Carles Puigdemont, Malú, María Jiménez y María Teresa Campos.

Carles Puigdemont, Malú, María Jiménez y María Teresa Campos. Guillermo Serrano Amat

EL BESTIARIO

Los dardos de Malú, pastelero Puigdemont y adiós a Campos y Jiménez

María Teresa Campos, Carles Puigdemont, Malú y María Jiménez; la autora comenta lo más destacado de la semana a través de sus protagonistas.

10 septiembre, 2023 02:21

María Teresa Campos

María Teresa Campos.

María Teresa Campos. Guillermo Serrano Amat

Hoy me cuesta hablar de ella. En los últimos años el dolor nos distanció y las enfermedades nos mantuvieron encerradas en nuestros respectivos silencios. Golpeada por un inesperado cáncer de garganta, Teresa abandonó la dirección de La mirada crítica (Telecinco) y yo respiré tranquila cuando atravesábamos los túneles de El Pardo, sofocadas ambas por el zumbido de los atascos, que no eran precisamente un antídoto para la claustrofobia.

Al cáncer de garganta le sucedería un ictus que soportó estoicamente mientras Piticlín, Piticlín concursaba en los mares de Honduras ejerciendo de superviviente. De nuevo en Madrid, Bigote Arrocet se hizo perdonar su aventura de macho Robinson y volvió a las andanzas de enamorado, que no durarían mucho dada la frecuencia con que ella caía enferma. Por suerte, Teresa era vitalista y se consolaba fácilmente con las actividades familiares y los viajes a Málaga. Lo demuestran las fotos publicadas con motivo de su fallecimiento. En todas ellas aparece sonriendo y rodeada de hijas y nietos. Parecía un canto a la alegría.

Según pasaban los años, Teresa era cada vez más premiada y cosechaba más audiencias. No le faltaban los palmeros ni los amigos de todas las estirpes. Sin embargo, jamás olvidó los sufrimientos de su primera época en Madrid, cuando aspiraba a hacer televisión y se pasaba largas horas en el antedespacho de Ramón Colom o el de María Antonia Iglesias esperando que la recibieran.

Después de muchos meses, cuando cualquier otra ya habría claudicado, la Campos se vino arriba y empezó a cosechar triunfo tras triunfo. Hasta hoy. De vez en cuando la asaltaba algún achaque impensado, ya fuera una bronquitis o un herpes zóster, pero nada le impedía ser "la reina de las mañanas", como ya la llamaba todo el mundo. Su fuerte eran los directos. Nunca necesitó leer un papel o consultar un periódico porque disponía de los mejores dones del buen comunicador: la improvisación y los reflejos.

Siempre la envidié, aunque empecé a superarla en achaques y lamentos. De repente me vi aquejada de "epoc" y glaucoma, con propensión al infarto (tres "stents" crucifican mi cuerpo) y serias dificultades respiratorias. Como quien dice, Teresa y yo estábamos casi empatadas.

Ella, además, escribía libros, ganaba premios, presentaba festivales y veraneaba en Marbella, donde recibía la visita de sus mejores amigos: Miguel Ángel Almodóvar, Jesús Mariñas, Raúl del Pozo, Arturo González, Rosa Villacastín, Esperanza Gracia, Cuca García de Vinuesa y tantos otros. Nunca le faltaron amigos porque siempre tenía un sitio libre en su mesa. No le faltaron tampoco los novios, entre los cuales sobresalía Félix Aritxabaleta, el mejor, vasco, socarrón, arquitecto y el preferido de las amigas.

Lo peor estaba por llegar, y llegó años después de la mano de Piticlín. Teresa redujo su trabajo televisivo a las tardes de los domingos con el programa Qué tiempo tan feliz y viajó mucho en compañía de Bigote Arrocet. Luego, con la pandemia a cuestas, nos distanciamos. Poco a poco, Marbella también pasó a la historia. Teresa Campos había perdido condiciones para viajar y los últimos años no estaba en condiciones de viajar. Todo se precipitaba: los calores, los incendios, las riadas, y la renuncia a las vacaciones. Teresa tomó una decisión irrevocable: vendió la casa y se refugió cerca de Terelu.

Entonces me di cuenta de que en este tiempo de silencio no nos habíamos permitido la reconciliación que teníamos pendiente. Ni una llamada, ni un WhatsApp. Nosotras, que nos habíamos prometido amistad desde los años setenta, de pronto nos dimos la espalda.

Ojalá un día me haga un sitio en el más allá, donde la corte celestial canta la misa de ángeles.

Carles Puigdemont

Carles Puigdemont.

