26 noviembre, 2023 02:31

Manuel Rivas es un escritor punk. Es punk porque cree en un lenguaje que “no quiere dominar”, es punk porque cree en las palabras como un milagro “insurgente”. Él trabaja la literatura porque ama los conceptos que se ponen en pie, los que “aún quieren decir”, los que “detectan el malestar en el que vivimos, nuestro ‘mal de aire’, nuestra emergencia”: “Las palabras para mí son seres detectores, como las luciérnagas, como los grillos, como las ranas o las libélulas, que nos indican los procesos de extinción que estamos viviendo. Me gusta la idea de las palabras que alertan. En ese sentido, la literatura para mí sería la desextinción”, cuenta a este periódico a cuenta de la publicación de su libro recopilatorio La tierra oculta (Alfaguara). 

Este volumen incluye libros fundamentales como Un millón de vacas, Los comedores de patatas o En salvaje compañía, además de una antología de relatos titulada Los habitantes de la dificultad.

En todas sus piezas, Rivas lucha contra la dominación, contra las hegemonías que nos asolan, que nos vuelven ciegos y cobardes y viles y tristes, seres robóticos que ya no miran la tarde cambiar de color. “Yo creo en la literatura que tiene una conexión con la naturaleza. En mis obras hay un intento de pegar el oído a la tierra, de escuchar a la naturaleza que grita. Yo creo que todo habla. Que todo puede hablar. Por eso es tan importante escuchar”, es decir, justo lo que ya no se estila en el siglo del ego y de aferrarse al micro para soltar la propia matraca.

Rivas cree en “levantar la nariz del papel y ver lo que no está bien visto”: “¿Recuerdas la leyenda que aparece en una de las estabas tremendas del cuaderno de la Inquisición de Goya? Se ve ahí a un reo, a una persona que ha sufrido tormentos, moribunda, prácticamente, al límite, y debajo pone la frase terrible, ‘por mover la lengua de otro modo’. Pues eso creo que esto va de intentar mover la lengua de otra forma”, explica. “Hay palabras que parece que se han quedado obsoletas, como ‘compromiso’ o ‘vanguardia’, pero no hay que tener miedo a utilizarlas, porque siempre vuelven a tener sentido cuando vivimos con un horizonte enfermo”.

Escribir, dice Manuel, es comprometerse. Cita a Miguel Torga: “El primer compromiso del escritor o de la escritora es escribir. Pero ten algo en cuenta: todo lo que escribas te compromete”. Le pregunto entonces si él se ha sentido señalado por implicarse ideológicamente. Por no callarse una. Por arrancarse el último pelo de la lengua.

“Hay prejuicios, claro. Pero creo que la mejor forma de contrarrestarlos es que la gente lea lo que escribes. No se puede escribir desde una torre de marfil, en cualquier caso, porque te pasa como decía Flaubert: que enseguida viene una marea de mierda y te lo sacude todo”, ríe. Por eso él no manda la conciencia de vacaciones. Porque edifica una “memoria fértil” que dialoga constantemente con la creatividad, con la madre de las musas. La poesía y el activismo son lo mismo: nos ayudan a ver el tiempo presente.

El escritor Manuel Rivas, durante la conversación con EL ESPAÑOL | Porfolio.

El escritor Manuel Rivas, durante la conversación con EL ESPAÑOL | Porfolio. Javier Carbajal.

P.- Escribiste ‘Contra todo esto’, un manifiesto rebelde. ¿Es Manuel Rivas un escritor antisistema?

R.- No sé si “antisistema”, porque tiene una connotación ambigua: se puede ser antisistema de un lado o del otro. Me gusta más la idea de lo indómito. La literatura no tiene amo. En el momento en el que escribes se ponen en marcha unos mecanismos que obedecen únicamente a la excitación creativa, que es una pulsión erótica frente al ‘tanatos’, que es la muerte y la excitación destructiva.

Esa excitación creativa para mí es un acto en sí mismo de rebelión, de lucha contra las convenciones, contra las palabras convertidas en arengas, contra las palabras despojadas de su posibilidad de aventura. El discurso hoy está dominado por lo apodíctico, por lo que no espera respuesta, por eso es tan necesaria la literatura, porque está llena de palabras que todavía quieren decir, que aún no están intoxicadas. Mientras escribes, no puedes tener dueño. Mientras escribes, no puedes tener amo.

