Un sistema de misiles balísticos en Irán.

Un sistema de misiles balísticos en Irán. Reuters

Observatorio de la Defensa

Irán, Ucrania, Sudán, Yemen o Myanmar: más de 50 conflictos armados permanecen activos en el mundo

El mapa actual, marcado por guerras de alta intensidad, insurgencias crónicas y amenazas híbridas, refleja una escalada preocupante.

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Las claves

Las claves

Más de 50 conflictos armados permanecen activos en el mundo, con niveles de violencia sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial.

Las guerras en Ucrania, Sudán, Irán, Yemen y Myanmar destacan como principales focos de inestabilidad global, con miles de víctimas y graves crisis humanitarias.

La degradación del derecho internacional y la multipolaridad, con EEUU, China y Rusia como protagonistas, favorecen la expansión y simultaneidad de conflictos.

En África y América Latina, la inestabilidad se agrava por la presencia de grupos armados, insurgencias y el colapso de estructuras estatales, afectando a millones de civiles.

El orden mundial se tambalea. Desde Ucrania y Sudán hasta Irán, el Líbano, el Sahel o Myanmar, el sistema internacional registra su mayor nivel de violencia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con más de 50 conflictos armados activos que ponen a prueba la estabilidad global.

El mapa actual, marcado por guerras de alta intensidad, insurgencias crónicas y amenazas híbridas, refleja una escalada preocupante. La crisis ya no radica en la existencia de focos aislados, sino en la simultaneidad, expansión y conexión estructural de estas confrontaciones.

Informes de ACLED y del Council on Foreign Relations confirman que el número de conflictos armados alcanza máximos históricos. Esta tendencia converge con una degradación sostenida del derecho internacional que, durante décadas, ha actuado como dique de contención frente al uso indiscriminado de la fuerza.

El resultado es un cambio de paradigma: la guerra ya no aparece como una excepción del sistema internacional, sino como uno de sus elementos constitutivos. El orden mundial de posguerra, construido sobre la idea de la contención de la violencia, se ha quebrado definitivamente.

Tres grietas explican esta nueva era de inestabilidad: una multipolaridad donde EEUU, China y Rusia se disputan el terreno con agresividad; un derecho internacional que ha perdido su capacidad de poner límites; y unos Estados cada vez más frágiles, donde las guerras civiles y las tácticas híbridas se han convertido en la nueva normalidad.

Oriente Próximo

Uno de los focos de mayor tensión se sitúa en Irán, donde una escalada militar iniciada a finales de febrero de 2026 ha desembocado en una cadena de ataques entre fuerzas vinculadas a Estados Unidos, Israel y el régimen de los ayatolás.

La situación ha pasado de la guerra por proxy a auténticos golpes directos entre Estados, con bombardeos contra instalaciones militares y nucleares en Irán, y ataques con misiles y drones lanzados desde Irán hacia territorio israelí y hacia bases estadounidenses en países del Golfo, que han dejado miles de víctimas y generado una ola de inestabilidad en los mercados energéticos internacionales.

Actualmente rige una tregua entre Irán, Estados Unidos e Israel. Sin embargo, este alto el fuego es sumamente inestable. Está pendiente de unas negociaciones que no terminan de concretarse. El conflicto ya ha dejado miles de víctimas y sacude las rutas comerciales más sensibles, como el Mar Rojo y el bloqueo naval en el estrecho de Ormuz, vitales para el flujo energético global, y empuja al alza los precios internacionales.

Más allá de su confrontación con Irán, Israel mantiene una dinámica de hostilidades abiertas: con Líbano y Hezbolá, marcada por bombardeos recurrentes, respuestas cruzadas y una escalada que mantiene en tensión permanente la frontera norte.

El resultado es un frente secundario que ha dejado ya más miles de muertos en territorio libanés y que amenaza con consolidarse como un conflicto de mayor alcance, con efectos militares, políticos y humanitarios cada vez más profundos.

Israel también mantiene el conflicto en la Franja de Gaza, caracterizado por una situación que diversas organizaciones humanitarias y organismos internacionales califican de "catastrófica". Aunque nominalmente entró en vigor un alto el fuego el 11 de octubre de 2025, en la práctica, las hostilidades no han cesado.

Ucrania

La guerra de desgaste entre Ucrania y Rusia ha entrado en su quinto año en el corazón de Europa sin una resolución a la vista.

El frente se mantiene bloqueado en términos territoriales, pero permanece activo en intensidad: bombardeos constantes, guerra de drones y ofensivas puntuales mantienen la presión sobre el terreno, sin que uno u otro bando consiga un avance decisivo.

