El 14 de agosto de 2026, el Boletín Oficial del Estado publicó una resolución que declaraba oficialmente Lugar de Memoria Democrática a un edificio de la parroquia de Meirás, en el municipio coruñés de Sada. Con ese documento se cerraba, en cierto modo, uno de los litigios más largos y sonados de la historia reciente de España, el de un pazo gallego que durante casi 80 años estuvo en manos de la familia de un dictador y que solo hace unos años volvió a ser público. Pero aquellas torres que hoy son símbolo de la memoria democrática no las levantó un militar, ni siquiera un político. Las construyó, piedra a piedra y con el dinero de sus libros, una mujer que fue la mayor escritora que ha dado Galicia, para reivindicarse a sí misma en un mundo de hombres. Se llamaba Emilia Pardo Bazán, y aquella casa fue su reino antes de ser el botín de Franco.
Extracto del Boletín Oficial del Estado.
Antes de que existieran las torres de Meirás, en aquel lugar había una granja que la familia Pardo Bazán poseía desde hacía tiempo y que había llegado a ser incendiada durante la Guerra de la Independencia, en 1809, por las tropas francesas. Fue el bisabuelo de la escritora quien la reconstruyó, despojándola de los escudos y las señales de nobleza de su fachada y dejándola como lo que era, una simple granja.
En aquella modesta casa pasó Emilia Pardo Bazán buena parte de su vida y escribió una parte importante de su obra. Ella misma la llamó siempre, con cariño, la Granja de Meirás.
Actual granja de Meirás.
Emilia había nacido en A Coruña en 1851, en una familia de la nobleza con una mentalidad insólita para la época, ya que la animaron a estudiar, la educaron de forma liberal y llegó a hablar inglés, francés, alemán e italiano.
Con solo 16 años, en julio de 1868, se casó en la capilla de Meirás con José Quiroga, un joven de familia hidalga que estudiaba Derecho y con el que tuvo tres hijos: Jaime, Blanca y Carmen.
Jaime, uno de sus hijos.
Pero el matrimonio se rompió por culpa de la literatura. En 1883, Emilia publicó “La cuestión palpitante”, un ensayo sobre el naturalismo que causó un escándalo nunca vista en la España de la época. Su marido le pidió que dejara de escribir, pero ella se negó. Eligió las letras y, aunque se separaron y ya no volvieron a vivir juntos, siempre mantuvieron un gran afecto hasta la muerte de José.
José Quiroga, marido de Emilia.
Emilia era reconocida como una de las mejores escritoras del país y con el dinero de sus libros y las rentas de su familia, decidió en 1893 cumplir el sueño de transformar aquella granja de Sada en algo a su medida.
No quería hacer una simple reforma, sino un edificio nuevo y monumental, unas torres que dignificaran su linaje y proclamaran su valía como mujer independiente en un tiempo en el que aquel derecho se le negaba por decreto.
Emilia Pardo Bazán en 1885.
La obra se prolongó hasta 1910, dirigida por ella, pero también por su madre, Amalia de la Rúa-Figueroa. Madre e hija levantaron un edificio pensado por y para la mujer, un conjunto de más de 2.000 metros cuadrados articulado en torno a dos torres de granito, de aspecto neomedieval, sobre las ruinas de una antigua fortificación que la familia poseía en esas tierras.
Emilia y su madre en 1863.
Emilia bautizó cada torre. A la más baja, donde colocó la heráldica de su familia, la llamó la Torre de Poniente. A la más alta, construida enteramente para ella, la llamó la Torre de la Quimera. Y en lo alto, su lugar sagrado, una biblioteca con un balcón al que puso el nombre de Balcón de las Musas, desde donde le gustaba mirar el paisaje para inspirarse.
Torre de Poniente.
Su rutina de trabajo era la de una “atleta” de la escritura. Se levantaba a las cuatro y media de la mañana. Bajaba al jardín a dar un paseo y, a las cinco en punto, ya estaba en su biblioteca trabajando.
Torre de la Quimera y Balcón de las Musas.
Dedicaba toda la mañana a escribir, pero reservaba la tarde para la vida social, porque las Torres de Meirás se convirtieron en un destino literario de primer orden por donde pasaron escritores, periodistas y nobles, en tertulias que hicieron del pazo un centro cultural de la Galicia de su tiempo. Su obsesión por la cultura fue tal que llegó a tener hasta cuatro bibliotecas repartidas por la casa.