P.- ¿Qué me dices de la gente que le pone vestidos a sus perros y les celebra los cumpleaños? ¿Qué hay de la “humanización cuqui” del animal?

R.- (Ríe). Me causa cierto desasosiego. Más que cariño, ves que hay una especie de prolongación de uno mismo en ese uso de animal. Hay que tener mucho cuidado: para mí es fundamental preservar los espacios salvajes, e incluso acercarse a procesos de renaturalización y desextinción. Hay algo que me interesa en la “mirada animal”. Hay un punto de resistencia en los animales que me fascina. Por eso es importante mirar a los ojos.

Estoy pensando en un cuento como el de ‘Encender la hoguera’, de Jack London, que es la historia de un hombre y su perro donde vemos una relación de supremacismo entre el ser humano y el animal. El protagonista camina bajo una nevada tremenda hasta llegar al límite de su supervivencia… y de su subsistencia. Entonces cuando se le acaba todo, cuando se agotan los fósforos, que está en peligro, que está congelándose… lo que le queda es mirar hacia su animal como último recurso. Es su mascota, pero a la vez es su último recurso. Y el animal le mira y entiende que ya no puede confiar en el ser humano: entonces huye.

Es una reflexión que deberíamos hacer: por qué, frente a los cuentos tradicionales donde asociamos el miedo con lo monstruoso, con el mundo animal, no pensamos en que la naturaleza nos mira como quien mira a un asesino en serie. Ya ni somos asesinos en serie: somos asesinos de masas. Hay una violencia en el mundo que atraviesa todas las fronteras. Hay dos grandes guerras abiertas ahora mismo en el mundo: la guerra contra la mujer y la guerra contra la naturaleza, y vienen arrastrándose a lo largo de la historia, acelerándose con la maquinaria pesada y el tecnopoder.

“Lo importante en el sexo es lo que queda fuera de las pantallas, lo que queda oculto: lo ves cuando empiezas a recuperar los sentidos”

P.- Citas a Borges, que habla de “crepúsculos desesperados” y señala que la tierra percibe el desamor. Me preguntaba cuánto hay de erotismo en la naturaleza: en la vida rural, en los campos, en el olor, el sudor, las manos grandes y toscas, la rudeza del protagonista, por ejemplo, de ‘Un amor’ de Coixet (la adaptación del libro de Sara Mesa). ¿El capitalismo gélido de las grandes ciudades nos arranca la libido, nos aísla del sexo?

"Soy un conservador de izquierdas”

R.- Coincido plenamente con la dirección que lleva tu pregunta. Tengo una referencia psicogeográfica al respecto. Es algo que aprendí de la gente del mar. Para la mayoría de la gente, la orilla es una idea de frontera, pero en la cultura tradicional y popular marinera, el mapa continúa por debajo del mar: allí todo tiene nombre, en ese mapa oculto… Y aquí aparecen dos espacios contrapuestos: por un lado está lo que llaman ‘la marca del miedo’, que sería el lugar del esquilme, donde todo se ha sobreexplotado, donde se ha llevado el supremacismo al límite y donde va desapareciendo la vida. Lo primero que desaparece es lo que llamaríamos el erotismo animal, porque allí no hay crías. No hay ‘viveiro’.

El contrapunto a eso se llama ‘almeiro’: es el lugar a donde acuden los seres marinos de forma natural y libre, es un lugar de crías, un lugar erótico, sin constricciones ni miedos. Digamos que en nuestra psicogeografía erótica, el almeiro está relegado, porque lo que domina todo es el síndrome del miedo.

Manuel Rivas, durante la sesión de fotos para EL ESPAÑOL | Porfolio.

Manuel Rivas, durante la sesión de fotos para EL ESPAÑOL | Porfolio. Carbajal.

P.- Entiendo que con eso te refieres a que nos domina el amor líquido, la obsolescencia programada de los cuerpos, la pornificación de la sociedad… ¿todo eso nos arrasa y nos vuelve, al final, poco eróticos, muertos, estériles?