La dependencia de Ucrania del apoyo occidental se ha convertido en un eje clave del conflicto, sobre todo tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su decisión de cortar su apoyo directo.

En este contexto, la Unión Europea ha asumido un papel central, con un nuevo paquete de ayuda financiera y militar que incluye un préstamo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, de los cuales unos 60.000 millones se destinan a compra de armas y municiones y 30.000 millones a apoyo presupuestario.

Esta combinación de ayudas económicas y suministro de material militar europeo permite a Kiev sostener su esfuerzo de defensa, mientras las líneas del frente, aunque relativamente estancadas, siguen bañadas en ataques aéreos, artillería y drones, con intercambios esporádicos de prisioneros y ofensivas puntuales que mantienen viva la guerra de desgaste.

África

El continente africano se consolidó en 2025 como el epicentro de la inestabilidad global y continúa siéndolo en 2026. El 79% de la actividad mundial de Estado Islámico se concentra en África, que vive una tormenta perfecta donde convergen guerras civiles, insurgencias yihadistas y un profundo reajuste del mapa geopolítico.

La región atraviesa un punto de no retorno tras la expulsión de las tropas francesas de Chad, Senegal y Costa de Marfil, marcando el fin de la influencia occidental en un territorio gobernado por juntas militares.

En Mali, Burkina Faso y Níger, el vacío de seguridad ha sido ocupado por filiales de Al Qaeda y el Estado Islámico, cuyas tácticas se entrelazan con la inestabilidad política derivada de una cadena de golpes de Estado desde 2020. En Mali, que cuenta con el apoyo militar del Kremlin, la situación se está complicando en la última semana tras el asesinato del ministro de Defensa, el general Sadio Camara, en una ofensiva coordinada por yihadistas y los rebeldes independentistas del norte.

Gran parte del continente africano se desangra en una espiral de violencia donde la creciente injerencia extranjera y el colapso de las estructuras estatales bloquean cualquier atisbo de solución diplomática.

La situación en Sudán se ha convertido en una catástrofe humanitaria sin precedentes, marcada por un saldo superior a los 150.000 fallecidos y un país reducido a escombros.

El conflicto entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), iniciado en 2023 y que aún continúa, ha forzado a más de diez millones de personas a abandonar sus hogares, mientras cerca de treinta millones dependen actualmente de ayuda externa para sobrevivir.

Los propietarios de carretas en Chad transportan pertenencias de personas sudanesas que huyeron del conflicto en la región de Darfur, en Sudán, mientras cruzan la frontera entre Sudán y Chad en Adré, Chad, el 4 de agosto de 2023.

Los propietarios de carretas en Chad transportan pertenencias de personas sudanesas que huyeron del conflicto en la región de Darfur, en Sudán, mientras cruzan la frontera entre Sudán y Chad en Adré, Chad, el 4 de agosto de 2023. Reuters

Cinco millones de niños de toda la región de Darfur, en Sudán, se enfrentan a una situación de extrema privación, según ha informado la agencia de las Naciones Unidas para la infancia, que acaba de emitir una alerta de emergencia por la situación.

Lejos de detenerse, la violencia se intensifica bajo una estela de graves abusos contra la población civil, una barbarie alimentada por el suministro de armamento desde Emiratos Árabes Unidos a las filas rebeldes.

Este apoyo exterior no solo prolonga el enfrentamiento, sino que acelera la fractura de un Estado que hoy se encamina peligrosamente hacia una partición definitiva.

En paralelo, la crisis en el este de la República Democrática del Congo permanece cronificada, con el avance del grupo rebelde M23 en Kivu del Norte disparando las tensiones regionales ante las acusaciones de apoyo ruandés a los insurgentes.

Milicianos de Boko Haram.

Milicianos de Boko Haram. EFE

Esta inestabilidad se extiende de punta a punta del continente: en Somalia, la guerra civil abierta desde 1991 frente a Al‑Shabaab acumula entre 376.000 y más de un millón de fallecidos, con más de 10.000 muertes en 2025 -último dato registrado- en medio de operaciones contra células vinculadas a ISIS y Al‑Qaeda.

En el sur de África, la insurgencia islamista en Cabo Delgado, al noreste de Mozambique, golpea proyectos energéticos estratégicos y muestra cómo el extremismo ha logrado una proyección transcontinental que desestabiliza la seguridad regional.

En el mapa de conflictos africanos no puede omitirse Nigeria, donde la insurgencia de Boko Haram, abierta en 2009, ha dejado más de 107.000 muertos.