Parte del camino que Emilia realizaba todas las mañanas.
Emilia Pardo Bazán murió en 1921 y su muerte trajo consecuencias inesperadas para el pazo.
La propiedad pasó a su hijo Jaime Quiroga, pero en agosto de 1936, al estallar la Guerra Civil, Jaime y su propio hijo, fueron asesinados en Madrid por milicianos. La propiedad quedó entonces en manos de la viuda de Jaime, Manuela Esteban-Collantes, y de Blanca, la otra hija de la escritora.
Blanca Quiroga, una de sus hijas.
No lo sabían, pero en pocos años, la casa que Emilia había levantado como templo literario y cultural iba a convertirse en algo muy distinto.
Puertas de entrada al Pazo traídas por Franco del Alcázar de Toledo.
El 3 de marzo de 1938, en plena guerra y con Galicia bajo control del bando sublevado, se constituyó en A Coruña un organismo con un nombre muy revelador, “la Junta Pro Pazo del Caudillo”. La integraban el gobernador civil y varios alcaldes de la provincia, y su objetivo era adquirir una residencia señorial para regalársela al futuro Jefe del Estado, Francisco Franco, como casa de veraneo. Y eligieron las Torres de Meirás.
Marcas de impactos de bala de la Guerra Civil en las puertas del Pazo.
La Junta compró el pazo el 5 de agosto de 1938 a Manuela Esteban-Collantes por más de 400.000 pesetas, unos 5 millones de euros actuales ajustados a la inflación, con todo el mobiliario, el legado de la escritora y unas tres hectáreas de terreno.
Camino interior del Pazo hecho con piedras de la playa de Mera por orden de Franco.
El 5 de diciembre de aquel año se lo entregó formalmente a Franco. El problema, el que estaría en el centro de un pleito 80 años después, es de dónde salió el dinero y para quién se compró el Pazo. La suscripción para pagarlo fue en buena parte forzosa, ya que se impusieron descuentos a funcionarios y aportaciones obligadas a ayuntamientos y particulares. El pueblo coruñés pagó, muchas veces sin opción a negarse, el regalo a Franco.
Lateral del Pazo de Meirás.
Pero, además, hubo una segunda maniobra. En 1941, con la guerra ya ganada, Franco otorgó una nueva escritura, esta vez de compraventa, con la intermediación del empresario Pedro Barrié de la Maza. Aquella escritura no respondía a ninguna compra real, el pazo ya se lo habían regalado tres años antes, servía solo para inscribir la propiedad a su nombre en el Registro de la Propiedad, convirtiendo en bien privado y familiar lo que se le había entregado como jefe del Estado.
Las ventanas de la planta superior pertenecían al despacho privado de Francisco Franco.
Por ese motivo, un tribunal, décadas más tarde, calificaría aquella operación de “ficción” y la declararía fraudulenta.
Así fue como, convertido en residencia estival de la Jefatura del Estado, Meirás funcionó durante casi 40 años como una dependencia oficial más, gestionada y pagada por el Estado igual que el Palacio de El Pardo.
Hall de entrada al Pazo de Meirás.
Franco veraneaba allí y allí montó también un peculiar negocio familiar. En la finca estaba la antigua granja de los Pardo Bazán, en donde había animales que compraba el Estado. El negocio estaba en que la leche y los huevos los vendía Franco a los propios vecinos de Meirás y él se quedaba con el beneficio. Los excedentes, sobre todo los huevos, se llevaban a Madrid y se vendían a precio de oro por ser los huevos de Franco…
Parte de la granja del Pazo.
Y, por supuesto, nadie en aquella España, decía nada ante un negocio tan innecesario por parte de un Jefe del Estado.
Pero lo realmente doloroso para Galicia fue el expolio. Para embellecer Meirás, la familia Franco se dedicó a reunir piezas del patrimonio artístico gallego, muchas veces por métodos que rozaban, o directamente ejercían, la coacción. Y una de las grandes protagonista de aquellas correrías fue Carmen Polo, la esposa de Franco.
Cruceiro en el Pazo con una réplica del Santo dos Croques.
La mecánica siempre era la misma.
Carmen se presentaba en una iglesia o en una casa particular, se encaprichaba de una pieza y pedía que se la regalaran. Si le decían que sí, se la llevaba. Y si le decían que no, la pieza acababa igualmente en Meirás.
