"Entrenaban en un gimnasio conmigo, aprendiendo técnicas y estrategias que luego aplicarían en su trabajo. Fue una experiencia enriquecedora para todos", recuerda.
La disciplina, la concentración y la precisión que exige el judo se traducen así en habilidades útiles fuera del tatami, en situaciones de riesgo real.
El día a día marca la exigencia
El día a día en su gimnasio es exigente y meticuloso. Bernardo organiza clases desde primera hora de la mañana hasta entrada la noche, combinando judo, Jiu-Jitsu, defensa personal, preparación física y competiciones. Cada alumno recibe atención personalizada: "Si alguien se lesiona, le adaptamos el entrenamiento. No es cuestión de exigir por exigir, sino de enseñar y mejorar con seguridad". Su enfoque pedagógico combina rigor técnico, estrategia y desarrollo emocional, creando un ambiente donde la disciplina y la motivación conviven con la confianza y el respeto.
La enseñanza de Bernardo se centra también en la continuidad y la progresión. Cada movimiento, cada técnica, cada lección está ligada a la siguiente. "Todo lo que no tenga continuidad no tiene progreso. Enseñamos un gesto, luego otro, y luego combinamos todos. Es así como los alumnos aprenden de verdad", explica. La filosofía del club se basa en preparar a los estudiantes para cualquier desafío, dentro y fuera de la competición, y en cultivar valores como la paciencia, la constancia y la resiliencia.
Romay ha sido testigo de cómo sus alumnos crecen y se convierten en referentes. Algunos, como Fernando Ulloa, llevan más de 45 años vinculados al judo, otros combinan carreras profesionales con entrenamiento, y muchos han continuado la tradición familiar, enseñando a nuevas generaciones.
"Todo lo que no tenga continuidad no tiene progreso. Enseñamos un gesto, luego otro, y luego combinamos todos. Es así como los alumnos aprenden de verdad"
"Es muy gratificante ver que aquello que empezamos con ilusión se ha convertido en un legado que perdura", afirma. Cada medalla, cada campeonato y cada cinturón negro conseguido son reflejo de un trabajo conjunto entre instructor y alumno, donde el esfuerzo, la técnica y la estrategia se encuentran con la pasión y la dedicación.
El enfoque de Romay integra también la defensa personal y la psicología aplicada. Cada lección se diseña para enseñar a reaccionar ante situaciones reales: anticiparse a un ataque, mantener la calma bajo presión y resolver problemas en condiciones de estrés.
"Utilizamos la defensa personal como herramienta pedagógica, y el judo como base técnica. Así los alumnos aprenden a moverse, reaccionar y protegerse", explica. La práctica constante de estas técnicas desarrolla reflejos, confianza y seguridad en sí mismos, habilidades que se aplican tanto en la vida cotidiana como en la competición.
El legado de Bernardo Romay ha transformado la práctica del judo en Galicia. Desde los primeros clubes escolares hasta los equipos de competición, pasando por la formación de cuerpos especiales, su metodología y filosofía han dejado huella en miles de personas. La ciudad de A Coruña, junto con Ferrol y otras localidades gallegas, se han convertido en referentes de calidad y excelencia en la enseñanza de judo y artes marciales.
Para Bernardo, cada día es una oportunidad para enseñar, aprender y compartir. Su rutina incluye clases matutinas de defensa personal, sesiones de entrenamiento técnico y táctico, preparación física, seguimiento de competiciones y organización de actividades para sus alumnos.
"El gimnasio no para. Siempre hay alguien entrenando, siempre hay trabajo por hacer. Esa es la vida que elegí y la que me hace feliz", dice con la satisfacción de quien ha encontrado su propósito.
La importancia de la resiliencia y la constancia
Romay también reflexiona sobre la importancia de la resiliencia y la constancia: "Para ser invencible no basta con ganar; hay que aprender a levantarse después de cada caída. Si pierdes, vuelves a entrenar al día siguiente. Esa es la verdadera invencibilidad". Sus palabras reflejan no solo un método de enseñanza, sino un enfoque de vida que ha guiado a generaciones de deportistas y ciudadanos.
"Utilizamos la defensa personal como herramienta pedagógica, y el judo como base técnica. Así los alumnos aprenden a moverse, reaccionar y protegerse"
A lo largo de más de cinco décadas, Bernardo Romay ha construido algo más que un club: ha creado una comunidad, un legado y una filosofía. Desde los campeonatos locales hasta la formación de campeones nacionales e internacionales, su trabajo ha llevado el judo gallego a lo más alto. La combinación de disciplina, técnica, pedagogía y humanidad ha marcado a todos aquellos que han pasado por sus clases.
Hoy, con más de 70 años, Bernardo sigue entrenando, enseñando y compartiendo su experiencia. Sus alumnos incluyen desde jóvenes que empiezan en el judo hasta adultos mayores que buscan mantenerse activos y aprender defensa personal. Cada día, su gimnasio es un reflejo de su vida: movimiento constante, aprendizaje continuo y un compromiso con la excelencia.
Para él, la enseñanza no tiene fin, y cada día es una oportunidad para transmitir conocimientos, corregir errores y fomentar la resiliencia. La pasión por el judo, la defensa personal y la formación de personas completas sigue siendo su motor. "Mientras pueda enseñar, entrenar y compartir, seguiré adelante. Esa es mi vida, y no la cambiaría por nada", concluye.
