Miguel Couto no creció pensando que algún día tendría decenas de esculturas repartidas por el espacio público. Su formación estaba encaminada hacia el mundo empresarial y no tenía antecedentes familiares relacionados con el arte. La escultura apareció bastante después y terminó cambiando por completo su trayectoria: comenzó a dedicarse a ella a los 38 años.
Hoy cuenta con 46 obras, algunas de ellas instaladas en diferentes puntos de A Coruña, una ciudad a la que se siente profundamente ligado. Entre las últimas está Valentina, la figura situada junto al paseo marítimo de Riazor que rinde homenaje a los Golfiños, el grupo de personas mayores que se reúne durante todo el año para bañarse en el mar.
Una escena cotidiana que Couto observaba durante sus paseos terminó convirtiéndose en una escultura sobre la valentía, el paso del tiempo y, sobre todo, "la pasión por vivir".
Ahora, una reproducción de Valentina en pequeño tamaño es protagonista de un sorteo de Quincemil. Con motivo de esta iniciativa, hablamos con el escultor sobre sus comienzos, su forma de trabajar, su relación con A Coruña y la historia que se esconde detrás de una de sus piezas con mayor conexión con el público.
¿Quién es Miguel Couto y cómo empieza tu relación con la escultura?
Yo soy un escultor tardío. Arranco cuando tengo 38 años. No tengo antecedentes del mundo del arte y mi formación iba encaminada hacia el mundo de la empresa. Pero, tras llevar la representación de dos artistas, cada vez me acerqué más a esta llamada y, cuando tenía 38 años, decidí arrancar.
¿Recuerdas la primera obra con la que pensaste que podías dedicarte profesionalmente a esto?
Sí, la recuerdo. Era de una serie que se llamaba Yo, conmigo. Me la compraron para un hotel en A Coruña y, cuando vi que lo habían hecho, me pareció tan alucinante que pensé: "Pues yo creo que…". Está en el hotel Attica21, en Matogrande.
Tienes esculturas repartidas por numerosos municipios. ¿Hay alguna que haya marcado especialmente tu trayectoria?
Hay una de la que estoy especialmente orgulloso, no tanto por el modelado, sino por la idea. Es un monumento homenaje a los gallegos muertos en Mauthausen. Era muy difícil de abordar porque yo no quería dejar el dolor en el sitio, quería dejar un recuerdo.
La pieza se llama La escalera al cielo. Utilicé el concepto de la misma vía del tren que los llevó a Mauthausen, la puse en vertical, la convertí en una escalera, puse los nombres y la instalé en medio de un bosque. Es la pieza de la que estoy más orgulloso en cuanto a cómo le di a la cabeza.
Naciste en Malpica, pero tienes una relación muy estrecha con A Coruña.
Me considero coruñés, y además un coruñés de pro. Cuando A Coruña no era tan bonita como es ahora, yo seguía diciendo que aquí se vivía muy bien.
¿Cómo surge la idea de crear una escultura dedicada a los Golfiños?
Soy un gran paseante. Suelo pasear tres o cuatro veces por semana por el paseo marítimo. El coche apenas lo cojo, salvo que lleve alguna pieza.
Un día, algo que siempre veía como muy cotidiano pasó a resultarme alucinante. Que se junten unas personas que ya no son jóvenes, en invierno y en verano, y se metan en el agua a conectar con el océano y con la ciudad… Me pareció increíble.
Volví a casa y dije: "Esto hay que reconocerlo", porque estamos hablando de la pasión por vivir. No se gana nada metiéndose en el agua. No hay ningún interés. Es buscar una emoción en comunión con el mar de A Coruña, en pleno centro de la ciudad.
"Un día, algo que siempre veía como muy cotidiano pasó a resultarme alucinante"
Miguel Couto, escultor
¿Y de dónde sale el nombre de Valentina?
Para mí son unos valientes y Valentina me parecía una manera de reconocer esa valentía. También quería evitar un nombre demasiado común. Valentina lo hacía excepcional, como son ellos excepcionales.
Venía del término "valiente" y también de ese espíritu infantil: al fin y al cabo hay que ser también un niño, hay que jugar, hay que meterse en el agua… Me vino muy rápido y lo vi clarísimo. Ese era el nombre.
¿Cómo fue el proceso desde aquella idea hasta verla convertida en una escultura?
Yo normalmente no dibujo. Primero hago una maqueta y después voy observando. En este caso buscaba algo que pudiera reflejar en tierra la idea de una persona que se mete en el agua. Quería reflejar la edad, la ilusión y, sobre todo, algo muy importante en esta pieza: la torpeza, porque ya no tenemos 20 años.
En algún momento forcé el modelado para que la pieza no estuviera cómoda. Si te fijas, tiene un punto en el que parece que se cae, que no sabes muy bien si va hacia delante o hacia atrás. Pero sí está en una postura de celebración y valentía, con los brazos hacia delante y un pie avanzando, aunque sin demasiado equilibrio.
¿Qué querías transmitir con esa postura?
El paso del tiempo y ese paso hacia delante para meterse todos los días en el agua, la voluntad de hacerlo. Pero no de una manera estética ni celebrando el cuerpo, sino celebrando la pasión de la vida. Valentina trata de eso, de la pasión por vivir.
