Nevera con escarcha

Nevera con escarcha Creación propia

Omicrono

Los expertos coinciden: 3 mm de escarcha en el frigorífico pueden suponer aumentos del consumo de hasta un 30%

Un mal mantenimiento de la nevera, que haga que coja pocos milímetros de escarcha, puede disparar hasta un 30% el consumo eléctrico de esta.

Más información: Ronald Rondón, técnico: "Los cajones del frigorífico no están ahí por casualidad, ayudan a conservar los alimentos"

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El frigorífico es el único electrodoméstico que no descansa nunca. Está enchufado los 365 días del año y por eso concentra buena parte de la factura eléctrica de cualquier hogar.

Según algunos fabricantes, este aparato es responsable de cerca del 19% del consumo eléctrico doméstico. Un porcentaje que puede dispararse todavía más si no se cuida un detalle que parece insignificante: la escarcha.

Basta con que se acumulen apenas 3 mm de hielo en las paredes del congelador para que el consumo suba hasta un 30%. Puede sonar exagerado, pero organizaciones de consumidores han llegado exactamente a la misma cifra en sus propios análisis sobre ahorro energético.

La explicación tiene que ver con la física más básica. Esa fina capa de hielo actúa como aislante y obliga al motor a esforzarse mucho más para mantener la temperatura interior estable.

Cuanto más trabaja el compresor, más electricidad gasta el aparato. Y ese sobreesfuerzo, mantenido durante semanas o meses, termina notándose de forma clara en el recibo de la luz.

La solución más cómoda pasa por los frigoríficos con sistema NoFrost, que evitan por completo la formación de escarcha. Quien todavía no pueda cambiar de electrodoméstico puede recurrir a la descongelación manual periódica, revisando el congelador cada pocas semanas.

Hay otro síntoma que conviene vigilar de cerca. Si el hielo vuelve a aparecer muy rápido justo después de haberlo retirado, suele ser señal de que la goma de la puerta ya no cierra herméticamente, y hay que reparar las gomas.

Ese fallo en el sellado deja entrar aire caliente de forma constante. El resultado es un círculo vicioso: más escarcha, más consumo y un desgaste prematuro del motor.

La temperatura del termostato también influye, y mucho, en la factura final. Ajustar el frigorífico a unos 5 grados y el congelador a entre -17 y -18 grados es suficiente para conservar bien los alimentos sin disparar el gasto.

Bajar el termostato pensando que así se enfría mejor no aporta ninguna ventaja real. Solo consigue que el aparato trabaje de más y que aumente el riesgo de que se forme hielo con mayor rapidez.

La ubicación del electrodoméstico dentro de la cocina es otro factor que suele pasarse por alto. Colocarlo junto al horno, cerca de un radiador o pegado a una ventana muy soleada obliga al motor a compensar constantemente ese calor extra.

Dejar unos centímetros libres alrededor del frigorífico, especialmente en la parte trasera, permite que el aire circule y que el sistema de refrigeración respire con normalidad. También hay que revisar la parrilla trasera para eliminar el polvo acumulado.

Los hábitos del día a día pesan casi tanto como el propio aparato. Abrir la puerta durante mucho tiempo, meter comida todavía caliente o desorganizar los estantes obliga al frigorífico a recuperar el frío perdido una y otra vez.

Descongelar alimentos dentro del propio frigorífico, en lugar de dejarlos a temperatura ambiente, también ayuda a reducir ese esfuerzo. De paso, aporta un frío extra que el motor agradece y que se traduce en menos consumo.

La antigüedad del electrodoméstico añade otra variable a tener en cuenta. Un frigorífico con más de diez años pierde eficiencia de forma progresiva y rara vez incorpora las tecnologías de ahorro actuales.

Para quienes estén pensando en cambiarlo, conviene recordar que la etiqueta energética cambió hace tiempo y que ya no existen las clasificaciones A+++. Fijarse en la nueva escala de letras es la forma más fiable de comparar el consumo real entre distintos modelos.