Isabel Díaz Ayuso.

Isabel Díaz Ayuso.

LA TRIBUNA

La bendita polaridad de Ayuso

El autor pide luchar para que todos los españoles puedan gozar de la libertad de la que disfrutan los madrileños gracias a Isabel Díaz Ayuso.

12 mayo, 2021 03:18

“Hay tonterías que gustan mucho”. Así comenzaba Fernando Lázaro Carreter uno de sus desopilantes dardos en la palabra elaborados para desasnar al personal. Este concretamente lo dedicó a los tópicos en el lenguaje de periodistas y políticos. Son expresiones como la de “bien merecidas vacaciones”, que abre los telediarios cada verano, o la de “hacer los deberes” con que nos apuñalaron diariamente cuando tocaba hablar de los ajustes económicos.

Lo bueno de los tópicos, ironizaba el maestro, es su gran utilidad, porque “dan la idea acuñada, sin haber hecho el esfuerzo de troquelarla”. Gracias a ellos se descubría la mucha capacidad mimética y la poca capacidad de raciocinio de quienes los empleaban.

De seguir entre nosotros, es muy probable que hoy hubiera clavado su dardo en la palabra “polarizar”. Sin duda es una sandez de moda, que viste discursos políticos y da lustre a análisis periodísticos por doquier. Como lector, uno la acepta sin más, entendiendo por el contexto y el tono que eso de polarizar debe de ser algo malo, aun sin alcanzar qué cosa pueda significar.

Visto que algunos empleaban la palabra para afear la conducta de la flamante vencedora de las elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid, doña Isabel Díaz Ayuso, he acabado por concluir que cabe tildar de polarizador a quien defiende de manera nítida un polo, sin más. Un ejemplo de polarizador, para entendernos, podría ser el obstinado Atticus Finch de Matar a un ruiseñor, incapaz de llegar a un acuerdo de consenso con su comunidad.

Porque tendemos a olvidar que eso que llamamos consenso es la herramienta de la que se sirve la Hegemonía para perpetuarse. Enfrentarse al discurso hegemónico genera mucho desgaste, trae mucha infelicidad, es muy cansado. Así que es más que comprensible que, en cuanto uno puede (o cree poder) hacerlo, aparte de sí ese cáliz.

Eso es lo que ha hecho, por ejemplo, Inés Arrimadas. Esta líder, tras la nueva pero no última debacle de su partido, ha declarado que lo “valiente” es votar a Ciudadanos y no dejarse “arrastrar por uno de los dos bandos”. ¿Puede caber estrategia más desatinada en una formación política que nació como movimiento transversal y cuyo mayor valor histórico fue justamente el haber sido el primer partido que se atrevió a romper el oasis del consenso y a constituirse en un bando que se oponía sin ambages, sin complejos y sin concesiones al bando nacionalista que monopolizaba Cataluña?

El resultado de la partida jugada en Madrid es para celebrarlo: de una misma tacada Iglesias se retira de la política y Sánchez queda tocado

Y eso es justo lo que no ha hecho Ayuso. Frente al polo de la marea ideológica, ella se ha hecho fuerte en la gestión de la realidad. Frente a los totalitarismos de antiguo y nuevo cuño, ya sean nacionalistas, comunistas o de ideología de género, ella ha hecho de la libertad su bastión. Defensa de la libertad y gestión de la realidad, bendita sea la polaridad de Isabel Díaz Ayuso.

Gracias a ella Madrid es un espacio con categoría de símbolo, un locus amoenus mítico poblado de cuanto echamos en falta quienes vivimos en espacios cerrados, como Barcelona. Pero es también, sobre todo, un lugar espléndidamente real, donde hacer una eventual escapada para respirar aire libre o donde poder escapar de manera permanente si los pulmones le dicen a uno que basta ya de tanto aire viciado.

De ahí que seamos tantos quienes desde esta otrora envidiada capital del Mediterráneo hayamos celebrado como propio que la nube tóxica que amenazaba Madrid se haya disipado. En la capital de España no va a entrar el virus que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han inoculado en el Gobierno y en todos los organismos que de él dependen o reciben su influjo. Su ponzoñosa neblina, que como la décima plaga de Egipto arrebata el futuro, se ha detenido a las puertas de esa ciudad cuyos ciudadanos han dado el triunfo de manera abrumadora a Isabel Díaz Ayuso.

El resultado de la partida jugada en Madrid es para celebrarlo. De una misma tacada Pablo Iglesias se retira de la política y Pedro Sánchez queda tocado. Puede hacer, y hará, todavía mucho daño, pero la percepción de que estamos ante el final de su ciclo es generalizada.

Así que, enhorabuena, madrileños: os habéis ganado el futuro que ese frente político, que con salvaje sarcasmo se denomina a sí mismo “de progreso”, os iba a arrebatar.

Dicho lo anterior, conviene reprimir la euforia. No podemos olvidar que Ayuso es Madrid, es mucho Madrid y es sólo Madrid. La presidenta se debe, lógicamente, a la ciudadanía que la ha elegido y carecemos de la menor garantía que nos permita concluir que su espíritu combativo, su bendita polaridad, son extrapolables a todo su partido. Más bien nos tememos lo contrario.

En Barcelona la decadencia es generalizada, pero también algo peor: es perseverante

Pasada esa sensación de alivio, en Barcelona la libertad de Madrid la contemplamos desde el otro lado del muro, y cuando miramos hacia dentro vemos un paisaje devastado y devastador. Mi ciudad sigue ocupada por diversos radicalismos, y el fanatismo ideológico, ya sea nacionalista, okupa o yihadista, impregna cualquier dimensión de la actividad humana.