Carles Puigdemont. Guillermo Serrano Amat

He aquí un hombre llamado para la polémica y el desparrame. Un simpático del Empordá, un loco de la colina, un beatle desubicado. Nacido en Amer (Girona) y nieto de gaditanos que le dejaron en herencia cuatro apellidos andaluces, Carles Puigdemont pertenece a una familia de desertores que hallaron cobijo en Benaocaz, tierra de pueblos blancos donde la sierra de Grazalema dispara los pluviómetros hasta alcanzar cifras insólitas. El abuelo, Francisco (requeté hasta el tuétano), salió de Amer en dirección al Sur, o sea, como su nieto pero al revés. Allí le pilló la guerra. Todo esto lo sabe muy bien el prófugo de Waterloo, que fue pastelero, periodista, alcalde de Girona, president de la Generalitat y "a más a más", desertor vocacional en homenaje al abuelo.

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Para instalarse en al autodestierro eligió Waterloo, ese punto del mapa que pasó a la historia en 1815 por la derrota de Napoleón. Puigdemont también pasará a la historia, aunque por otros motivos. Los que se derivan de una insoportable travesura de la "aritmética parlamentaria", que dicen los tertulianos. La vicepresidenta del Gobierno en funciones, Yolanda Díaz, lo ha sacado del ostracismo porque así lo exige el estado de necesidad que agobia a Pedro Sánchez como aspirante a repetir en la Moncloa. Hasta el punto de que el pastelero y sus siete diputados se han convertido en la masa madre de la gobernabilidad de España. Los tratos siguen abiertos, pero Puigdemont pide la Luna y los demás bailan a su alrededor de este hombre, que ya no es el del flequillo revuelto y traje cruzado, cuyas hechuras se le han quedado pequeñas. Matamala, el empresario que le paga la casa y las delicatessen, tendrá que rascarse el bolsillo para poner a su amigo en forma. Marcela Topor no se lo perdonaría.

María Lucía Sánchez (Malú)

Malú.

Malú. Guillermo Serrano Amat

El otro día le oí decir a Sabina que las canciones de amor no existen. Son las canciones de desamor las que pellizcan el alma y disparan el mercado. El ejemplo que saltó a la fama fue el dardo musical que Shakira le dedicó a Piqué (Te felicito). En aquella canción la barranquillera ponía verde a Gerard, y viceversa, Gerard ponía verde a Shakira. Más que una canción aquello era un rosario de pedradas. Decía algo así: "Por completarte me rompí en pedazos/ me lo advirtieron pero no hice caso, fue la gota que rebasó el vaso". Desaparecida Shakira de la vida del futbolista, llegó Clara Chía, sucesora de la barranquillera en la almohada del futbolista, y se amansaron los ánimos.

En la otra punta del mapa Albert Rivera y Malú reproducían el capítulo amoroso que a lo largo de diez años habían interpretado el político y la cantante. Cuando llegó el desamor ella se puso en jarras y le cantó las cuarenta al Ausente con letra y música de Pablo Alborán: "No entiendo por qué me siento tan sola cuando estoy contigo/ explícame el problema, porque yo no lo consigo/ yo te levanté, y eso no lo sabe nadie".

Efectivamente, el malquerer "se ha vuelto un vicio". Si se dice cantando, como ya hizo la gran María Jiménez hace décadas, pues mejor que mejor.

María Jiménez Cabo

María Jiménez.

María Jiménez. Guillermo Serrano Amat

Cantante y bailaora, fue esposa de Pepe Sancho hasta que, cansada de los continuos enfrentamientos con su marido, cogió el petate y se largó a Sevilla donde comenzó una nueva vida. Con Sancho, "el estudiante", se casó dos veces, pero a todos los efectos fue como si no se hubiera casado ninguna. Le costó olvidar Madrid. En cambio, él lo olvidó en un abrir y cerrar de ojos. Era un chuleta, de trazos rubialistas. Ella, un terremoto. Su única hija murió en un accidente de coche y la llevó siempre pegada a la piel.

María Jiménez desapareció del mapa y se quedó en Andalucía hasta la hora del adiós. Un carruaje negro tirado por dos caballos adornados con penachos de plumas la paseó por la ciudad al ritmo de las palmas. Toda Sevilla iba detrás. Las mujeres, como dolorosas de verano, decían no haber visto nunca un "paso" tan bonito, con un ataúd cargado de flores y telas. En la iglesia sonaron las guitarras y cantaron los gitanos. Sólo faltó un baile jerezano de los caballos, con los penachos en alto.

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Entrevisté a María una vez, una sola vez. Fue en su casa de Sevilla y me hizo un puchero para comer. Yo le hacía preguntas y ella contestaba con desgana. Cuando aún no habíamos terminado de comer, dije algo que lo le sentó bien y ella me puso a caldo. Traté de justificarme, pero María se calentaba cada vez más y de pronto me echó de la casa. Allí quedaron las patatas, el tabaco y no sé qué más. El corazón me iba a cien, como me va ahora, mientras pienso en María, que se ha ido al otro barrio en carroza negra y plumaje de ocasión.

Grande, María, un tardío descubrimiento del feminismo oficial, que estos días se agita con el culebrón de Rubiales.

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