R.- Sí, exacto. Morimos eróticamente cuando todo se convierte en mercancía. Cuando todo se puede cosificar. Aparentemente, tenemos acceso al sexo a través de las pantallas y la cacharrería, en fin, de la tecnología, ¡y es un falso acceso al sexo! Es una especie de realismo mágico. Un fraude. Realmente, en el espacio de la naturaleza estás despojado de toda esa cacharrería, y allí no estás preocupado en ser el foco de atención o en estar a la última o en estar en el ajo… lo que queda fuera de la tecnología son los cuerpos. Es la absoluta banalización, es la condición de la tecnopersona.

Te hacen creer falsamente que tienes acceso a todo, como si fueras un dios, un demiurgo, como si poseyeses una varita mágica con la que estar en todo. Todo lo que queda fuera de la pantalla y de su dominación es lo verdaderamente importante: lo importante en el sexo es lo que queda fuera de las pantallas, lo que queda oculto, y lo ves cuando empiezas a recuperar los sentidos.

Hay palabras que se han convertido en tópicos, oxidadas de tanto mal uso y de tanta manipulación… una de ellas es “amor”. Es una palabra que sólo vuelves a decir cuando la tocas. Hay conceptos que sólo recuperan el sentido cuando tenemos que balbucearlos. Cuando nos tiemblan los labios. 

"Hay conceptos que sólo recuperan el sentido cuando tenemos que balbucearlos. Cuando nos tiemblan los labios. Como 'amor'" 

P.- ¿Qué opinión te merece la expresión “hijo de puta”? Eso que Ayuso le ha dicho a Sánchez, sin ir más lejos, y de lo que luego ha hecho su chancita…

R.- (Ríe). Pues es paradójica, ¿no? Es como cuando dices “qué cabrón” a un amigo. A veces pensamos una cosa y decimos la contraria. Lo escribí en un cuento que se llamaba Los comedores de patatas. La historia comienza con un personaje adolescente que se llama Sam, y comienza con él en el hospital, porque robó un coche y tuvo un accidente. Ve a su madre y piensa “ay, cuánto la quiero”, pero de repente abre la boca y dice verdaderas burradas. “Deja de tocarme, deja de joderme”. Eso sí que es punkismo, ¿no te parece? Expresar amor o admiración en forma de desamor. De todas formas, lo que yo echo de menos en la política actual es la ironía.

El tono es muy importante, influye en cómo llegan las cosas. Y sí que hay una especie de mal humor todo el rato… a mí me parece que nuestros responsables políticos tienen una cara tremenda de no haber leído El Quijote. ¡Les falta ironía! Sus discursos carecen de esa herramienta tan imprescindible que detecta o expresa la libertad: el humor. Te decía lo de El Quijote por aquella parte en la que Sancho decía “está España tan abierta que es menester cerrarla” (ríe).

Todo está bien mientras los duelos sean verbales el problema es cuando las palabras pavimentan el odio.

Rivas, en un momento de la entrevista.

Rivas, en un momento de la entrevista. Carbajal.

P.- O esa violencia atmosférica, ambiental.

R.- Sí. El problema es cuando se quiere dominar al otro o negarlo. En fin. Del insulto me gusta su dimensión creativa. ¡Me gusta que inviten a jugar…!

P.- ¿Tienes un insulto favorito?

R.- Mi padre decía “ignorante”. Es buenísimo. También creo que lo más duro que se le puede decir a alguien es: "Fáltalle unha pataca para o quilo!" (¡Le falta una patata para el kilo!). Pero, sobre todo, me encanta esta idea de la poeta italiana Alda Verini: "Me gusta quien escoge con cuidado las palabras que no dice”.

“Nuestros políticos tienen una cara tremenda de no haber leído El Quijote: les falta humor, ironía"

P.- Firmaste a favor del gallego en el Congreso. ¿Por qué le escuece tanto este tema a la derecha? ¿No decían que Aznar hablaba catalán en la intimidad?

R.- Este tema es contradictorio, mira: si de verdad en este país existiese la condición de conservador… si la derecha fuera conservadora… ¡se posicionaría a favor de conservar las lenguas! En este país hay pocos conservadores. ¡Digo yo que si no no se pondrían a talar árboles o a abolir los carriles-bici…! Madre de dios, ¿qué tipo de conservadores son esos? Lo mismo pienso con las lenguas. Todos estamos de acuerdo en algo, hay algo con lo que todo el mundo se identifica, y es con valorar la diversidad, la riqueza. No conozco a nadie que diga “yo no, yo estoy por la uniformidad”.

