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El arquitecto Aldo Rossi describía en uno de sus textos cómo la niebla penetraba muy despacio en la iglesia de Sant’Andrea transformando por completo la atmósfera del lugar. La niebla que ‘desrealiza’ en palabras de Torrente Ballester, borra en el recuerdo de Rossi la identidad de un lugar. Los rasgos del lugar se construyen mediante una cultura materializada como estética que cristaliza en un conjunto de imágenes y emociones que se fijan en la memoria de sus habitantes. El hábitat es un ecosistema complejo y cambiante, sometido a constante interpretación y crítica por parte de quienes lo habitan. La estética se compone de rasgos que la memoria es capaz de identificar y contextualizar, pero este razonamiento en apariencia simple no siempre funciona de la misma manera. Algunas veces, en ese proceso inconscientemente analítico, se produce algún error motivado por el propio lenguaje arquitectónico.

"La mente es el verdadero instrumento de la visión y la observación, y los ojos sirven como una especie de vasija que recibe y transmite la porción visible de la conciencia". Plinio

Foto: Nuria Prieto Nuria Prieto

El pensamiento da forma a lo que percibe el ojo, y crea un propio relato para interpretarlo asociándolo a la propia biografía. Un aprendizaje natural, en el que la actitud crítica es capaz de detectar los pequeños errores o engaños de la imagen. La arquitectura utiliza lenguajes habitualmente adecuados a su tiempo, y como expresión cultural, este aspecto resulta inevitable. Pero a veces los lenguajes se cruzan de forma deliberada, generando influencias que destacan el edificio por encima del tejido urbano. Una pequeña singularidad que, por un segundo, traslada a quien la observa a Nueva York, Chicago, París o Roma. La influencia parisina es una de las más notables de principios del siglo XX, el estilo Beaux Arts primero y el Art-Nouveau después abrieron una puerta de mirada cosmopolita que abría la mirada hacia la vanguardia. La formación de los arquitectos, de hecho, en muchos casos pasaba por el profundo conocimiento del arte francés y de sus postulados compositivos, aspecto que influyó de forma definitiva en la arquitectura de principios del siglo XX. En A Coruña algunos de los arquitectos más destacables, aquellos cuyo nombre aparece vinculado al crecimiento de la ciudad en el cambio de siglo, tuvieron una enorme influencia europea. Esta etapa coincide con el periodo de mayor transformación de la ciudad. Con el derribo de las murallas y el crecimiento urbano a través de los ensanches, muchas obras se benefician de la influencia extranjera amoldándola o importándola tal cual a la ciudad.

Calle Tabernas 30

El número 30 de la calle Tabernas, es una obra que sorprende no sólo por su contundencia y escala, sino porque tras varias reformas parece pertenecer a las calles de París. El edificio fue proyectado y construido en 1901 por el arquitecto F. Calvo, y posteriormente reformado por Eduardo Rodríguez Losada en 1940. Rodríguez-Losada de hecho tenía su residencia familiar en esta calle, aunque por un breve periodo de tiempo la trasladaría a Ciudad Jardín a una obra suya, para posteriormente volver a la calle Tabernas.

El edificio resuelve una volumetría que ocupa una esquina de una manzana por lo que la solución arquitectónica es contundente y rígida. La estética del edificio se basa en una fragmentación en tres bloques correspondientes a las diferentes ampliaciones. En cada una de estas bandas se puede comprender el lenguaje del momento en que fue proyectado. La planta baja, de dos alturas, actúa como zócalo. Sobre ella se sitúa el siguiente bloque, formado por otras dos plantas en las que se encuentran las galerías. Este último bloque se remata con una cornisa sobre el que se colocan otras dos plantas con cubierta en mansarda. El equilibrio entre los tres bloques se produce por su similitud proporcional, al tiempo que presentan un fuerte contraste lingüístico.

Foto: Nuria Prieto Nuria Prieto

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El zócalo del edificio, simula ser un gran basamento de piedra, aunque en realidad se trata de un revoco dibujado que describe un conjunto de dibujos geométricos que construyen un pseudo aparejo de sillería combinado con cornisas. En este zócalo, los huecos son de pequeñas dimensiones, salvo la entrada principal a la calle tabernas. Estos se protegen con pequeñas defensas de forja, de dibujo muy sencillo. El cuerpo central del edificio incorpora un elemento vernáculo, la galería tradicional, que sobresale del plano de fachada. La fachada con revoco exterior coloreado incorpora elementos del zócalo inferior que se disponen en las aristas de tal forma que simulan ser elementos pétreos que se prolongan. El aspecto estético del edificio incorpora algunos rasgos de carácter rústico en contraposición a la seriedad de los elementos utilizados como composición de pseudosillería o galerías con motivos decorativos. La planta superior, es una cubierta mansarda, una tipología de estilo francés desarrollada por el arquitecto del siglo XVII François Mansart que, buscando forzar la normativa municipal de París, obtenía una planta más bajo la cubierta. Esta cubierta tiene como consecuencia la aparición de la buhardilla, a veces de gran tamaño, dibujando una estética específica. Esta fórmula creaba una nueva posibilidad en la que el edificio podía beneficiarse de una planta más. El edificio muestra una estética muy sobria hacia el paseo del Parrote, beneficiándose del soleamiento y las vistas, mientras que hacia la calle Tabernas la fachada se enriquece con ornamentación clásica, como pequeñas columnas con capiteles que se apoyan en ménsulas con forma de voluta. Los huecos, así como los recercados de los mismos hacia esta calle, presentan una decoración muy rica. El ornamento de esta fachada muestra una relación directa con el carácter noble y aristocrático de muchas de las viviendas de esta calle. Los huecos de la planta baja rematados con un arco en la parte superior remiten también a un lenguaje europeo, ajeno a la ciudad.

Foto: Nuria Prieto Nuria Prieto

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La racionalización de la ciudad

Las ciudades ajenas se leen como pequeños relatos que alguna vez forman parte de la vida. La ciudad propia, la habitada no se percibe como un relato, sino como un conjunto de escenarios mutables que se tejen en la biografía personal. La ciudad habitada frente a la vistada es una contradicción en constante análisis que busca, al igual que la arquitectura, influencias, relaciones y conexiones. Ajenas a todo pensamiento artístico, la conexión emocional con la ciudad sucede de forma individual.

Foto: Nuria Prieto Nuria Prieto

“Las declaraciones verbales de los artistas y arquitectos no deberían tomarse a pies juntillas, ya que a menudo representan una racionalización superficial consciente, o una defensa, que bien puede estar en aguda contradicción con las intenciones inconscientes más profundas que dan a la obra su verdadera fuerza vital” Juhani Pallasmaa. Los ojos de la piel

La arquitectura de la ciudad tiene una intención propia, la que nace de su historia. A pesar de las lecturas profundas, analíticas o teóricas, la ciudad cuenta con un significado propio, el que le dan sus habitantes quienes interpretan la realidad y la historia de manera emocional. Y es que no solo la niebla puede cambiar la atmósfera de un lugar.