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Lo contemporáneo se encuentra siempre en estado de crisis. Una crisis de perspectiva positiva, es decir, que somete a escrutinio constante la expresión cultural de su tiempo. La lectura del arte o la arquitectura contemporánea puede resultar compleja desde una mirada acostumbrada a la tradición disciplinar, Comprender la expresión contemporánea desde un mismo tiempo, como girar ligeramente la cabeza, es una mirada sin aparente contraste. La interpretación del arte contemporáneo necesita de un matiz de contraste como punto de partida para comprender su significado. El conocimiento del contexto previo, de los parámetros del arte o la filosofía que motivan la expresión cultural resultan fundamentales para tener conciencia de la relevancia de una obra. En arquitectura, el autor resulta relevante, pero se diluye entre el contexto y la obra, cuya materialidad supera toda génesis al integrarse dentro de la trama urbana.

“A mí no me gusta modelar, me gusta tallar, ante una piedra uno debe ser muy humilde. La escultura es mejor cuanto más desaparece el escultor, al contrario que la pintura.” - Xavier Corberó

El brutalismo es una corriente arquitectónica que nace de la necesidad, en parte trauma, en parte dolor, y en gran medida la urgencia por reconstruir la ciudad. El material crudo, masivo y a la vista genera una percepción particular de protección y seguridad muy particular. En la década de los setenta, en A Coruña, el brutalismo emerge como uno de los lenguajes fundamentales de la modernidad. Esta voluntad que buscaba un nuevo horizonte cultural, casi a trompicones al encontrarse con ciertas resistencias dentro de un contexto de dictadura, se extendió a todas las tipologías. Paralelamente a este discurso lingüístico que comenzaba a probarse en la ciudad, se plantea la intención de dotar a la ciudad de nuevas enseñanzas técnicas. En el año 1957 se había promulgado la Ley de Ordenación de Enseñanzas Técnicas, en un intento por dotar al país de un colectivo profesionalizado que apoyase una imagen industrializada y moderna frente a la posición aislada generada por la dictadura. Esta ley funcionó muy bien originando la creación de numerosas escuelas públicas para las enseñanzas técnicas entre las que se encontraban Arquitectura, Aparejadores e Ingenierías industriales, en numerosas ciudades españolas como Valencia, Valladolid, Sevilla o Pamplona (esta última de carácter privado). El impulso de esta ley y de “El libro Blanco de la Educación en España” (1968), posibilitaron la creación de las escuelas de Canarias, A Coruña y el Vallés en Barcelona. Si bien inicialmente en el norte se enfocaba la construcción de estas escuelas en el País Vasco, algunos sectores públicos y privados buscan la instalación de estas en Coruña y es Pedro Barrié de la Maza quien, también gracias a sus relaciones personales, promueve la construcción de estos centros en A Coruña. Barrié de la Maza falleció en 1971 y fue su viuda, Carmela Arias quien continuó con esta iniciativa. Apenas unos años antes, se había constituido la Fundación Barrié en 1966.

Fotografía: via wikimedia commons via wikimedia commons

Un proyecto de contexto internacional

El proyecto incluía una acción unitaria en la que se construiría la escuela de Arquitectura y se trasladaría la escuela de Aparejadores, situada entonces en unos barracones en la Ciudad Universitaria. Ambas constituyen un único proyecto en el que primero se ejecuta la escuela de aparejadores y posteriormente la de Arquitectura. Para el desarrollo del proyecto la Fundación Barrié busca asesoramiento internacional antes de realizar el encargo profesional. Contactan con la Fundación Ford quienes habían realizado un proyecto educativo similar en EEUU. Este asesoramiento personificado en John McLeod y Raymond Caravaty, este último director del Centro de Investigación en Arquitectura en el Instituto Técnico de Rensselaer de Troy (Nueva York), se une al asesoramiento local con arquitectos especialistas en la enseñanza de arquitectura como Juan González Cebrián, Rodolfo Ucha Donate, Antonio Tenreiro Rodríguez y Juan Castañón Fariña. Juntos, desarrollan un plan de estudios y un programa de necesidades que culminan con la intención de crear un centro para 500 arquitectos, otro para 350 aparejadores y una enseñanza en ‘ciencias de la construcción’ para 150 estudiantes. El proyecto se encargó a Juan Castañón Fariña (1942-2007) y José María Laguna Martínez (1939-2000) con la dirección de obra de Rodolfo Ucha Donate (1922-2015) que tenía su estudio en la ciudad. Castañón era hijo de un reconocido arquitecto que también había sido ministro del ejército del régimen y amigo personal de Barrié. José María Laguna es autor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, que se emparenta de forma estrecha con la escuela de Aparejadores de A Coruña. La creación de las escuelas se concibe desde una perspectiva emblemática, de tal manera que el propio edificio se convirtiese en un icono, pero resulta curioso que finalmente se prescindiese de todos los estudios previos, así como de arquitectos de reconocido prestigio de la comunidad como eran Alejandro de la Sota o José López Zanón (autor de la Universidad laboral). La propuesta inicial de los arquitectos es modificada en varias ocasiones entre los años 1973 y 1975. Aunque los dos proyectos se conciben inicialmente como un proyecto unitario, finalmente se ejecutan de forma separada. De hecho la docencia de la escuela de Arquitectura comienza parcialmente en la Escuela de Aparejadores compartiendo centro un par de cursos.

