Diferentes sistemas de armas utilizados por la Unión Europea.

Diferentes sistemas de armas utilizados por la Unión Europea. Imagen generada por IA

Observatorio de la Defensa

El país Europa no existe: la falacia de los 16 carros de combate

Carlos Delgado Fernández
Publicada

Cada cierto tiempo reaparece en el debate público europeo una acusación recurrente: la supuesta fragmentación militar del continente sería la prueba irrefutable de su irrelevancia estratégica. La multiplicidad de carros de combate, de plataformas navales o de sistemas aéreos se presenta como síntoma de ineficiencia estructural y de incapacidad política para articular una defensa común.

Sin embargo, esa crítica parte de una premisa implícita que rara vez se somete a examen: presupone la existencia de un sujeto político europeo soberano que, sencillamente, no existe en términos jurídicos ni estratégicos.

Antes de lamentar la dispersión de capacidades, conviene recordar un hecho elemental que suele obviarse en el debate mediático: el país Europa no existe.

El problema no es la diversidad de sistemas. El problema es la ficción política que subyace a esa crítica. Europa no es un país y la Unión Europea no es un Estado federal.

Mientras esa realidad no cambie, la defensa seguirá siendo competencia exclusiva de los Estados miembros, que conservan la potestad soberana de definir su modelo de defensa, su doctrina estratégica y la selección de los sistemas de armas que consideren más adecuados para la protección de sus intereses nacionales.

Setenta años después, el diagnóstico sigue siendo incómodo: la defensa común exige una voluntad política y una cohesión estratégica que Europa, como sujeto soberano, sencillamente no posee.

Pretender que la suma de 27 soberanías funcione como una única autoridad estratégica conduce inevitablemente a la frustración.

La idea de un ejército europeo no es nueva. Tras la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, se intentó crear la Comunidad Europea de Defensa. Los documentos estadounidenses desclasificados de la época lo reflejan con claridad.

En concreto, la denominada Sinopsis K, conservada en los archivos de la Administración Truman, recoge las discusiones estratégicas sobre la integración de las fuerzas europeas bajo una autoridad supranacional como condición para la estabilidad del continente.

Estados Unidos respaldaba el proyecto porque entendía que una Europa cohesionada militarmente facilitaría la contención soviética y ofrecería un interlocutor estratégico único. Sin embargo, incluso entonces el debate no fue exclusivamente técnico.

Figuras como Eisenhower o el propio general Marshall insistían en que la clave no residía únicamente en la integración de divisiones o en la estandarización de armamentos, sino en la voluntad de defenderse, en la cohesión moral que debía sostener cualquier arquitectura militar común.

La Comunidad Europea de Defensa fracasó porque los Estados no estaban dispuestos a ceder soberanía y porque esa voluntad compartida nunca llegó a consolidarse. Setenta años después, el diagnóstico sigue siendo incómodo: la defensa común exige una voluntad política y una cohesión estratégica que Europa, como sujeto soberano, sencillamente no posee.

Por eso resulta intelectualmente deshonesto presentar la existencia de múltiples sistemas de armas como una patología técnica. Hay 27 Estados miembros con 27 políticas de defensa, 27 parlamentos que autorizan despliegues y 27 culturas estratégicas distintas.

En ese contexto, es lógico que existan diferentes plataformas adaptadas a doctrinas, geografías y percepciones de amenaza diversas. Pero además, la supuesta fragmentación ni siquiera resiste un análisis cuantitativo serio.

La diversidad no es una anomalía técnica; es la consecuencia institucional de una Europa que sigue siendo una suma de Estados.

El carro de combate claramente predominante en la Unión Europea es el Leopard alemán, operado por trece Estados miembros y convertido de facto en el estándar acorazado europeo. Muy por detrás se sitúan el Leclerc, que solo opera Francia; el Ariete, exclusivamente italiano; y algunas variantes del T-72 aún presentes en determinados ejércitos del este.

Y conviene añadir un matiz que suele olvidarse en el debate mediático: cuando se incluyen en la lista modelos como el Challenger británico, quizá habría que aclarar primero de qué estamos hablando exactamente. ¿Europa como continente? ¿La Unión Europea? ¿Los Estados miembros? Porque el Reino Unido ya no forma parte de la UE, aunque a menudo se le incorpore estadísticamente cuando conviene reforzar la narrativa de la fragmentación.

Incluso si el análisis se amplía a los vehículos de combate blindados, donde la variedad es mayor, la lógica es la misma: programas nacionales que responden a soberanías nacionales y convergencias que se producen cuando las decisiones estatales coinciden, no cuando una autoridad federal inexistente las impone.

La diversidad no es una anomalía técnica; es la consecuencia institucional de una Europa que sigue siendo una suma de Estados.

F-35 Lightning II.

F-35 Lightning II.

La lógica se reproduce en el dominio aéreo. Lejos de la caricatura de una dispersión incontrolada, el avión de combate más extendido entre los Estados miembros de la Unión Europea es hoy el F-35, seleccionado por un número creciente de países como núcleo de su aviación futura.

El otro gran operador europeo es el consorcio del Eurofighter, mientras que el Rafale permanece como plataforma exclusivamente francesa dentro de la UE. No hay caos estructural, sino decisiones soberanas que, cuando coinciden en torno a una capacidad concreta, generan estandarización de facto.

