Termo eléctrico en un baño

Termo eléctrico en un baño Tesy Omicrono

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Los expertos coinciden: "la temperatura ideal para un termo eléctrico de agua se sitúa entre 50 °C y 60 °C"

Los expertos recomiendan mantener el termo eléctrico entre 50 °C y 60 °C para evitar la legionela y ahorrar en la factura de la luz.

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El termo eléctrico es uno de los electrodomésticos que más protagonismo ha cobrado en los últimos años en los hogares españoles. Sin embargo, muchos usuarios desconocen a qué temperatura deben mantenerlo para sacarle el máximo partido.

Ajustar mal la temperatura del termo tiene consecuencias directas. Puede traducirse en un gasto energético innecesario o, en el peor de los casos, en un riesgo para la salud.

Los técnicos especializados en climatización e instalaciones de fontanería llevan tiempo insistiendo en un rango concreto. Ese rango se sitúa entre los 50 °C y los 60 °C.

Por debajo de esa horquilla, el agua puede convertirse en un caldo de cultivo para bacterias. La más conocida y peligrosa es la legionela, causante de infecciones respiratorias graves.

La legionela prolifera especialmente entre los 20 °C y los 45 °C. Por eso los expertos recomiendan no bajar nunca de los 50 °C en el termo eléctrico.

Por encima de los 60 °C, en cambio, el problema cambia de naturaleza. El consumo eléctrico se dispara y el desgaste del aparato se acelera de forma notable.

Cada grado adicional por encima del umbral recomendado implica un sobreesfuerzo para la resistencia del termo. Ese sobreesfuerzo se traduce, mes a mes, en facturas más elevadas.

Además, el agua excesivamente caliente incrementa el riesgo de quemaduras. Esto es especialmente relevante en hogares con niños pequeños o personas mayores.

Los fabricantes de termos eléctricos suelen incluir un termostato regulable de fábrica. La recomendación general es fijarlo en torno a los 55 °C, un punto intermedio dentro del rango seguro.

Ese valor permite combinar dos objetivos que a priori parecen contrapuestos. Por un lado, se garantiza la eliminación de bacterias; por otro, se controla el gasto energético.

Algunos modelos más modernos incorporan un modo llamado "antilegionela" o "eco". Este modo eleva puntualmente la temperatura por encima de los 60 °C durante un periodo breve para desinfectar el depósito.

Después, el termostato vuelve automáticamente al rango de confort habitual. De este modo se combina la seguridad sanitaria con la eficiencia en el día a día.

Los especialistas en eficiencia energética también apuntan a otro factor determinante. El aislamiento del termo influye directamente en la temperatura que hay que programar.

Un termo con buen aislamiento térmico pierde menos calor con el paso de las horas. Esto permite mantenerlo en la parte baja del rango, en torno a los 50-55 °C, sin perder confort.

Por el contrario, un termo antiguo o mal aislado obliga a subir la temperatura con más frecuencia. El resultado es un consumo eléctrico mayor para compensar esas pérdidas de calor.

Mujer ajustando un termo eléctrico.

Mujer ajustando un termo eléctrico. iStock Omicrono

La ubicación del aparato también entra en juego. Un termo instalado en una zona fría de la vivienda, como un garaje o una terraza cubierta, pierde calor más rápido que uno situado en el interior.

En esos casos, los técnicos aconsejan revisar el aislamiento del propio armario o mueble que lo alberga. Una simple manta térmica o un recinto cerrado puede marcar la diferencia en la factura.

Otro aspecto que suele pasarse por alto es la frecuencia de uso del agua caliente. Los hogares con mayor consumo pueden permitirse temperaturas algo más bajas, ya que el agua se renueva con más asiduidad.

En cambio, las viviendas donde el termo permanece encendido pero apenas se usa durante días deberían vigilar más de cerca el riesgo bacteriológico. En esos casos conviene no bajar de los 55-60 °C de forma habitual.

Los expertos en mantenimiento del hogar recuerdan además la importancia de la revisión periódica.

Un termo mal mantenido, aunque esté a la temperatura correcta, puede acumular cal y sedimentos. Esa acumulación reduce su eficiencia y obliga al aparato a trabajar más para alcanzar la temperatura programada.