En 1921, en un laboratorio de la Universidad de Toronto, Frederick Banting y Charles Best consiguieron aislar la insulina y salvaron de una muerte segura a millones de diabéticos de todo el mundo. Durante décadas, aquella hormona milagrosa no se fabricó en laboratorios, sino que había que extraerla, gota a gota, del páncreas de animales recién sacrificados. Alguien tenía que conseguir esos páncreas, y en un rincón de Galicia, un grupo de hombres que tenían mataderos y otro grupo de científicos a los que el franquismo acababa de expulsar de sus cátedras, se dieron cuenta de que la respuesta la tenían delante, en las tripas de sus propias vacas. De aquella idea nació en el verano de 1939 una empresa que hoy es líder mundial en algo que entonces sonaba a ciencia ficción, fabricar medicinas contra el cáncer a partir de bichos del fondo del mar. Se llamaba Zeltia.
Frederick Banting y Charles Best.
El 3 de agosto de 1939, apenas cuatro meses después de que terminara la Guerra Civil, varios hombres firmaron ante notario en Porriño, en Pontevedra, el acta de constitución de una nueva sociedad: Zeltia. Eran dos grupos de personas que se necesitaban el uno al otro.
Por un lado, estaban los hermanos José y Antonio Fernández López, hijos de un tratante de ganado de Lugo. Su padre, Antón de Marcos, había levantado un negocio de compraventa de reses que los hijos venían industrializando con mataderos y fábricas de productos cárnicos. Ellos tenían el dinero, las instalaciones y, sobre todo, la materia prima, ya que miles de animales pasaban cada año por sus mataderos.
José Fernández López.
Del otro lado había un puñado de científicos de Vigo que compartían una circunstancia dramática. Los golpistas acababan de ganar la guerra y ellos estaban en el bando perdedor. El más importante era Fernando Calvet i Prats, un investigador de la Universidad de Santiago al que el nuevo régimen había apartado de la docencia por sus ideas políticas. Con él trabajaban otros como Ramón Obella Vidal, nacionalista gallego y creador del primer laboratorio de microbiología de Galicia, el Miguel Servet.
Los científicos sabían cómo extraer y refinar sustancias, pero no tenían dinero ni protección en una España que los miraba con recelo. Los Fernández López tenían el resto, pero necesitaban el conocimiento técnico. Y, además, tenían la voluntad de dar cobijo a aquellos hombres señalados por el franquismo, en un gesto que fue tanto empresarial como político.
Fernando Calvet Prats en los laboratorios de Zeltia en 1944.
La idea de partida era aprovechar lo que un matadero tiraba a la basura. De las glándulas y las vísceras de los animales sacrificados se podían extraer principios activos con valor farmacéutico. Y el más codiciado de todos era la insulina.
Desde que se había descubierto que la insulina controlaba la diabetes, la demanda de aquella hormona no había parado de crecer, y la única forma de obtenerla era extrayéndola del páncreas de vacas y cerdos. El proceso era laborioso e ineficiente, ya que hacían falta cientos de páncreas para obtener una cantidad mínima de hormona utilizable, y todo dependía de trabajar con vísceras frescas, recién sacadas del animal, antes de que se degradaran. Cualquiera que quisiera fabricar insulina necesitaba tener dos cosas a la vez: acceso a un flujo constante de animales sacrificados y un laboratorio capaz de refinar la sustancia con rapidez.
Fábrica de Zeltia.
Nadie en España tenía resuelto como ellos las dos mitades del problema. Porque la idea de Zeltia era refinar al máximo la insulina de los animales que sacrificaban los hermanos Fernández López y convertir en medicina lo que hasta entonces era un residuo.
Al nombre le buscaron una raíz de la tierra. Zeltia viene de los celtas, los antiguos pobladores de Galicia. Fue el poeta Eduardo Pondal la primera persona en usar el nombre de Zeltia al escribir sus poemas y de hecho, Pondal usaba “Zeltia” como sinónimo de Galicia.