P.- Una, grande y libre…

R.- (Ríe). La derecha está preocupada por preservar el español frente al catalán o al gallego pero ¿qué dicen respecto a la tremenda maquinaria del inglés? Si estás a favor de la diversidad, que sea para ejercerla. No hay tantas lenguas en el mundo. Hay 5.000 y pico, y cada día o cada poco tiempo van desapareciendo. Este patrimonio ibérico… resulta un poco chocante la reivindicación ésta del derecho a la ignorancia. Dice la derecha que es un despilfarro tener unos cuantos intérpretes en el Congreso de los Diputados (ríe). ¿Por qué no ven que es una riqueza? Podríamos hablar de una mirada ecológica hacia el patrimonio: nadie pone en duda que una iglesia prerrománica es una riqueza patrimonial, ¿por qué no pasa lo mismo con las lenguas?

Además, las lenguas no pesan. Es el dicho popular de “no ocupan lugar”. Están deseando abrazarse. Hay una relación erótica entre las lenguas. Digamos que no se les deja hacer el amor a las lenguas (ríe).

Carbajal.

P.- ¡Qué mojigatos somos cuando queremos…! Pensando en todo lo anterior que me dices, te pregunto: ¿tú eres un conservador de izquierdas?

R.- Oye, pues sí, soy un conservador de izquierdas, no me siento incómodo con esa denominación. Me parece que tiene una potencia conciliadora: la de las cosas que se presentan como contrarias pero que pueden estar unidas. Sería una posición creativa en el mundo de hoy.

"A Puigdemont, tomando un café, le diría que tiene que aprender a compartir"

P.- He leído tu postura hacia la amnistía: dices que estas a favor porque habla de un proyecto de país y que incluso le hubieses recomendado a Feijóo que lo hiciera. Ahora me pregunto qué le dirías a Puigdemont si te sentases a tomar un café con él.

R.- Le diría que tiene que aprender a compartir. Que tiene que desenvolver más esa dimensión. Lo que se llamó el ‘procés’ se había vivido, seguramente, por parte de cierta gente, como una voluntad de reivindicar una política, una ‘saudade’ de comunidad. Y digo esto porque siempre intento entender. Entiendo que podía latir en mucha gente esa necesidad de comunidad, ese hacer frente a un desasosiego que es compartido en el mundo muchas veces.

El pavor es frente al neoliberalismo: eso que decían los fachas de que la sociedad no existe… de acuerdo, pero es posible una libertad solidaria, y que esa solidaridad debe empezar por lo más cercano. Hay una tradición libertaria que no se identifica con España, o que siente que la historia de España es la más triste, como diría Gil de Biedma…

"En este país hay pocos conservadores, si no no se pondrían a talar árboles o a abolir carriles-bici ni a ir contra las lenguas”

P.- “Porque termina mal”.

R.- Sí. Pero yo creo que podemos redescubrir otra historia de España, otra lucha por la libertad que está en el federalismo, en la solidaridad compartida, en una tradición más heterodoxa. Hablemos del vivir en común y tratemos de que no nos aplasten las grandes palabras.

P.- ¿Como “patria”? O como la propia “España”.

R.- Sí, bueno, es que además de mal uso que se puede hacer también de los patriotismos locales, hay visiones del estilo “en el mundo no hay fronteras”… que son… (ríe). A ver: una cosa es que no quieras que haya fronteras, pero la verdad es otra. El problema es que el contrapunto de los nacionalismos extremos es ese falso universalismo que yo llamaría “cosmopaletismo”. ¡Y ya parece que el mundo es un gran aeropuerto…!

P.- Un “no lugar”, que dice ahora.

R.- Sí. Se trata de que esto no se convierta en un espacio inhóspito.

P.- Salvemos al mundo de convertirse en la gran sala de espera de un dentista.

R.- (Ríe). Intentemos gozar las cosas. “Gozar” es una palabra importante. Gocemos la diversidad, las diferencias, y no lo transformemos todo en impaciencia belicosa… en ansias por dominar…

P.- Por “conquistar”.

R.- Sí. Es ese afán conquistador, esa impaciencia posesiva. Creo en desarrollar la dimensión del compartir.

Rivas, en un momento de su charla con EL Español | Porfolio.

Rivas, en un momento de su charla con EL Español | Porfolio. Carbajal.