En Barcelona la decadencia es generalizada, pero también algo peor: es perseverante. Lejos de levantar acta del desastre para corregir el rumbo, los poderes fácticos y progresistas de la ciudad están empeñados en seguir dando “pasos hacia delante”.

Aunque el mastodóntico tinglado independentista sólo persigue ya a estas alturas su autointendencia, la poderosa inercia de su voluminosa masa es suficiente para garantizar tristísimos años de atraso económico y tensión social. En cuanto al izquierdismo iliberal, en Barcelona los antisistema dominan las instituciones y tienen cuerda para rato.

No importa que el descalabro de la en otros tiempos proverbial capacidad emprendedora de Barcelona sea más que evidente, no importa que aquello de considerarnos “la locomotora de España” sea hoy una broma cruel, o que la que en otro tiempo fue una ciudad cosmopolita y abierta tenga hoy un espíritu más similar al de Gerona que al de Nueva York, aquí siguen cavando.

Hace un par de días tuvimos un buen ejemplo de política de regresión en el ámbito económico: cuando la pandemia ha hundido a tantas empresas o llevado al límite la capacidad de resistencia de las que se mantienen en la cuerda floja, la Generalitat supedita la concesión de subvenciones al cumplimiento de la ley de uso del catalán, asegurándose de que las ayudas sólo lleguen a los de su cuerda. ¿Business friendly? Solamente en los eslóganes. Para el Govern de la mitad de los catalanes la identidad no es ni lo primero, es lo único.

Iglesias abandona la política, pero ficha por el nacionalista y dícese trotskista Roures para aportar su munición en la guerra política cultural

Otro ejemplo la semana pasada, este del ámbito de la cultura. Ferran Mascarell, el concejal del partido de Carles Puigdemont que en otro tiempo fuera inefable y eterno candidato in pectore a todo del PSC (cuando ese partido se nutría mayoritariamente de los votos de la inmigración procedente de otros lugares de España), logró arrancar a la alcaldesa Ada Colau el compromiso de presentar en tres meses una medida de gobierno para evitar promocionar la festividad de Sant Jordi con escritores que no usan el catalán.

Para Mascarell, que el catalán sea la lengua exclusiva de las administraciones al completo, de cada rincón del sistema educativo o de todo el bien untado tejido institucional, social y clientelar empresarial dependiente no es suficiente. El paladín opina que hay demasiados escritores catalanes que insisten en escribir en español y esto es una anomalía cultural que hay que corregir; además, no pueden aparecer junto a los que escriben en catalán, porque las comparaciones son odiosas.

Y pocos días antes de esto asistimos al episodio lamentable de la negativa a vacunar a los agentes de Policía y Guardia Civil destinados en Cataluña. O a los insultos que la decisión judicial de obligar a la vacunación motivó en la prensa del régimen, con comentarios periodísticos y tiras gráficas llenas de racismo hacia lo español que serían consideradas graves delitos de odio, sin el más mínimo resquicio de duda, si el destinatario fuese cualquier otro colectivo.

Iglesias abandona la política, pero ficha por el nacionalista y dícese trotskista Jaume Roures para aportar su munición en la guerra política cultural. En fin, sobran los ejemplos para mostrar que el andamiaje totalitario en Cataluña está en plena forma.

La hegemonía nacionalista sigue indiscutida, con las fuentes de financiación intactas y los cimientos firmemente asentados en los medios de comunicación que dan de comer a un porcentaje muy relevante de los hooligans de la causa, el sistema educativo consagrado a la construcción de la nación y las instituciones, gremios y asociaciones infiltradas de militantes.

Celebro que Madrid haya conjurado el peligro de los enemigos de la sociedad abierta

Sólo desde una posición nítida y beligerantemente polarizada como la de Ayuso, impermeable a la tentación de la conllevancia y a los cantos de sirena del consenso, podría hacerse frente a este régimen. Pero esta mujer, ¡ay!, no es el PP. Por el contrario, la actitud de consenso y conllevancia no parece del todo ajena al espíritu de Pablo Casado, de Teodoro García Egea o de Alberto Núñez Feijóo.

Creo más bien, en realidad, que todos ellos tienen unas ganas enormes de consolidar otros feudos como el de Madrid para poder desentenderse de una vez de Cataluña o del País Vasco, dejando carta blanca al nacionalismo con la única línea roja de la independencia formal.

Me temo que este peligro existe. Por eso, al tiempo que celebro que Madrid haya conjurado el peligro de los enemigos de la sociedad abierta, quiero expresar mi deseo de que el éxito de Madrid no se nos vuelva en contra a los españoles que vivimos fuera de sus fronteras.

Que Madrid no haya desaparecido como espacio de libertad al que poder huir cuando no aguantemos más es un consuelo, pero pobre consuelo si al final no nos queda más remedio que huir allí. Emigrar a Madrid no es la solución. El objetivo tiene que ser que ningún español sea discriminado en España por el hecho de serlo. Hay que luchar para que todos los ciudadanos españoles podamos disfrutar de esa libertad, en cualquier rincón del país.

Está por ver si el plan es ese, porque Ayuso ha triunfado, albricias, pero hoy por hoy, la suerte de tener a Ayuso la tienen sólo en Madrid.

*** Pedro Gómez Carrizo es editor.

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