Un aire acondicionado.

Un aire acondicionado. E.E.

Omicrono

Los arquitectos coinciden: "La mejor opción que existe para mantener la casa siempre fresca en verano es el efecto chimenea"

Un experto detalla cómo aprovechar las corrientes de aire naturales y la inercia térmica para sobrevivir al calor sin disparar la factura de la luz de las viviendas.

Más información: Los expertos coinciden: "Elegir el tipo de aire acondicionado que mejor se adapta a tu casa depende de dos factores"

N.C.
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Pasa todos los años. Llega el verano, los termómetros se disparan y en las casas españolas se desata el mismo drama: la lucha entre el confort térmico y el miedo a abrir la factura de la luz. En nuestro intento por no derretirnos, solemos pensar que la única salvación pasa por exprimir el aire acondicionado. Pero, ¿y si la clave para no pasar calor llevara inventada siglos y no costara un solo euro?

Juan Pacheco, arquitecto y fundador del estudio Pacheco y Asociados, tiene clara la respuesta. En una reciente charla con la revista Arquitectura y Diseño, desmontaba el mito de la dependencia tecnológica con una lección básica de supervivencia estival. Según el experto, para lograr un "fresco real" sin encender ninguna máquina, primero tenemos que entender al enemigo. El calor invade nuestro refugio de tres formas: radiación, conducción y convección.

Una vez que asumimos esto, la solución pasa por aplicar lo que los profesionales llaman el efecto chimenea.

La solución es asombrosamente sencilla. El aire caliente pesa menos y, por pura inercia, sube. Si abrimos una ventana en la parte más alta de nuestra fachada sur —la que suele llevarse el peor castigo del sol—, ese aire menos denso y recalentado que se acumula cerca del techo encontrará una vía de escape.

Al salir de forma natural, la propia casa genera un efecto de succión (un vacío) que "tira" del aire fresco del exterior hacia adentro. ¿Por dónde entra ese aire limpio? Por una apertura baja que dejaremos estratégicamente abierta en la fachada norte, la más sombreada de la vivienda.

Aire acondicionado.

Aire acondicionado.

"La clave es crear una diferencia de presión que renueve todo el volumen del aire. El flujo entra por la zona más fresca y sale por la más caliente, así se logra el efecto chimenea", detalla Pacheco.

No es magia, es termodinámica. De esta manera, acabas de crear una corriente continua y cruzada que renueva el ambiente sin enchufar ni un solo ventilador.

Pero este sistema pasivo no hace milagros si boicoteamos nuestra propia casa. La regla de oro de cualquier arquitecto en verano se resume en una máxima muy simple: de noche ventilamos, de día sellamos.

Aquí es donde entra en juego la inercia térmica. Los muros gruesos, ya sean de ladrillo o bloques de hormigón, actúan como baterías. Tardan mucho en calentarse, pero también en enfriarse.

Si los "cargamos" de aire fresco por la noche y los blindamos del sol por el día bajando persianas y toldos, mantendrán la casa como una cueva.

Lo mismo ocurre con un suelo de terrazo, una pared de piedra vista o incluso con estanterías macizas: se convierten en auténticas "pilas de frío" para estabilizar la temperatura.

Aun aplicando todo esto, la orientación de tu edificio es la que es. Lo que sí puedes cambiar es cómo te mueves por él. Pacheco lanza una recomendación muy práctica: entre las 14:00 y las 19:00 horas, huye hacia las zonas orientadas al norte o al este.

Curiosamente, la hora de más calor en la calle no coincide con el infierno dentro de casa. En una fachada orientada al oeste y sin protección, el sol puede calentar el exterior a 42 grados. Sin embargo, ese calor tarda entre seis y ocho horas en atravesar un muro de ladrillo macizo de 30 centímetros. Por eso, el temido "pico de calor" interior te pilla justo al anochecer.

Por último, no subestimes el poder de las plantas. La vegetación exterior no es solo decorativa; actúa como un escudo térmico natural capaz de rebajar hasta ocho grados la temperatura de su entorno más inmediato.