En la década de 1930, en el pequeño pueblo belga de Geel, seguía vigente una tradición, que venía de la Edad Media, según la cual las familias del lugar acogían en sus propias casas a enfermos mentales que vivían con ellos, comían en su mesa y trabajaban en sus campos como uno más. En aquel lugar no había muros, ni celdas, ni cadenas. En una época en que a los locos se los encerraba y se los ataba, aquella idea, que la mejor terapia era vivir en libertad, en comunidad y tratado como una persona y no como un peligro, era revolucionaria. Dos décadas después, aquel modelo belga cruzó Europa y aterrizó en la provincia de Ourense, a ocho kilómetros de la capital. En este lugar, un psiquiatra gallego levantó un hospital sin verjas para tratar a los enfermos con una dignidad que entonces casi no existía en todo el mundo y llegó a ser un referente en todo el continente. Hoy, es un esqueleto de hormigón saqueado por el que se pasean los aficionados a la exploración urbana, los fantasmas, el terror y lo paranormal. Es el Hospital psiquiátrico de Toén.
Monumento que conmemora los 450 años de las Hermanas Agustinas del Hospital de Geel.
En 1929 se puso en marcha un proyecto para construir en aquel monte de la parroquia de Moreiras la Leprosería del Noroeste de España, un centro para aislar a los enfermos de lepra, una de las dolencias más temidas y estigmatizadas de su época. El encargo recayó en el arquitecto Manuel Conde Fidalgo y para levantarlo se buscó a propósito un lugar apartado y lejos de los grandes núcleos de población.
La lógica del aislamiento, de esconder lo que la sociedad no quería ver, era la misma que se aplicaba a los enfermos mentales. Y quizá por eso, cuando los avances en medicina fueron dejando atrás el viejo miedo a la lepra, el destino de aquel edificio acabó cambiando de una enfermedad estigmatizada a otra.
Leprosos recibiendo comida a través de un muro.
El Hospital Psiquiátrico de Toén abrió sus puertas en 1959, en pleno franquismo, y dependía del Patronato Nacional de Asistencia Psiquiátrica. Y lo hizo bajo la dirección de un hombre que iba a convertirlo en algo excepcional, Manuel Cabaleiro Goás.
Cabaleiro había nacido el día de Reyes de 1918 y era ya una de las grandes figuras de la psiquiatría gallega. De joven había militado en las juventudes de la CEDA, la coalición de derechas de la Segunda República, y durante la Guerra Civil combatió en el bando franquista.
Se doctoró en 1953 con una tesis sobre la psiquiatría en la medicina popular gallega y dedicó toda su vida al estudio de la esquizofrenia.
Manuel Cabaleiro Goás.
Pero lo que hizo extraordinario a Cabaleiro, fue lo que aprendió viajando por toda Europa. Entre 1954 y 1961 recorrió los mejores centros psiquiátricos de Francia, Suiza y Alemania. Pasó por el hospital de Sainte-Anne de París, con Jean Delay, uno de los padres de la psicofarmacología moderna y estuvo en Bonneval, con Henri Ey, la mayor autoridad de la psiquiatría francesa del siglo XX, y trajo de vuelta a Galicia las ideas más avanzadas del momento sobre cómo había que tratar a un enfermo mental.
Hospital Sainte-Anne de París.
Esas ideas las aplicó en Toén, y el resultado no se parecía en nada a lo que era un manicomio español de la época.
En la mayor parte del país, los llamados manicomios eran poco más que depósitos de personas. Allí se encerraba a los internos entre muros y rejas, se los ataba o se los sujetaba con camisas de fuerza durante largas temporadas, y se los apartaba de la vista de una sociedad que veía en la locura un motivo de vergüenza o de miedo.
Porque el objetivo de estas instituciones no era curar, sino contener. Además, muchos de aquellos centros estaban masificados, en condiciones de higiene penosas, y el enfermo entraba para no salir.
Inauguración de Toén en agosto de 1959. Cabaleiro es el segundo por la derecha.
Por eso lo que Cabaleiro hizo en Toén fue tan radical y disruptivo, porque aquel psiquiátrico se concibió como una aldea-hospital, inspirada precisamente en el modelo belga de Geel del que os hablé en la introducción. Y esa concepción lo cambiaba todo, porque el enfermo ya no era un preso al que custodiar, sino una persona a la que rehabilitar.
Toén en 1971.
Por eso el hospital no tenía muros exteriores, ni verjas, ni rejas para retener a los internos. La única frontera era la propia soledad del emplazamiento, aquel promontorio de 500 metros de altura rodeado de campo. Cuando algún interno se alejaba, no había alambradas que lo detuvieran, sino que eran los propios vecinos de las aldeas cercanas quienes avisaban al hospital de que alguien andaba por los caminos.
Y aquella ausencia de rejas era toda una declaración de principios. Cabaleiro partía de una idea que hoy parece obvia y que entonces era casi revolucionaria. Decía que encerrar a una persona y tratarla como a un animal peligroso no la curaba, sino que la hundía todavía más. En cambio, si al enfermo se le devolvía cierta autonomía, se le daba un trabajo y se le permitía moverse y relacionarse, tenía más posibilidades de mejorar que atado a una cama.
Fin de jornada en el huerto de Toén.
Él creía que la libertad, dentro de lo posible, formaba parte del tratamiento y de la cura.
Por eso mismo, la vida dentro de Toén giraba en torno a la actividad y la comunidad. Muchos de los internos eran campesinos, así que el trabajo agrícola se convirtió en parte de la terapia. Cultivaban la tierra y cuidaban una granja que llegó a tener 300 cerdos, hasta tal punto que algunos médicos del hospital, que vivían en la ciudad, engordaban allí a sus propios animales.
