Pasear por Milán es siempre una experiencia enriquecedora. Aunque sea de forma virtual. Aunque sea en sueños que se construyen a partir de imágenes que habitan la memoria de aquello que se desea retener. El erizo de piedra, como popularmente se denomina al Duomo, el imponente castillo Sforza, la desmesurada estación central, la torre Pirelli o la Scala…lugares con nombre propio y resonante, de los que emana una idea con tan solo pronunciarlos. Su escala es una extraña composición entre la desmesura del poder y la elegancia armónica del diseño más purista. Milán crea una atmósfera en la que el diseño no es una elección, aceptando al mismo tiempo la diversidad lingüística más extrema. Esta condición tan singular dentro un contexto próspero y local como el de Milán, permite que, en cierto modo, la ciudad se convierta en un laboratorio para la experimentación morfológica desde una perspectiva con fuerte carga estética. La estética es la rama de la filosofía que estudia la génesis y percepción de la belleza y el arte, algo intrínseco a una ciudad que cuenta con iconos dentro del ámbito cultural como La última cena (Leonardo da Vinci, 1495), el Teatro alla Scala, la pinacoteca de Brera, o Porta Garibaldi. Porque se puede leer la ciudad como una superposición de capas que se funden entre sí en ciertas áreas, como un collage, como un tejido heterogéneo, pero, en cualquier caso, son hábitats que responden a la sociedad que las habita. Esa respuesta, no es unívoca, sino que dibuja anillos recurrentes en los que el hábitat forma a quienes lo habitan, y al mismo tiempo estos los construyen en función a un conjunto de parámetros coyunturales que derivan de él. Esta complejidad, sin embargo, se materializa de una manera natural, inconsciente y casi imperceptible. Algo que, tras un paseo por la ciudad, suele definirse como el espíritu o la atmósfera de la ciudad.
Foto: Nuria Prieto
En toda broma hay algo de broma
“En toda broma hay algo de broma”, este dicho ruso se puede aplicar a la aparente poética de un paseo por la ciudad, porque en toda ciudad hay algo de ciudad. Pero en realidad este hábitat es más que su estructura. El transcurso de la historia define transformaciones que se reflejan en la ciudad. No se trata solo de cambios formales, si no del impacto que estos tienen sobre las emociones de la sociedad. El estructuralismo buscaba una ciudad diversamente ordenada, el postmodernismo intentaba recuperar lo figurativo y referencial, el deconstructivismo desmontaba la arquitectura para comprenderla de otro modo, y todos estos enfoques conceptuales estaban basados en un pensamiento coyuntural de sesgo emocional. La arquitectura trabaja dentro de este ecosistema desarrollando una idea arraigada que emana de la interpretación particular de ese pensamiento colectivo.
“El artista está dispuesto a llevar su arte hasta las últimas consecuencias. No hace concesiones. Si las hiciera, sería un artesano.” - Albert Serra
La singularidad de algunas obras de arquitectura deriva de la ausencia de concesiones y de unos principios conceptuales compactos. El resultado final puede encajar o no, incluso puede albergar errores, pero es coherente con la idea inicial. El brutalismo, es un estilo arquitectónico que se nutre de una emoción contundente: el trauma, el dolor y sus consecuencias psicológicas. El razonamiento derivado de esta emoción tiene como resultado el uso de materiales crudos, de aspecto contundente y masivo. El espacio se transformó en un lugar que enfatizaba la protección, la introspección y la monumentalidad silenciosa como imagen de vocación fenomenológica.
El brutalismo comienza a desarrollarse al finalizar la Segunda Guerra Mundial, aunque existían precedentes como el Goetheaneum de Rudolf Steiner. Este estilo alcanza su máxima expresión a finales de la década de los setenta, cuando el estructuralismo comienza a ser eclipsado por el postmodernismo. Su contundencia, transforma la imagen de la ciudad, pero también crea un conjunto de edificios que conforman una iconografía nueva. En A Coruña, el brutalismo se une a una modernización de la ciudad vinculada a su crecimiento, por lo que existen numerosas obras vinculadas a él. La mayor parte de estas obras constituyen volúmenes de gran escala, pero algunas otras casi pasan desapercibidas. Este es el caso del CEIP Zalaeta, cuyo pequeño tamaño con respecto a los edificios colindantes esconde ligeramente su presencia.