En 1940, apenas un año después de su fundación, llegó el primero de los obstáculos a los que se iban a enfrentar, la notificación del destierro de Fernando Calvet, el director técnico de la empresa. El régimen no había olvidado a los científicos que Zeltia protegía y el acta en la que los Fernández López defendieron la labor de aquellos investigadores acusados de comunistas y separatistas forma parte hoy de la historia de la compañía. Calvet no volvería a su cátedra hasta el curso 1944-45, ya en la Universidad de Salamanca.
Fernando Calvet en el Instituto de Bioquímica de Estocolmo en 1937
Pese a todo, la empresa echó a andar y fue ampliando su campo mucho más allá de la insulina. Zeltia se lanzó a explotar la flora medicinal gallega y a experimentar con los alcaloides del cornezuelo del centeno, un hongo del que salían fármacos para las hemorragias del parto y la migraña. De aquella actividad química de los años 40 nacería con el tiempo toda una rama industrial gallega.
Pan ergot, fabricado a partir del cornezuelo.
Los Fernández López, mientras tanto, se convirtieron en una de las mayores fuerzas económicas de Galicia. De su grupo salieron o pasaron por sus manos empresas como Transfesa, Cementos Noroeste, Frigsa, y, sobre todas ellas, una que llegaría a ser un gigante mundial de la pesca: Pescanova. Mientras refinaban insulina de vaca en O Porriño construían medio tejido industrial gallego del siglo XX.
Aquella expansión, además, tenía el mérito de hacerlo el momento más complicado posible, porque se hizo en la España de la posguerra, un país arruinado, aislado del exterior y con una economía intervenida. Crear en ese escenario una empresa que dependía de la investigación científica, del comercio de materias primas escasas y de tecnología que había que traer del extranjero era una apuesta temeraria.
Pero los Fernández López la hicieron una y otra vez, y en los años previos a la primera crisis del petróleo controlaban ya los consejos de administración de un puñado de las mayores compañías del noroeste español.
Fábrica de Cementos del Noroeste en la década de los 60.
Pero la joya, la que convertiría el nombre de Zeltia en historia de la medicina, tardaría aún décadas en llegar, y vendría de un sitio que nadie habría imaginado en aquel matadero de 1939. Vendría del mar.
Y el salto lo dio la siguiente generación. El hijo del fundador José Fernández López, José María Fernández Sousa-Faro, químico y Doctor en Bioquímica, compartía con su padre el gusto por el riesgo, además de una pasión personal que resultó decisiva: el submarinismo.
José María Fernández Sousa-Faro en la Wake Up, Spain! 2026.
Buceando, entendió algo que la industria farmacéutica apenas estaba empezando a intuir. El mar, que cubre la mayor parte del planeta, era una farmacia inexplorada. Los organismos que llevan millones de años sobreviviendo en el fondo, fijos a una roca, sin poder huir de sus depredadores, se defienden fabricando moléculas químicas complejísimas y algunas de esas moléculas podían servir para matar células cancerosas.
Buceadores de PharmaMar.
Un animal que no puede escapar ni esconderse, que pasa toda su vida pegado a una piedra, no tiene más defensa que la química. Así que, a lo largo de millones de años de evolución, esos organismos han desarrollado un arsenal de sustancias para envenenar a quien intente comérselos, para impedir que otros seres crezcan encima de ellos o para defenderse de las infecciones. Ese arsenal, diseñado por la naturaleza para atacar células, es justo lo que un investigador del cáncer busca, algo capaz de destruir de forma selectiva a una célula enferma.
José María Fernández Sousa-Faro.
En 1986, dentro del grupo Zeltia, José María Fernández Sousa-Faro fundó una filial con un objetivo que en la España de la época parecía una locura, desarrollar fármacos contra el cáncer a partir de organismos marinos. Y la llamó PharmaMar, la farmacia del mar.