Aunque la violencia se ha reducido en los últimos años —alrededor de 3.200 fallecidos en 2025—, el grupo sigue activo, manteniendo una amenaza latente en el noreste del país y recordando que la inestabilidad se mantiene pese a la aparente calma.

Asia

El continente asiático afronta un mosaico de conflictos persistentes y múltiples frentes, donde la violencia se entrelaza con tensiones étnicas, religiosas y geopolíticas.

En Myanmar, el país se desgarra en una guerra civil particularmente fragmentada desde 2021, con más de 1.200 muertes anuales y la presencia de militares, guerrillas y decenas de grupos étnicos enfrentados, convirtiendo al conflicto en uno de los más pulverizados del planeta.

La toma del poder por parte del ejército en 2021 desencadenó en Myanmar una rebelión armada de carácter nacional que aún perdura y sigue ardiendo en la actualidad.

La toma del poder por parte del ejército en 2021 desencadenó en Myanmar una rebelión armada de carácter nacional que aún perdura y sigue ardiendo en la actualidad. Athit Perawongmetha Reuters

El gobierno de unidad ha declarado una “guerra total” contra la junta, y en 2026 ha intensificado las operaciones, incluyendo el uso de misiles de precisión y ataques coordinados en zonas estratégicas, lo que ha obligado a muchas unidades del Tatmadaw a retirarse o a batirse en retirada.

Más al oeste, la frontera entre Afganistán y Pakistán, marcada por la línea Durand, la frontera artificial trazada en 1893 entre el entonces Imperio británico en la India y el Emirato de Afganistán, vuelve a latir como epicentro de tensiones, donde la presencia del Estado Islámico y otros grupos yihadistas mantiene la región en una espiral de violencia transfronteriza.

Yemen sigue siendo un país totalmente devastado.

Yemen sigue siendo un país totalmente devastado. Reuters

En Medio Oriente, Yemen sigue siendo escenario de una de las crisis humanitarias más devastadoras del mundo. El enfrentamiento entre el gobierno respaldado internacionalmente y los rebeldes hutíes, con la mano invisible de potencias regionales, ha dejado lugar a una sucesión de treguas inestables y a una continuidad de ataques esporádicos.

La combinación de hambre, colapso sanitario y fragmentación política impide cualquier solución duradera, mientras Siria, aunque lejos del pico de la guerra civil de 2011, mantiene su territorio partido: el gobierno domina grandes zonas, pero el norte y el este se dividen entre influencia kurda y presencia militar turca.

La sociedad siria, rota por millones de desplazados, vive en un estado de guerra congelada, donde los enfrentamientos esporádicos conviven con una crisis humanitaria de largo aliento.

América Latina

En América Latina existen conflictos armados, aunque no se asemejan a las grandes guerras convencionales de otras regiones. Se trata sobre todo de conflictos internos, donde se entrelazan el narcotráfico, la violencia estructural y la presencia de grupos armados no estatales que disputan territorio y poder frente a los Estados.

A principios de 2026, la intervención de Estados Unidos y la captura de Nicolás Maduro añaden un nuevo eje de inestabilidad en un escenario de conflictos armados ya tenso en América Latina.

Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores fueron capturados el 3 de enero de 2026 en una operación estadounidense en Venezuela.

Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores fueron capturados el 3 de enero de 2026 en una operación estadounidense en Venezuela. Reuters

La operación “Resolución Absoluta” —un golpe de fuerzas especiales que saca a Maduro de Caracas y lo traslada a la justicia de Nueva York— reconfigura la dinámica interna de Venezuela, sacude la percepción de seguridad regional y reabre el debate sobre la legitimidad de la fuerza extranjera, dejando el país en un escenario de transición incierta.

En países como Colombia, persisten focos de violencia que se remontan a décadas, con enfrentamientos entre el Estado y restos de guerrillas o paramilitares que siguen desplazando a comunidades rurales y generando una permanente inseguridad territorial.

En México y Centroamérica, la violencia armada está profundamente anclada en los cárteles y las pandillas, que alimentan altas tasas de homicidio, desplazamientos internos y migración forzada, convirtiendo amplias zonas de estas sociedades en campos de batalla permanente.

Aunque no se habla de “guerras totales” al estilo de Ucrania o Sudán, la suma de estos escenarios transforma varias regiones de América Latina en focos de conflicto armado prolongado, de alta intensidad social y de creciente militarización, con un impacto colateral enorme en la vida cotidiana de millones de personas.