La defensa común no se construye únicamente con plataformas interoperables ni con fondos industriales; requiere una voluntad política sostenida y una legitimidad social que la respalde.

La convergencia se produce cuando los Estados coinciden en su evaluación estratégica, no cuando una arquitectura política inexistente la impone. Esta tensión entre discurso integrador y soberanía preservada no es teórica; se manifiesta con claridad en los grandes programas europeos de defensa.

Cuando se examinan los proyectos más ambiciosos impulsados en las últimas décadas —desde el futuro sistema de combate aéreo hasta el dron europeo o la denominada corbeta europea— emerge un patrón constante de retrasos, disputas industriales y redefiniciones estratégicas.

Y en ese patrón hay un actor recurrente. Francia es el Estado que con mayor insistencia reclama «más Europa» en materia de defensa, el que invoca la autonomía estratégica como horizonte ineludible y el que se presenta como motor político de esa integración.

Pero la experiencia demuestra que cuando Francia dice «más Europa», en demasiadas ocasiones lo que realmente quiere decir es «más Francia». Ese debate merece un análisis propio; aquí basta con constatar que la retórica de integración no ha alterado la realidad esencial: la soberanía en defensa sigue siendo nacional.

Más allá de los programas, los sistemas y las disputas industriales, el núcleo del problema sigue siendo el mismo que en los años cincuenta: la ausencia de una cultura estratégica compartida.

Leopard 2E españoles en Letonia (una versión española equivalente al Leopard 2A6).

Leopard 2E españoles en Letonia (una versión española equivalente al Leopard 2A6). MDE

La defensa común no se construye únicamente con plataformas interoperables ni con fondos industriales; requiere una voluntad política sostenida y una legitimidad social que la respalde. Eisenhower y Marshall comprendían que ningún diseño institucional podía prosperar sin la «voluntad de defenderse», sin una cohesión moral que justificara la cesión de soberanía y el compromiso colectivo.

Europa ha avanzado en normativa, en coordinación y en capacidad industrial, pero no ha construido todavía una cultura de defensa verdaderamente europea que articule amenazas, intereses y responsabilidades comunes.

El reciente Libro Blanco sobre la Defensa Europea confirma esa asimetría. Un Libro Blanco no es un plan sectorial ni un programa industrial; es, por definición, un documento estratégico que debería establecer principios, objetivos, amenazas, prioridades y fundamentos políticos de la defensa.

Sin embargo, el texto desplaza el centro de gravedad hacia la industria y la base tecnológica con una intensidad que resulta reveladora. La Unión Europea puede diseñar política industrial, movilizar fondos y fortalecer cadenas de suministro, porque ahí sí posee competencias claras.

Porque la defensa no es una variable económica, es una decisión política que implica riesgo, compromiso y legitimidad democrática.

Pero la política de defensa en sentido estricto —la decisión última sobre el empleo de la fuerza y la asunción del riesgo estratégico— sigue siendo competencia exclusiva de los Estados miembros.

El problema no es reforzar la industria. El problema aparece cuando la política de defensa queda subordinada a la política industrial de defensa y se invierte el orden lógico: en lugar de definir primero la estrategia y después dotarla de medios, se prioriza el instrumento productivo sin haber resuelto la cuestión política de fondo.

Esta inversión no es neutra. Desplaza el debate hacia lo tecnocrático y lo presupuestario, y lo aleja del terreno donde reside la soberanía: la ciudadanía. Porque la defensa no es una variable económica, es una decisión política que implica riesgo, compromiso y legitimidad democrática. Y la soberanía, en última instancia, no reside en Bruselas ni en los complejos industriales, sino en los ciudadanos.

Pero para decidir, el ciudadano necesita conocer; necesita comprender amenazas, prioridades y límites. Sin cultura de defensa, sin pedagogía estratégica, cualquier autonomía proclamada corre el riesgo de convertirse en una construcción administrativa y burocrática sin respaldo social.

Tal vez el error no sea que Europa tenga varios carros de combate, distintos modelos de aeronaves o programas navales propios.

Tal vez el error sea exigirle comportarse como un Estado cuando no lo es. La Unión Europea puede y debe avanzar en interoperabilidad, en movilidad militar efectiva, en estandarización logística y en cooperación operativa entre ejércitos nacionales.

Puede construir un auténtico «Schengen militar» que elimine trabas administrativas y permita desplegar fuerzas con agilidad. Puede coordinar capacidades, compartir inteligencia y fortalecer su base industrial. Todo eso es posible sin ficción federal. Todo eso es posible y no se está haciendo. ¿Por qué?

Sin embargo, lo que no puede hacerse, es alimentar la ilusión de un país inexistente. Europa no es un Estado soberano en materia de defensa y mientras no exista una voluntad explícita de cesión de soberanía militar, no habrá un ejército europeo en sentido político. Insistir en lo contrario genera frustración y confusión.

La pregunta honesta no es cuántos carros de combate existen en el continente o en el ámbito de la UE, sino si los Estados y sus ciudadanos están dispuestos a asumir las implicaciones de una defensa verdaderamente común.

Sin esa decisión política y sin una cultura estratégica compartida, la unidad seguirá siendo retórica. Y el país Europa seguirá sin existir.

*** Carlos Delgado Fernández, asesor-analista de Defensa