Olga, Rosa, María y Elena conocen Monte Alto como la palma de su mano. Dos de ellas nacieron allí y las otras han pasado buena parte de su infancia y adolescencia en el barrio. Rosa y Elena, de hecho, fueron vecinas prácticamente toda la vida. "Las dos vivimos en la Vereda del Polvorín", cuenta Rosa. "La calle de la mierda", añaden las cuatro al unísono, entre risas.
Pocos nombres fueron asignados de forma aleatoria y, en este caso, no hay mucha ciencia: "Se llamaba la calle de la mierda porque estaba muy sucia". Y es que, si algo tiene Monte Alto, es historia.
También está la calle del Cuento. De hecho, esta todavía existe. Aunque no hay nada escrito que lo confirme, Olga, que vivió allí durante muchos años, tiene clara la explicación: "Del cuento porque a la gente le gustaba mucho salir a hablar y cotillear. Antes no había tele como ahora...", recuerda entre risas.
Las cuatro han pasado por buena parte del barrio, que por aquel entonces era muy distinto al que conocemos hoy. María, que tiene 88 años "y medio", recuerda que en la calle de la Torre se plantaban patatas. También se acuerda de su padre, que iba en bicicleta desde Vilaboa para trabajar. Ella se mudaría al barrio unos años después, cuando tenía 17.
La historia de Rosa es diferente. Ella es de Monte Alto de cuna y heredó de su madre el conocido quiosco Hortensia, situado en la Vereda del Polvorín. "Vendíamos de todo", cuenta: leche, miel, castañas, churros... "Todavía me acuerdo de comer las castañas calentitas del quiosco de tu madre", le responde Olga, que también guarda buenos recuerdos de aquel negocio.
Amigas frente al centro cívico de Monte Alto
Rosa, además, es una de esas vecinas a las que resulta difícil no conocer. "Todo el mundo me conoce, debe ser por el pelo", bromea. Acaba de cumplir 90 años y es una reconocida deportivista. Tanto, que hasta se tiñó el pelo de azul y tiene una bandera del Dépor en la ventana de su casa. "En la ventana de mi casa tengo también la bandera", presume.
Porque si hay algo tan arraigado en Monte Alto como el orgullo de barrio es el sentimiento blanquiazul. Rosa lo lleva por bandera y no pierde la ocasión de presumir de ello. "Y eso después de tener seis hijos, cinco de ellos con cesárea", añade entre risas.
Una infancia marcada por la posguerra
Aunque hoy recuerdan aquellos años con nostalgia, las cuatro también vivieron tiempos difíciles. "Hambre no pasamos, pero necesidad de cosas, mucha", cuenta Olga. Eran niñas durante la posguerra y la vida no siempre resultaba sencilla.
Olga tenía apenas cuatro años cuando se mudó a Monte Alto. Su padre estaba enfermo y ella ayudaba a su madre, que se encargaba de vender pan. "Yo iba a la Grande Obra y, con 11 años, al salir de clase, me iba con mi madre a repartirlo. Recuerdo subir cinco o seis pisos cargando con todo y ni una propina me ganaba", relata.
La madre de Elena, por su parte, era una modista muy reconocida. "Cosía los trajes a la aristocracia", apunta Rosa, que completa el recuerdo de su amiga ante su intento de quitarle importancia. Elena cuenta que hasta su casa llegaban "los coches negros con los chóferes" para que su madre les hiciera los trajes.
Ella aprendió de la mejor, igual que Olga, que siguió los pasos de su madre y también se dedicó a la costura. Hoy, a sus 83 años, sigue compartiendo lo que sabe y ofrece clases a sus compañeras en el Centro Cívico de Monte Alto.
Con billete de vuelta a Monte Alto
Las cuatro también tuvieron que emigrar. Olga se marchó a Inglaterra; María, a Montevideo, donde su padre ya había estado antes para preparar el terreno, y Elena, a Suiza. "España mejoró gracias a la emigración", coinciden. Marcharse fue, para muchas familias, una forma de buscar un futuro mejor.