P.- Una cosa que me hacía mucha gracia, hablando con Siniestro Total, es vuestra capacidad de exportar como gallegos, ¿no? Nos disteis a Franco, a Fraga, a Rajoy… y ahora a Feijóo.

R.- ¡Oye! (ríe). También exportamos a Pablo Iglesias… al fundador del socialismo, claro. Y al apóstol del anarquismo, que era de Vigo, Ricardo Mella. Exportamos a una gran mujer que ya era ecofeminista en el siglo XIX, Rosalía de Castro. Y Concepción Arenal. Y dentro del feminismo, a su manera, también Emilia Pardo Bazán, una mujer de gran coraje. No te quedes con Fraga, Rajoy y estos… (ríe).

Mira lo bueno que dimos. Lo más interesante de lo que exportamos es lo que no se ve, lo que no aparece en los periódicos. En la Facultad estaba de moda hablar de la “aldea global”… y yo pensaba “pero si la aldea global es Galicia”. En mi casa también había una maleta emigrante. Mi padre estuvo en Venezuela. Algunas cosas se conocen bien de Galicia, pero yo destacaría su tradición popular festiva, heterodoxa… es un país sin tópicos, un país celebratorio que vive en sus canciones.

P.- Tú que has incidido tanto en 'Las voces bajas’, por ejemplo, o en ‘El último día de terranova’, en el tema de la guerra civil y en las voces de la intrahistoria, en la posguerra, la transición… ¿qué piensas cuando ves banderas franquistsa en Ferraz? ¿Piensas que el país sigue siendo guerracivilista?

R.- A mí me cuesta trabajo ser pesimista. No sé si seré muy despistado, espero que no…

P.- No sé por qué el pesimismo tiene más prestigio intelectual. Es más fácil de creer lo que es triste, ¿no?

R.- John Berger decía que hay que hacer como los perros, tener el hueso de la esperanza escondido y desenterrarlo… ¿sabes? Yo no creo que este país sea guerracivilista. Creo que hay que limpiar de miedo la mirada…

P.- Pero sin ensimismarse.

R.- Ya. No quiero perder el sentido de la realidad.

"No os quedéis con que Galicia exportó a Franco, Rajoy o Feijóo: también lo hizo con Pablo Iglesias o Rosalía de Castro, mira lo bueno que dimos"

P.- No creo que lo hagas. Estás permanentemente atento a lo que sucede en tus columnas, radicalmente comprometido, atravesado por la actualidad.

R.- Es que yo quiero ejercer mi derecho a soñar pero desde el principio de la realidad, y tampoco me creo esta realidad que domina la actualidad. Hay días que pienso que esto no tiene arreglo, claro, y veo a España como una pelea a garrotazos de Goya, esa estampa que parece que vuelve, y eso es una fatalidad, digamos, pero… hay una tarea, al margen de la política, que creo que se puede hacer desde el mundo de la cultura, y consiste en dejar que aflore esa otra realidad, en descolonizar la imaginación. En la naturaleza hay dos óptimas, dos miradas dominantes.

"No aceptaría ser ministro de Cultura con Sánchez: nunca seré un cargo en nada, mi compromiso es escribir"

Está la que sería la mirada de la rapiña, que es la mirada de los depredadores. Su área de visión está entre el 60 y el 90%, y su visión es de alta precisión. Es una herramienta para el ataque, para la posesión, para vencer, para dominar. Pero el campo de ceguera es muy amplio. Unos 300 grados. En cambio, la otra mirada, la de la becada, por ejemplo, (que es conocida como la centinela del bosque, más parecida a la liebre) tiene 360 grados de visión. Se alimenta de semillas… y es la primera que detecta en el bosque un peligro y que, con su canto y su vuelo, avisa a todos los demás. En España nos merecemos una revolución óptica sobre muchas cosas.

P.- En 2022 fuiste galardonado con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes del Ministerio de Cultura. ¿Serías ministro de Cultura con Sánchez?

R.- No… no aceptaría eso. Pero bueno, creo mucho en el “por favor, cierre con educación” (ríe). Soy consciente de que nunca seré un cargo en nada, y no es falsa modestia, es que nunca me lo propondrán ni yo tampoco aceptaría. Soy realista. Mi compromiso es escribir. No me sentiría bien siendo otra cosa que escritor.