¿Cómo reaccionaron los propios Golfiños cuando descubrieron la escultura?
Alucinaron porque no se lo esperaban. Yo avisé a última hora para causar ese efecto de sorpresa. Les dije: "Oye, si podéis venir…". Además, los obsequiamos con unas piezas pequeñas.
Fue muy bonito porque ellos no esperaban nada, igual que no esperan nada cuando se meten en el agua. La inauguración fue una fiesta total.
¿Cuánto tiempo te llevó crear Valentina?
Tres meses de producción, desde que arranqué hasta que la entregué.
¿Y qué sentiste el día de la inauguración?
Alegría total. Fue de las inauguraciones más alegres en las que he estado. Es que es de lo que trata la pieza: alegría, paso del tiempo, vitalidad y pasión por la vida. La inauguración estuvo a la altura de la pieza porque representaba lo mismo.
"La pieza trata de la alegría, del paso del tiempo, de la vitalidad y de la pasión por la vida"
Miguel Couto, escultor
¿Has creado otras obras pensando en colectivos concretos?
Sí. Hace muchos años hice una dedicada a los areneros de Betanzos y también fue muy emocionante. Eran personas a las que venían a buscar desde Alemania y se las llevaban allí a trabajar en la arena. Muchos estaban ya jubilados y alguno había muerto, pero quedaban bastantes. Estaban alucinados con el reconocimiento porque no se lo esperaban. Fue muy bonito.
¿Cómo es tu forma de trabajar?
Soy bastante caótico en ese sentido. No soy lineal, pero soy constante. Voy saltando de una idea a otra y de una inquietud a otra. Las voy anotando y después las voy abordando.
¿Qué haces cuando una obra se atasca?
Me ha pasado muchísimas veces. Lo que hay que hacer es humedecerla, ponerle el plástico e irte una semana. En el argot decimos "dormirla". Porque, como continúes, la vas a cargar.
¿Qué te ayuda a encontrar las ideas?
Caminar me sienta muy bien. Y conducir. Caminar, conducir y el agua. La idea se va modelando en la cabeza de una manera casi inconsciente durante días. No estás pensando directamente en ella, pero está trabajándose sola hasta que empiezas a ver planos y formas claras y dices: "Es por aquí, sin duda".
¿Y trabajas con música?
Sí. Pongo música de big band, depende del día. A veces pongo un podcast que tenga un tono muy ligero para que no me castigue la cabeza. Siempre tengo algo puesto cuando modelo, no modelo nunca en silencio, porque cuando modelas realmente estás muy solo. Me gusta el murmullo de algo y modelar con gente alrededor trabajando.
Ahora vamos a sortear una reproducción de Valentina. ¿Qué esperas de quienes participen?
Que se diviertan sacando las fotos, que le cojan el punto y reflejen esa pasión por vivir de Valentina. Que lo disfruten. Que se paren a mirar la pieza y a observar el momento del día en el que sacarla, porque el sol a veces pasa entre las dos manos de Valentina y da mucho juego.
Además, la gente está muy apegada a Valentina. Nunca ninguna pieza tuvo tanto tirón como esta.
De tus 46 obras, ¿hay alguna otra a la que tengas especial cariño?
Sí, hay una de la que también estoy muy orgulloso, dedicada a la mujer maltratada. Era un tema muy delicado porque es dramático en todos los sentidos.
La manera en la que la abordé parte de que, con la ayuda de la sociedad, del vecino, del médico o del policía, esa mujer termina estirándose y saliendo a la luz. Esa es la lectura que yo quiero hacer del maltrato. Muchas mujeres mueren, pero otras salen adelante, y no salen solas. Salen con la ayuda de las personas que las quieren o de quienes están a su alrededor.
"Hay una obra de la que también estoy muy orgulloso, dedicada a la mujer maltratada"
Miguel Couto, escultor
¿Buscas entonces un mensaje positivo incluso cuando abordas temas duros?
Sí. Yo creo que hay que buscarle la vuelta para dejar, en general, un mensaje positivo. Incluso en el caso de las mujeres maltratadas lo tiene. Con la ayuda del entorno, algunas salen adelante.
Prefiero hablar de la salida, no del agujero. No apuesto por el drama. Apuesto por una ejecución limpia de ideas, que la cosa se lea y que tenga emoción.
¿Qué significa para ti crear obra pública?
Entiendo que la obra pública es una negociación entre lo que yo quiero representar, el contexto espacial y la idea. En noviembre expongo en Vigo y ahí expongo mi obra personal, ahí hablo de lo que pienso y siento y no estoy pendiente de si agrada o no.
Pero una obra pública es diferente. Tengo que negociar con el espacio y con los vecinos. Ese es el equilibrio. Tienen que darse esas patas.
Después de tantos años, ¿cómo defines tu profesión?
Mi trabajo es tan difícil como bonito. Y no funcionaría sin la otra parte: el coleccionista, el privado, la empresa privada y la empresa pública. Si estamos viviendo de esto es porque, al otro lado, alguien nos escucha.
¿Quién ha sido fundamental en tu formación como escultor?
Todo lo que sé en escultura me lo enseñó Manuel García de Buciños. Todo lo que te acabo de contar viene de su sabiduría. Soy un poco de esa escuela, de hacer las cosas amablemente. Tuvo la generosidad de cogerme y enseñarme.
