El 78% de los ciudadanos europeos dice estar preocupado por la seguridad y la defensa

El 78% de los ciudadanos europeos dice estar preocupado por la seguridad y la defensa Imagen generada por IA

Observatorio de la Defensa

El Instituto Elcano advierte: "Los aliados europeos no tienen el instinto predador de sus agresores"

Europa tardaría más de una década y cerca de 860.000 millones de euros en cubrir el vacío de la salida de EEUU, según el International Institute for Strategic Studies (IISS).

Más información: Bruselas impulsa la autonomía militar europea con más de 1.000 millones de euros para el Fondo Europeo de Defensa en 2026

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Las claves

El Instituto Elcano advierte que Europa no está preparada militar ni mentalmente para una confrontación directa con Rusia, a diferencia de sus agresores.

El coste de reemplazar el papel militar de Estados Unidos en Europa superaría los 860.000 millones de euros y requeriría más de una década de esfuerzo.

La defensa europea se ve afectada por una industria fragmentada, falta de coordinación y dependencia tecnológica y logística de EEUU.

A pesar de la preocupación ciudadana por la seguridad, Europa carece de una hoja de ruta clara para lograr la autonomía estratégica y responder eficazmente a las amenazas.

La guerra en Ucrania y el lento pero evidente repliegue estratégico de EEUU han puesto a la Unión Europea frente a un espejo incómodo: si Washington se aparta, Europa no está en condiciones de sostener por sí misma su defensa.

"Los aliados europeos no tienen el instinto predador de sus agresores. No están preparados, militar y mentalmente, para una confrontación directa con Rusia", así lo asegura Félix Arteaga, investigador principal del Real Instituto Elcano.

La advertencia no es nueva, pero ahora suena más urgente. Lo dicen los analistas, lo apuntan las encuestas y lo revela la realidad material de una industria de defensa fragmentada, con cuellos de botella industriales y dificultades para adaptarse a un conflicto de alta intensidad.

Solo reemplazar a los aproximadamente 128.000 militares estadounidenses que contribuyen a la disuasión en Europa —junto al equipo, sistemas de mando, logística y capacidades tecnológicas asociadas— exigiría más de una década de esfuerzo sostenido y una inversión cercana a los 860.000 millones de euros.

Este fue el dato que el pasado mayo subrayó el International Institute for Strategic Studies (IISS) para advertir de que el coste de reemplazar el papel militar de Estados Unidos en el continente sería monumental.

El debate excede el terreno técnico. La defensa europea tropieza con un problema de fondo: la percepción de la amenaza no es homogénea para todos los países de la UE.

Para algunos socios, el riesgo ruso es existencial; para otros, una preocupación distante que compite con prioridades internas. Esa brecha alimenta un escenario en el que avanzar hacia una autonomía estratégica real sigue siendo más declaración que realidad.

Las encuestas recientes reflejan la paradoja: el 78% de los ciudadanos europeos dice estar preocupado por la seguridad y la defensa, y el 51% considera plausible una guerra con Rusia en los próximos años.

Sin embargo, el 52% cree que la Unión Europea no está preparada para un conflicto militar, una percepción que revela la desconfianza en las capacidades actuales y la distancia entre las ambiciones políticas y los medios disponibles.

Arteaga señala que, aunque “los Estados miembros han contribuido a la movilización militar”, aún confían en que Estados Unidos posponga su retirada.

Y asegura que para lograrlo, “están dispuestos a realizar las concesiones diplomáticas, industriales o comerciales necesarias para demorar la desvinculación anunciada”.

Europa, recuerdan los expertos, debe responder a una pregunta urgente: ¿puede seguir confiando en el paraguas estadounidense mientras asume que estará ahí indefinidamente?

La respuesta determinará no solo el futuro de su seguridad, sino su posición en el tablero geopolítico global. En un mundo donde las amenazas se aceleran, el tiempo —y la inversión— corren en su contra.

Mientras Moscú mantiene un ritmo de producción bélica masivo y sostenido —drones, munición de artillería, misiles de crucero—, Europa continúa funcionando con un modelo industrial diseñado para tiempos de paz.

Cada país protege su autonomía industrial, compite por contratos, duplica programas y ralentiza proyectos. El resultado: plazos largos, sobrecostes y un ecosistema incapaz de reponer munición o blindados al ritmo que exige el frente ucraniano.

A ello se suma un problema estructural: dependencia tecnológica y logística de Estados Unidos para capacidades clave —desde sistemas de mando y control hasta aviación estratégica o defensa antimisil—.

Autonomía estratégica: concepto inflado, concreción escasa

La retórica institucional ha sido abundante, pero los avances prácticos modestos. Desde 2016 se han encadenado estrategias —Brújula Estratégica, Libro Blanco, PESCO, FED— sin fijar un objetivo político claro ni un calendario vinculante.

De hecho, “la autonomía estratégica europea carece de un proyecto final y de una hoja de ruta para llegar a ese destino”, advierte el analista de Elcano.

Se habla de autonomía, pero cada país prioriza su industria, sus intereses y su soberanía tecnológica.

Europa financia programas conjuntos, pero sigue comprando a EEUU cuando necesita resultados rápidos. El viejo mantra vuelve a pesar: lo urgente sigue desplazando a lo estratégico.

Sin EEUU, Europa desnuda ante el riesgo ruso

Los actuales despliegues en el flanco este incluyen unos 30.000 militares europeos, apenas el doble que los estadounidenses.

No es suficiente, y mucho menos para Ucrania, donde la idea de enviar tropas europeas quedó en el ámbito del debate estratégico y nunca se tradujo en acciones concretas.

Según Arteaga, la “coalición de voluntarios” que en su momento se llegó a concebir como una fuerza de reserva para Kiev “se desinfló al ritmo de las dudas políticas y la falta de compromisos de tropas”.

Europa aspira a consolidarse como un actor estratégico, pero teme el coste político que implica actuar como tal: atribuir ciberataques, responder con firmeza a agresiones híbridas, utilizar los fondos rusos congelados en favor de Ucrania o asumir bajas y pérdidas industriales. Rusia, en cambio, juega sin esos límites.

El investigador principal del Real Instituto Elcano advierte que “si los aliados no aprovechan ahora los incentivos de la situación actual para sincronizar la transferencia de responsabilidades, tendrán más dificultades para hacerlo tras la retirada de EEUU, con lo que la defensa europea estaría más cerca del nunca que del ahora”.

En su análisis, el experto concluye que esta falta de coordinación podría retrasar de forma significativa el avance hacia una verdadera defensa europea.