Hendrik Jonkers

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Henk Jonkers: "Mezclamos bacterias con el hormigón y cuando entra agua por una grieta sellan la fisura"

Un microbiólogo holandés ha diseñado un hormigón con bacterias capaz de sellar sus propias grietas solamente con el agua de lluvia.

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En los laboratorios de la Universidad Técnica de Delft, en los Países Bajos, un microbiólogo lleva años trabajando en un material que parece sacado de la ciencia ficción.

Se trata de un hormigón capaz de sanar sus propias grietas cuando el agua de lluvia entra en contacto con ellas.

Más allá del reconocimiento, la tecnología busca resolver uno de los problemas más caros de la construcción moderna. El deterioro progresivo del hormigón obliga a reparaciones constantes que cuestan miles de millones cada año en todo el mundo.

Inspirado en el cuerpo humano

La idea de Jonkers nació de una comparación sencilla, pero brillante. Si los huesos humanos pueden repararse a sí mismos gracias a la mineralización de las células osteoblastos, ¿por qué no aplicar el mismo principio al material de construcción más usado del planeta?

El propio investigador explicó en documentos oficiales de la Oficina Europea de Patentes que pensó precisamente en ese mecanismo de curación natural de los huesos. A partir de ahí desarrolló un sistema que utiliza bacterias productoras de piedra caliza para sellar las grietas de forma automática.

Hendrik Jonkers

Hendrik Jonkers Universidad Técnica de Delft Omicrono

Las especies elegidas son extremadamente resistentes. Bacillus pseudofirmus y B. cohnii habitan de forma natural en lagos muy alcalinos situados cerca de volcanes, un entorno hostil que las ha dotado de una capacidad de supervivencia excepcional.

Estas bacterias pueden permanecer completamente inactivas durante hasta 200 años. Esperan pacientemente el momento exacto para despertar y ponerse a trabajar.

Cápsulas dormidas dentro del cemento

Las bacterias se introducen junto a su alimento, lactato de calcio, en cápsulas biodegradables de entre dos y cuatro milímetros. Estas cápsulas se mezclan con el cemento durante el proceso de fabricación, como un ingrediente más.

El sistema permanece dormido mientras el hormigón está intacto. Solo se activa cuando aparece una grieta y, sobre todo, cuando llega el agua.

El responsable de este hallazgo es el Dr. Henk Jonkers, especialista en comportamiento bacteriano. Su creación, bautizada como bio-hormigón, le valió ser finalista del prestigioso Premio Europeo del Inventor en 2015.

El proceso de autorreparación se desencadena en varias fases casi cinematográficas. Primero, el agua de lluvia se filtra a través de las microfisuras hasta alcanzar las cápsulas bacterianas escondidas en el interior.

Después, las bacterias detectan la humedad y salen de su letargo, alimentándose de inmediato del lactato de calcio disponible a su alrededor. Durante ese proceso metabólico producen carbonato de calcio, esencialmente piedra caliza natural, como residuo de su actividad.

Esa piedra caliza se cristaliza directamente dentro de la grieta y la sella por completo en aproximadamente tres semanas. El resultado es un material que recupera su integridad estructural sin que ningún operario tenga que intervenir.

Hay además un efecto secundario muy útil. Las bacterias consumen oxígeno mientras están activas, y esa reducción de oxígeno disponible frena la corrosión del acero de refuerzo que suele ir dentro del hormigón.

Las pruebas de laboratorio han demostrado que el sistema repara con eficacia grietas de hasta 0,5 milímetros de ancho. Esa cifra duplica o incluso triplica lo que logra el hormigón convencional por sí solo.

Existe, eso sí, un límite físico que no puede superarse. Las grietas no pueden exceder los 8 milímetros de amplitud para que la reparación funcione correctamente.

En cuanto a la longitud de las grietas, Jonkers ha sido claro al respecto. Según sus propias palabras, el material puede reparar fisuras de cualquier tamaño, desde centímetros hasta kilómetros.

De los canales de Ecuador a la costa holandesa

El bio-hormigón ya ha pasado por pruebas exigentes fuera del laboratorio. En 2014 se aplicó en canales de irrigación del Parque Nacional Llanganates, en Ecuador, unas estructuras sometidas a fluctuaciones extremas de temperatura en plena cordillera de los Andes.

Esquema de funcionamiento del hormigón autoreparable

Esquema de funcionamiento del hormigón autoreparable Basilisk Concrete Omicrono

Esos canales solían agrietarse con frecuencia, lo que provocaba pérdidas de agua críticas para los cultivos de la zona. El material bacteriano ayudó a mantener la estanqueidad de las instalaciones pese a las condiciones adversas.

Otro ejemplo destacado es una estación de salvamento construida en 2011 en la costa del Mar del Norte holandés. Expuesta sin descanso al viento, la sal y los ciclos de congelación y deshielo, la estructura ha permanecido hermética durante más de una década.

Un material todavía caro, pero con futuro

La tecnología se comercializa a través de Green Basilisk, una empresa derivada de la TU Delft fundada en 2015. La firma ofrece hoy varias versiones del producto: hormigón con bacterias integradas desde la fabricación, mortero pensado para reparar daños ya existentes y un sistema líquido que se aplica después de que aparezca el problema.

Por ahora, el bio-hormigón cuesta aproximadamente el doble que el hormigón tradicional. El principal responsable de ese sobrecoste es el lactato de calcio que alimenta a las bacterias durante décadas de espera.

Hay investigaciones en marcha para abaratar el proceso mediante sustitutos basados en azúcar como nutriente bacteriano. Según la consultora IDTechEx, aunque el coste inicial puede ser hasta un 30 por ciento superior al del hormigón normal, los ahorros en mantenimiento a largo plazo compensan con creces esa inversión.

La investigación en este campo no se detiene en el trabajo de Jonkers. Un equipo de la Universidad de Stuttgart presentó en 2025 una variante que emplea orina humana como materia prima, con resistencias superiores a los cincuenta megapascales gracias al uso de urea técnica.

En paralelo, investigadores del MIT estudian la bacteria Bacillus subtilis para desarrollar materiales autorreparables con aplicaciones tanto en construcción como en biomedicina. El camino hacia edificios y carreteras que se cuiden solos parece, cada vez más, una cuestión de tiempo.