Mapa de localización del estrecho de Ormuz y los países que lo rodean en el golfo Pérsico.
En el año 53 antes de Cristo, Marco Licinio Craso pasó a la Historia por haber cometido un error estratégico clave y que acabaría con su vida, motivado por su ambición personal.
Pocas ventajas estratégicas invitaban al optimismo, sus asesores en Roma y sobre el terreno desaconsejaron la aventura, pero su ego necesitaba de la gloria militar (inalcanzable) de sus compañeros de triunvirato, Cayo Julio César y ¡madre mía, ni más ni menos que Cneo Pompeyo el Grande! Pero emprendió su campaña contra los partos. Y perdió.
Aquí en el XXI, Donald Trump se ha creído más listo que Reagan, Bush padre, Clinton, Bush hijo, Obama o Biden; y no lo es. Ha atacado Irán de la mano de Netanyahu, que no ha necesitado creerse en su caso mejor que Begin, Peres, Rabin, Sharon u Olmert porque su posición y relación de costes-beneficios es distinta: Irán ha sido una amenaza existencial para Israel desde 1980 y durante su mandato el régimen de los ayatolás sufría posiblemente el momento de mayor debilidad en 4 décadas.
Craso perdió su vida, algo de fama para Roma y 20.000 soldados. Su desaparición dio lugar al enfrentamiento civil entre las facciones de César y Pompeyo. Pero pudo haber salido bien.
Lo que ha hecho Trump, básicamente, es firmar una de las mayores amenazas conscientes y dolosas a la estabilidad económica y financiera global que se recuerdan. Con un poco de suerte, un pico histórico más de subida de costes motivado por un enfrentamiento bélico (que nunca podía haber salido bien para la economía del mundo). Sin suerte…
EEUU e Israel no han atacado Irán en más de 40 años por lo que está sucediendo ahora. Porque Irán sí tenía la bomba nuclear. Por estúpido que parezca, se la regaló la naturaleza y se llama Ormuz.
Cuatro décadas de amenazas y valoraciones académicas y profesionales de informes y evaluaciones de inteligencia militar, política y energética a la basura. Irán sí tenía bomba nuclear: era el estrecho de Ormuz e ignorar este hecho acerca a la estupidez a quien decida lo que sea minusvalorándolo.
En la misma mano, la inestabilidad mundial se vuelve estructural y el espejismo de una Casa Blanca antieuropea pero antibelicista también, se ha esfumado. Europa debe, más que nunca, rearmarse y es de desear que veamos la aceleración de la producción de nuevas plataformas, municiones por supuesto, misiles y sistemas de defensa aérea.
Por otro lado, la única e inédita habilidad estratégica trumpiana nos ha adelantado al primer plano del panorama bélico el dominio que se ausentó de Ucrania y que esperaba pacientemente su turno en el estrecho de Taiwán: el marítimo. Drones de superficie y submarinos, misiles antibuque, minería naval y control militarizado del tráfico comercial piden paso.
El otrora polvoriento Golfo Pérsico de la Operación Tormenta del Desierto que bautizó a las baterías Patriot y los misiles Tomahawk, los carros de combate Abrams y los grandes habilitadores estratégicos aéreos del presente como los AWACS o los B-52, se erige en laboratorio de nuevo. Esta vez con agua de mar.
Hoy, la Administración Trump trata de ganar la guerra sólo diciéndolo pero es una Casa Blanca singularmente inhábil para la guerra cognitiva...
Zoom out, las esferas de influencia se han roto. El mundo es una pradera con hueco para sólo 3 halcones y el halcón americano ha intervenido fuera de su territorio porque quiere y puede. Pero, aunque seas un halcón, debes rodearte de asesores válidos y escucharlos.
EEUU e Israel no han atacado Irán en más de 40 años por lo que está sucediendo ahora. Porque Irán sí tenía la bomba nuclear. Por estúpido que parezca, se la regaló la naturaleza y se llama Ormuz. Y ahora Ormuz nos subirá las hipotecas, la factura de la luz y el tanque del coche. Y las manzanas. Y el pan. Y el ocio.
Hoy, la Administración Trump trata de ganar la guerra sólo diciéndolo pero es una Casa Blanca singularmente inhábil para la guerra cognitiva, seguramente porque el soberano elector americano dio el poder a su líder sin que este realizara demasiado esfuerzo, tan sólo siendo él mismo.
No debe extrañar si tenemos en cuenta que su masa electoral tiene una base muy importante de quienes 1) lo vieron subido a un pedestal empresarial ficticio televisivo en el formato ‘The Apprentice’ y 2) las hordas radicalizadas en redes sociales (como tienen todos los partidos, por cierto).
Con esos mimbres, nos encontramos con perlas comunicativas en las últimas horas como la de la portavoz del Gabinete Karoline Leavitt, diciéndole a la prensa que no hace bien su trabajo porque no informa del ‘éxito’ del presidente, porque Irán ‘querría matar a todos los que están en esta sala (de prensa)’.
Me recuerda a las sesiones de portavocía que impartimos a nuestros clientes en las que ensayamos cómo vestir el relato y no entregarlo ‘desnudo’. Y nunca es un mensaje tramposo, como el de Leavitt.
O esa maravilla narrativa el secretario de Guerra (ahora sabemos por qué el pacifista Trump le cambió el nombre al Departamento) Pete Hegseth, declarando que el estrecho de Ormuz está abierto y que sólo lo pueden cerrar los ataques de Teherán. Bravo. Todo de alto nivel estratégico e intelectual.
El estrecho toma su nombre de la ciudad y del Reino de Hormuz (Ormus), que existían en esa zona desde la Edad Media y controlaban el comercio entre el Golfo Pérsico y el océano Índico. Ese puerto se convirtió entre los siglos XIII y XVI en uno de los grandes centros comerciales del mundo, por donde pasaban rutas entre Persia, India y Arabia.
Con el tiempo, el paso marítimo cercano empezó a llamarse igual que el puerto. El nombre del puerto (y luego del estrecho) procede del persa medio “Hormoz / Ohrmazd”, una forma del nombre del dios zoroastriano Ahura Mazda, divinidad suprema del antiguo Irán.
Sí. Era Ormuz, estúpido. Era Ormuz.
*** Francisco J. Girao es director de Defensa, Seguridad y Aeroespacial de ATREVIA