Replica de otro cruceiro que los Franco no pudieron “saquear”.
Ocurrió con las pilas bautismales de la iglesia de San Xián de Moraime, en Muxía. El cura se negó a entregarlas, pero al día siguiente se presentó un camión del ejército y se llevó las dos pilas centenarias que acabaron siendo usadas como macetero en los jardines del pazo. El párroco de Moraime, al que muchos criticaron entonces por no impedirlo, tuvo la precaución de acudir años después a un notario para certificar que Carmen Polo se había llevado las pilas, un documento que resultaría clave cuando Meirás volvió a abrirse de nuevo.
Una de las pilas de Muxía.
Pero el caso de Moraime no fue único. Otras piezas llegaron de distintos puntos de Galicia, y no todas las iglesias tuvieron la misma suerte. Algunas parroquias consiguieron al menos que les hicieran una réplica de lo que perdían, como ocurrió con una pila de Noia. Buena parte de aquel patrimonio expoliado seguía en el pazo cuando este volvió a manos públicas, y varias piezas han podido regresar a sus lugares de origen.
Otra de las pilas de Muxía.
Franco murió en 1975, y el pazo pasó a su hija, Carmen Franco. Tres años después, en 1978, Meirás sufrió un incendio. La versión oficial habló de un cortocircuito, pese a que la luz estaba cortada. Curiosamente, a los pocos días de aquel incendio, un anticuario de París vendió obras de arte que habían estado en el interior del pazo. Las sombras sobre lo que allí ocurrió nunca se despejaron del todo.
Lateral del Pazo con la capilla.
Los años fueron pasando y, durante décadas, la familia Franco disfrutó de Meirás como una finca privada más de su patrimonio, hasta que la sociedad gallega, los historiadores y los descendientes de los represaliados empezaron a hacer preguntas y a exigir cuentas.
Lateral del Pazo.
La clave la aportó la aparición de un documento que se creía perdido, la escritura de 1938 por la que la Junta Pro Pazo había comprado el edificio a las herederas de Pardo Bazán. Ese papel demostraba que la escritura de Franco de 1941 era un fraude, porque el pazo ya había sido adquirido y entregado años antes al Jefe del Estado.
Pazo de Meirás.
Así que, en julio de 2019, la Abogacía del Estado presentó una demanda para recuperarlo. El 2 de septiembre de 2020, un juzgado de A Coruña declaró que el Pazo de Meirás era propiedad del Estado, anuló la donación a Franco y calificó de mala fe la maniobra de 1941. La familia recurrió, pero perdió en todas las instancias, respaldada la reclamación por los ayuntamientos de A Coruña y Sada, la Diputación de A Coruña y la Xunta de Galicia.
Una de las muchas fuentes distribuidas por toda la finca.
De esta manera, el 10 de diciembre de 2020, tras más de ocho décadas, el pazo dejó de pertenecer a los Franco y volvió al patrimonio público. En marzo de 2026, el Tribunal Supremo confirmó la sentencia de forma definitiva, cerrando cualquier posibilidad de recurso, aunque todavía existen litigios sobre la propiedad de algunos artículos que aun se encuentran en su interior.
Trofeo de caza en el interior del Pazo.
Curiosamente, hay un objeto en Meirás que sigue esperando su desenlace.
En la capilla del pazo hay un sarcófago de granito labrado que la propia Emilia Pardo Bazán mandó preparar para ser enterrada allí, en la casa que había construido para sí misma. Pero nadie cumplió su deseo. La escritora está enterrada en Madrid, en la iglesia de la Concepción de la calle Goya, lejos de sus torres y de su sarcófago, que sigue allí esperándola.
Interior de la capilla.
Hoy, más de un siglo después de que dos mujeres levantaran aquellas torres para reivindicar su sitio en el mundo, y tras décadas de servir de residencia y símbolo a una dictadura, el Pazo de Meirás es de nuevo de todos.
El sarcófago que todavía espera por Emilia
Mi más sincero agradecimiento a Marta Vidal Zapatero, guía oficial del Pazo de Meirás. Sin su colaboración esta Historia de la Historia jamás habría sido posible.
Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros
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Referencias:
Agradecimiento especial para Marta Vidal Zapatero
es.wikipedia.org
elespanol.com/quincemil
boe.es
poderjudicial.es
espanaenlibertad.gob.es
realacademiagalega.gal
lavozdegalicia.es
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