Foto: Nuria Prieto
CEIP Zalaeta
El CEIP Zalaeta, es una obra del arquitecto José María Olaiz García. Fue construido en 1978 en un espacio cercano al antiguo matadero municipal en la calle Curros Enríquez 40. El edificio es un volumen muy equilibrado de planta cuadrada que, sin embargo sorprende por su forma y materialidad. El hormigón visto se modula creando cinco planos idénticos que se elevan desde la planta baja plegándose al alcanzar la cubierta creando un peto y una línea de sombra. La modulación es estricta, de tal manera que se crea un equilibrio en la masividad. Cada módulo incluye además un ritmo de huecos específicos que se sitúan centrados en el plano ocupando toda su anchura. Destaca especialmente el hueco de la parte superior en el que se produce un escalonamiento que adelanta la ventana. Es gesto provoca un diseño peculiar de la ventana en el que la mocheta forma parte de esta, creando un plano por el que entra la luz de forma imprevista, es decir, por un lugar por el que habitualmente un hueco es ciego.
Los módulos que componen la fachada se fragmentan al mismo tiempo debido a las juntas de hormigonado que generan un ritmo horizontal, y es en este ritmo en el que encajan los huecos. La repetición entre los diferentes elementos de fachada deja una pequeña junta que se aprovecha para insertar las instalaciones como las bajantes. La duplicación que se produce consecuencia de la repetición contribuye al diseño y estabilidad de la estructura, así como a la definición de una estética fácilmente legible y comprensible. Este tipo de obras describen una nueva forma de intervenir en la ciudad, cargadas de referencias, de memoria.
Foto: Nuria Prieto
Foto: Nuria Prieto
“Para el oficio, el pasado es algo vivo; todo el pasado, desde Machu Pichu hasta hoy mismo; es algo que está dispuesto todo frente a la mesa de trabajo, y que le interpela.” Josep Quetglas
El CEIP Zalaeta puede inscribirse dentro de un conjunto de referencias fácilmente rastreables que actúan como guía y apoyo al proyecto y a su inserción urbana. La torre Velasca (1958) de Ernesto Nathan Rogers y Enrico Peressutti (grupo BBPR), es una obra que destaca en un paseo por Milán. Visible desde muchos puntos por su gran escala, se eleva y muestra una estética brutalista salpicada de racionalismo y neoliberty que, con el paso del tiempo se ha convertido en un icono urbano. La organización y estructura de la Torre Velasca se convirtieron en referente ineludible de la estética brutalista. Por otra parte, las ventanas superiores del colegio pueden encontrar su referencia en el edificio de viviendas de la calle Prior 9, en Salamanca, proyectado por Alejandro de la Sota en 1965. La idea de la ventana que se convierte en galería sin perder su identidad conceptual.
La obra, ha sido recientemente ampliada para responder a las necesidades funcionales y de accesibilidad propias de un centro enseñanza, pero mantiene su imagen icónica, solvente y casi monumental. Las obras brutalistas llevan asociada esta capacidad de permanecer inmóviles al tiempo y sus transformaciones. Incluso cuando han pasado muchos años, su imagen compacta y expresiva se mantiene intacta.
Torre Velasca via wikimedia commons
Un jardín
El brutalismo es una expresión coherente y sólida de una emoción. Una respuesta contundente que se podrá interpretar de formas diversas, pero que enuncia una afirmación que no admite lecturas diversas. Una arquitectura que nace de la respuesta al trauma, construye una ciudad monumental que crece con la memoria de estas construcciones sobre su piel.
“Ver crecer lo que plantamos es una de las fuentes de gozo más genuinas. Se podría decir de la experiencia del jardín lo que Epicuro escribió de la filosofía: contribuye a la salud del cuerpo y del alma. Además, los valores implícitos en la creación y cuidado de un jardín –paciencia, humildad, tesón, confianza– inducen a otras formas de compromiso con la tierra y la sociedad”. Santiago Beruete
La ciudad es el hábitat del ser humano, pero también es su jardín. En ella se encuentra todo aquello que hace honorable a la existencia humana, pero también sus recuerdos y memorias que, a veces, remiten a etapas cuya evocación no es apetecible. Todas ellas forman parte de la ciudad. Un lugar que, como una sala de estar, tiene todo lo bueno y lo malo que representa un ser humano.