La empresa organizó expediciones de buceo por todos los mares del mundo para recoger muestras de invertebrados esponjas y moluscos a cientos de metros de profundidad. Traían los organismos, los analizaban, aislaban sus moléculas y probaban si alguna tenía actividad contra los tumores.
Corales.
De miles de muestras, muy pocas servían, pero una lo cambió todo.
El planteamiento era el mismo que había creado la empresa medio siglo antes trasladado al agua. En 1939, los Fernández López habían observado las vísceras que su matadero tiraba a la basura y habían visto en ellas medicinas. En 1986, su hijo observaba el fondo del océano, del que la ciencia apenas había explorado una fracción mínima, y veía exactamente lo mismo, un almacén inmenso de sustancias útiles que nadie se había molestado en aprovechar.
Cambiaba el escenario, pero no la idea. Buscar valor donde los demás solo veían desperdicio.
Ecteinascidia turbinata.
En el mar Caribe vive un animalillo llamado Ecteinascidia turbinata, un tunicado colonial de aspecto insignificante, de cuerpo blando y naranja, que crece pegado a las raíces sumergidas de los manglares. De él, los científicos de PharmaMar aislaron una molécula con una potencia extraordinaria para destruir células cancerosas. La llamaron trabectedina, y después le pusieron nombre comercial, Yondelis.
Sacar aquella molécula del laboratorio al hospital costó más de tres décadas de investigación y una inversión enorme. Era tan escasa en la naturaleza que habría hecho falta arrasar toneladas de estos animalillos para conseguir unos gramos, así que hubo que aprender a fabricarla artificialmente en el laboratorio, reproduciendo lo que el animal hacía en el fondo del mar.
En 2007, la Agencia Europea del Medicamento aprobó Yondelis para tratar el sarcoma de tejidos blandos y, más tarde, el cáncer de ovario.
Vial de Yondelis.
Fue un hito que va mucho más allá de Galicia, porque Yondelis se convirtió en el primer fármaco antitumoral de origen marino del mundo, y en el primer medicamento contra el cáncer desarrollado enteramente en España. Hoy se comercializa en unos 80 países, y el organismo del que nació, aquel tunicado del Caribe, aparece en los manuales de medicina como uno de los mayores ejemplos de que el mar puede curar.
Fábrica actual de PharmaMar en Madrid.
Durante el camino, la empresa fue cambiando de forma. En 2015, en una fusión inversa, la filial PharmaMar absorbió a la matriz Zeltia y se quedó con las riendas del grupo. El nombre Zeltia, el de los celtas, desapareció de la bolsa después de 76 años, pero la empresa que designaba seguía viva bajo el nombre de su criatura marina.
Del tronco original habían brotado, además, otras ramas. Zendal, la compañía de vacunas de O Porriño que en 2020 saltó a los titulares por fabricar una de las vacunas contra el Covid, procede del mismo núcleo que fundaron los Fernández López.
Instalaciones de Zendal en Porriño.
Curiosamente, la empresa que hoy factura cientos de millones buscando curas en el océano guarda en su historia un detalle maravilloso. Entre sus primeros 30 accionistas, en 1939, figuraba un empresario pesquero vigués, Javier Sensat Curbera, dueño de una compañía de barcos. En su acta fundacional, junto a los mataderos de Lugo y los científicos represaliados, ya había alguien que vivía del mar. Parece como si aquella empresa nacida en tierra, entre vacas y páncreas, llevara desde el primer día escrito en algún sitio que su destino terminaría estando en el agua.
Logo original de Zeltia.
Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros
Referencias:
es.wikipedia.org
elespanol.com/quincemil
eldiario.es
pharmamar.com
vozpopuli.com
atlantico.net
egu.xunta.gal
agenciasinc.es
wipo.int
micof.es
madrimasd.org
lavozdegalicia.es
farodevigo.es
elglobalfarma.com
actualidadliteratura.com
ncbi.nlm.nih.gov
diariodepontevedra.es