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

El punto de partida para el proyecto de la Escuela de Aparejadores es la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid (1971), José María Laguna autor de este proyecto había desarrollado un proyecto funcional de lenguaje brutalista. Mientras que la escuela de Aparejadores se constituye como un edificio repetitivo, es decir, con voluntad de crear una tipología de criterio constante, la escuela de Arquitectura se concebiría como un edificio monumental, único e irrepetible. Este cambio responde a una sugerencia de los asesores americanos, que estaban inmersos en un proyecto similar. Sin embargo, en ambos casos existen referentes comunes que luego se materializan en la perspectiva planteada para el edificio: repetitiva o singular. Obras como la escuela de arquitectura de Yale de Paul Rudolph, el Centro Georges Pompidou de Renzo Piano y Richard Rogers son referencias directas, tales como algunas obras de Clorindo Testa en Argentina en la década de los sesenta.

EUAT. Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica

El edificio de la Escuela de Aparejadores es un volumen alargado de planta rectangular que funciona siguiendo una directriz lineal. Dicha morfología permite disponerlo sobre la parcela con orientación este-oeste en los lados más largos lo que beneficia el soleamiento y comportamiento térmico del edificio. La parcela presentaba una gran diferencia de cota que se aprovechó para integrar el programa. El edificio cuenta con cuatro plantas en total, situando el acceso a media altura, esta disposición permite la planta baja albergue las zonas comunes y salas de estudios. En la primera planta se ubicaron los despachos de dirección, así como la biblioteca, aulas para seminarios y tres aulas especiales en forma de anfiteatro. En la segunda planta, aulas para docencia teórica, así como despachos de postgraduados o becarios, en la última planta, siguiendo la disposición longitudinal de los lados más largos se encontraban las aulas de dibujo. La planta bajo rasante incorporaba la cafetería, los talleres y los cuartos de servicio e instalaciones. Esta estructura organizativa incluye un programa que se ha transformado con el paso del tiempo y las modificaciones requeridas por la docencia. Las aulas de dibujo son el espacio más singular y sorprendente de esta obra, remiten a los grandes espacios de trabajo de los estudios/corporación americanos de la década de los cincuenta y sesenta generando un ambiente que remite al futuro laboral de los estudiantes.

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

La estructura del edificio, siguiendo la estética brutalista, se ejecuta en hormigón armado, con una composición de elementos estructurales que permite grandes luces. Los apoyos de hormigón armado sostienen un forjado reticular bidireccional que permite la creación de espacios de gran escala, fluidos y que en cierto modo anticipan la monumentalidad que posteriormente se desarrollará con mayor virtuosismo en la Escuela de Arquitectura. Este edificio, sigue los mismos parámetros constructivos que la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, de hecho, el uso del color, así como las carpinterías de aluminio y los acabados interiores son muy similares. El hormigón visto como emblema del brutalismo, genera una imagen sólida que define una nueva modernidad. La imagen del edificio se hace ligeramente amable al incluir algunos maceteros en las terrazas, así como un revestimiento pétreo en algunas zonas que buscan integrarlo en el lugar.

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

El camino al futuro

El arquitecto norteamericano Paul Rudolph se caracterizaba por su actitud disciplinada, individualista, confrontativa, pero al mismo tiempo comprometida con la disciplina arquitectónica. Icono del brutalismo norteamericano, sus ideas y planteamientos resultaron ser enormemente influyentes en obras contemporáneas a lo largo del mundo, siguiendo los caminos abiertos por el denominado Estilo Internacional.

“Para mí, la arquitectura es una experiencia tan absorbente, tan enigmática, que todo lo demás pasa a un segundo plano. Sé que muchos arquitectos piensan de otra manera, y puedo entender por qué. Pero, a veces, les gustaría ser sociólogos, políticos o líderes espirituales —en realidad, cualquier cosa menos arquitectos—, lo cual me molesta, porque, muy a menudo, la arquitectura acaba resintiéndose” en J. P. Donlon, Paul Rudolph Believes in Cities, 1974.

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

Para Rudolph, el tercer principio de la arquitectura era el material, confiriendo a la función un segundo plano. De hecho, a menudo afirmaba que un elemento realmente funcional puede contradecir a otro elemento realmente funcional. El brutalismo que llegaba a Europa desde una perspectiva americana mostraba una atmósfera protomonumental que liberaba a este lenguaje del trauma y el dolor para acercarlo a una mirada internacional. Aplicada a la docencia esta nueva mirada utilizando la arquitectura como herramienta, introducía una perspectiva de esperanza aperturista hacia un mundo enorme desde una escuela aún joven y periférica. De alguna forma, la construcción de estas escuelas coincidió en el tiempo con la caída de la dictadura y la ilusión por un nuevo país en transición hacia la democracia. El lenguaje, la arquitectura y el contexto convergieron, dibujando el nacimiento de las escuelas técnicas de A Coruña, una atmósfera de esperanza e ilusión habitada por jóvenes estudiantes camino de su futuro.