Pacientes reparando el acceso al psiquiátrico de Toén.
Se organizaban partidos de fútbol contra equipos de Ourense, como el Club Deportivo Ourense y el Atlético Ourense, y venían charangas y orfeones a tocar. También Se hacían representaciones de teatro y era costumbre que las familias de los internos participaran en aquellos actos, en lugar de dejarlos aislados del mundo.
Portada de la revista “Toén de 1979.
Portada de la revista “Toén de 1979. https://udocentepsiquiou.wordpress.com
Cabaleiro llegó a impulsar un centro social, inaugurado en 1976, que incluía biblioteca, sala de conferencias y una sala de exposiciones para mostrar los trabajos de los propios enfermos. El proyecto, que nunca se completó del todo, contemplaba hasta una discoteca. Y todo lo hacía con un solo fin: sacar al enfermo mental del estigma y devolverlo, en la medida de lo posible, a la vida social.
Biblioteca del hospital.
De aquella etapa quedó incluso una huella artística singular, una colección de obras pintadas por los propios enfermos del hospital entre 1959 y 1990, una pinacoteca psiquiátrica que documenta, a través del arte de los internos, cómo se vivía y se sentía dentro de aquellos muros que no existían.
Y si todo esto te parece revolucionario, aún hay más. Porque aquel hospital dirigido por un hombre de pasado franquista se convirtió también en un refugio para gente perseguida por el propio franquismo. En el mundo de la psiquiatría de los años 60 y 70 había muchos profesoinales vinculados a movimientos antifranquistas, y algunos encontraron en Toén un lugar en el que ocultarse. Incluso algunas fuentes afirman que Santiago Lamas, militante del Partido Comunista Gallego, junto a Fernando, el hijo del propio Cabaleiro, llegaron a esconder panfletos de la Unión do Povo Galego.
Celebración de una jornada científica y banquete en el hospital.
Toén alcanzó su cénit en las décadas de los 60 y 70, un periodo en el que llegó a albergar a 350 internos, aunque lo habitual eran entre 150 y 200, y su prestigio traspasó las fronteras. Por sus instalaciones pasaron a formarse psiquiatras gallegos, españoles e hispanoamericanos, atraídos por un método que en aquel rincón de Ourense estaba a la vanguardia de Europa. Durante años, Toén fue sinónimo de la mejor psiquiatría del mundo.
Grupo en la puerta del hospital. Cabaleiro tercero por la derecha.
Además de un buen gestor, Cabaleiro era un investigador extraordinario. Dedicó buena parte de su vida al estudio de la esquizofrenia y dejó una obra científica extensa, con libros como “Temas psiquiátricos” o “Psicosis esquizofrénicas” que se estudiaron dentro y fuera de España y con los cuales buscaba acercar la psiquiatría a la gente de la calle.
Pero a pesar de todo esto, no era perfecto. El tratamiento psiquiátrico de la época, por muy avanzado que fuera el enfoque, tenía grandes limitaciones. Aun así, aquel hospital de Ourense representó lo más parecido a un trato digno que un enfermo mental podía esperar en la España de entonces.
Toén en 1971.
El principio del fin llegó con la muerte de Cabaleiro Goás en 1977, a los 59 años, cuando aún trabajaba a pleno rendimiento. Con él desapareció el alma del proyecto y la marcha posterior de otras figuras de prestigio del equipo aceleró la decadencia. El hospital fue perdiendo peso, personal y sentido a medida que la psiquiatría española cambiaba de modelo y los grandes centros aislados empezaban a ser mal vistos por la sociedad.
Toén en 1970.
Toén fue vaciándose poco a poco hasta que el 16 de enero de 2012 cerró definitivamente sus puertas, a causa del deterioro de unas instalaciones ya inadecuadas para la asistencia moderna.
Los terrenos se devolvieron a los vecinos, que se encontraron con una mole imposible de gestionar sobre sus cabezas y ocurrió algo totalmente previsible. Sin vigilancia ni protección, el edificio quedó a merced de los saqueadores y en pocos años, el que había sido uno de los mayores complejos psiquiátricos del país quedó reducido a un cascarón de hormigón desnudo, pintado de grafitis y cubierto de maleza.
Toén en 2018.
Curiosamente, aquel lugar que nació para devolver la dignidad a quienes la sociedad apartaba se ha convertido en todo lo contrario de lo que fue. Hoy Toén aparece en las webs de turismo parapsicológico y de exploración urbana como "el psiquiátrico abandonado", un destino para grupos de investigación paranormal y cazafantasmas que lo recorren de noche buscando lo macabro.
Toén en 2018.
Este sitio, que se construyó sin muros para que nadie se sintiera preso, es ahora un decorado del terror, visitado por gente que ignora que allí no hubo monstruos, sino médicos que trataron a los enfermos mejor que en casi ningún otro lugar de su época.
Toén en 2018.
La mayoría de quienes suben hoy allí a fotografiar, a explorar las ruinas o a buscar fantasmas no han oído hablar jamás de Manuel Cabaleiro Goás, ni saben que, durante décadas, fue uno de los lugares más humanos de toda la psiquiatría europea...
Toén en 2021.
Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros
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Referencias:
udocentepsiquiou.wordpress.com
psiquifotos.com
diariodeunmedicodeguardia.blogspot.com
es.wikipedia.org
elespanol.com/quincemil
galiciamaxica.eu
historia-hispanica.rah.es
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academia.edu
dialnet.unirioja.es
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psiquiatria.com
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sisosaude.org
xoanarcodavella.com
laopinioncoruna.es
galiciaartabra.es
dbe.rah.es
galiciadigital.com
atlantico.net