Pero las cuatro también comparten otra idea: "Todos los que marchan quieren volver". Y ellas volvieron a Monte Alto, aunque el barrio que encontraron a su regreso ya no era el mismo que habían dejado atrás.
De las fiestas del barrio al río para lavar la ropa
Donde hoy está el mercado de Monte Alto antes se celebraban las fiestas del barrio. El Campo de Marte albergaba una fábrica de armas, en la plaza del Centro Cívico estaba el gran depósito de agua y el matadero municipal se encontraba donde hoy se levanta el hotel Meliá María Pita.
Imagen del matadero
De aquella época también queda el recuerdo de la playa del Matadero. "La sangre llegaba hasta la playa", cuentan sobre la actividad del antiguo matadero. El arenal, que hoy conocemos con ese nombre, antes se llamaba Berbiriana.
La vida entonces también era muy diferente. El río para lavar la ropa estaba al final de la calle de la Torre, en la plaza Parque, donde hoy se encuentra la gasolinera. "Íbamos cargando con la ropa hasta allí", cuenta Olga.
A lavar la ropa al río de Monte Alto y las ollas con la "terra blanca" de As Lapas
También recuerdan a dos hermanas que iban a recoger "terra blanca" a la playa de As Lapas para después venderla por el barrio. Servía para fregar las ollas y, según cuentan, era algo que solo se conseguía allí y que únicamente vendían ellas. Llenaban unas tinajas, se las ponían en la cabeza y recorrían las calles para venderla.
Como los hermanos de la Lejía, a quienes hace poco les hicieron un monumento en honor a ellos, tras cumplirse 90 años de su fusilamiento en Punta Herminia. Aunque pasaron a la historia como referentes del socialismo coruñés y por uno de los episodios más conocidos de la represión franquista en la ciudad, en Monte Alto ya los conocían de mucho antes. "Se llamaban así porque vendían la lejía en botellas de cristal por las calles", cuenta Olga. Y es que personajes de Monte Alto hay muchos, todo hay que decirlo.
"La Torre de los Enamorados"
Pero si algo destacan entre sus recuerdos más jóvenes son aquellos tiempos en la Torre de Hércules. O, como ellas la recuerdan, "la Torre de los Enamorados".
"Antes iban las parejas a darse cariño", cuentan las amigas. Y es que algunos todavía recordarán cuando podían entrar los coches hasta el propio faro. Muchos aparcaban por detrás del monumento y tenían su momento romántico —o no tan romántico— a la luz de la luna, con el Atlántico sonando de fondo.
"Ahí concebí a mi primer hijo", ríe Rosa. "Si la Torre hablara...", añade María. Y es que era bastante común que la gente fuera allí en sus primeras citas. Eso sí, había que andarse con ojo, porque "algún que otro mirón te podías encontrar", cuentan.
Una cárcel por una residencia
Pero si hay algo que recuerdan con cierto sentimiento de resignación es la cárcel de Monte Alto. "Un tío mío estuvo ahí preso", cuenta Olga. También recuerdan a personajes como Foucellas, que también pasó por la prisión coruñesa. "Mi tío le fue a cortar el pelo a la cárcel", añade María. Se trata de una figura conocida de la historia de la posguerra española, un guerrillero antifranquista al que ejecutaron hace más de 70 años.
Tras historias como esta, lo cierto es que estas amigas no echan de menos la cárcel, pero eso no quita que les dé pena ver cómo se está viniendo abajo el edificio. Todas opinan que habría que darle una segunda vida.
"Voy a escribir al Ministerio de Defensa para que conviertan la antigua cárcel en una residencia de ancianos", dice con seguridad Rosa, mientras las demás ríen y asienten con la cabeza.
"Somos muchas las personas mayores que vivimos aquí", coinciden las cuatro, que son usuarias del Centro Cívico de Monte Alto. Quién las vería contando sus anécdotas en el interior del edificio en el que, hasta hace poco más de medio siglo, la gente estaba presa. Ellas, que han visto cambiar el barrio durante décadas, ahora quieren que ese mismo lugar tenga una nueva vida.
