Berlín

“La situación de amenaza por culpa del extremismo de derechas, del antisemitismo y del racismo es muy alta”. Así de claro lo dejaba hace unos días en Berlín el ministro del Interior alemán, Horst Seehofer.

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Hablaba con esos términos Seehofer en una rueda de prensa celebrada sólo dos días después del último atentado xenófobo registrado en Hanau (oeste de Alemania). En esa ciudad murieron ocho personas en dos locales frecuentados por jóvenes extranjeros y alemanes de origen inmigrante. Fueron víctimas de los disparos de Tobias Rathjen, un alemán extremista que antes de suicidarse también mató a su madre.

La del otro día no era la primera vez que Seehofer se refería a la amenaza que plantea la violencia de extrema derecha en Alemania. El responsable de Interior germano se refirió en junio al asesinato de Walter Lübcke, político local de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) que apareció muerto en su casa de Wolfhagen (centro germano), como una “señal de alarma”.

El político asesinado en junio de 2019 Walter Luebcke.

Stephan Ernst, un alemán que por lo visto ya había amenazado con matar a Lübcke, está detenido por ese crimen y tiene que responder ante la Justicia. La muerte de Lübcke estuvo seguida del ataque del pasado mes de octubre a una sinagoga y a un restaurante de kebaps de Halle (este germano) a manos de Stephan Balliet, otro alemán radicalizado que mató a dos personas con armas de fuego caseras.

"Amenaza muy alta"

Para Seehofer y compañía las alarmas llevan sonando algo más de medio año. Pero sólo tras la matanza de Hanau hablan las autoridades germanas de una “amenaza muy alta” por culpa del terrorismo de extrema derecha. Eso, a pesar de que en las últimas tres décadas ese terrorismo ha dejado 182 víctimas mortales, según las cuentas que presentaba en su edición de hace dos jueves el semanario Die Zeit.

Esta publicación, tras una investigación conjunta con el diario berlinés Der Tagesspiegel, presentaba en la portada de su sección de dosieres los nombres y apellidos de esa víctimas. En la lista hay niños, adolescentes, hombres, mujeres y ancianos.

Que el Gobierno alemán reconozca la gravedad del fenómeno terrorista que sesgó esas vidas es algo nuevo en Alemania. “Es algo bueno que el Gobierno alemán esté ahora reconociendo que este problema existe, que considere que la amenaza de los radicales de extrema derecha es severa y que hay que hacer algo para frenarlos”, dice a EL ESPAÑOL Marcel Dirsus, experto del Instituto para la Política de Seguridad de la Universidad de Kiel.

La ultraderecha

“El extremismo de derechas y el racismo siempre han sido un problema en Alemania”, abunda Dirsus. A su entender, ha habido otras prioridades que justifican por qué en el Gobierno alemán empezaron a sonar tan tarde las alarmas sobre el terrorismo de extrema derecha.

“Después de la crisis de los refugiados, había mucha preocupación ante la posibilidad de que hubiera ataques terroristas de extremistas religiosos”, subraya Dirsus, aludiendo a la llegada a suelo alemán de 1,5 millones de demandantes de asilo entre 2015 y 2016. El 19 de diciembre de 2016 se produjo en Berlín el peor ataque islamista registrado en Alemania. Fue ese día cuando el tunecino Anis Amri mató a doce personas e hirió a otras 45 al irrumpir conduciendo un camión de gran tonelaje en un mercadillo navideño del centro de la capital alemana.

El camión que conducía el tunecino Anis Amri tras arrasar a las víctimas en un mercado de Berlín. Fabrizio Bensch Reuters

Dirsus ve ahora a su país reorientando sus recursos para dirigirlos hacia el combate de la extrema derecha. No en vano, el pasado mes de febrero las fuerzas de seguridad desarticularon una supuesta célula terrorista de extremistas de derechas que quería ver “escenas de guerra civil” en el país.

En la operación policial, trece personas fueron detenidas después de realizar otros tantos registros en media docena de Länder germanos. A principios de año, Combat 18, un conocido grupo de neonazis activo en buena parte del país, fue prohibido y disuelto por orden las autoridades alemanas. Pese a estos avances, Dirsus identifica problemas políticos por resolver en la lucha contra el terrorismo de extrema derecha.

“Estamos viviendo tiempos muy polarizados en la política. Hay grupos políticos que están contribuyendo a la radicalización de la gente. Esto es algo que no existe dentro de la amenaza que representan los islamistas radicales. En el Parlamento no hay islamistas radicales diciéndole a la gente que tienen que rebelarse, pero esto sí existe con la extrema derecha”, abunda el experto de Instituto para la Política de Seguridad de la Universidad de Kiel.

Se refiere en todo momento al partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), el principal partido de la oposición en el Bundestag. La actitud de este partido respecto a la violencia de extrema derecha, incluso en los días posteriores al ataque en Hanau, ha consistido en minimizar el fenómeno terrorista.

Radicalización

El atentado de Hanau se tachó en AfD de ataque a manos de un “psicótico”. No habían pasado ni 48 horas del atentado en esa ciudad y Alexander Gauland, co-líder de AfD en el Bundestag, dejaba estas declaraciones: “No es racismo cuando digo: 'los turcos no forman parte de nuestra sociedad'”. Varios muertos en Hanau eran alemanes de origen turco.

“AfD está normalizando opiniones que son peligrosas. Algunos de sus integrantes están fuera del espectro democrático y los hay que quieren derribar el régimen constitucional. Por eso hay una parte del partido que está bajo la vigilancia de los servicios de inteligencia”, comenta Dirsus.

Alude este experto, entre otros, al sector de AfD conocido como El ala, que representa la extrema derecha dentro de la formación de ultraderecha. Con ella se identifican Gauland, al que en Alemania han apodado el Hitler-light, y su protegido, Björn Höcke, líder de AfD en Turingia y un político al que se ha llamado “nazi” incluso desde la CDU.

El líder del partido ultraderechista AfD en Turingia, Björn Höcke. Reuters

Políticos como ellos son expertos en flirtear con los límites de la libertad de expresión en Alemania, un país cuyo Código Penal sanciona toda apología del nazismo. De hecho, Gauland y Höcke se han convertido en expertos en criticar, por ejemplo, la cultura de memoria histórica desarrollada en Alemania, caracterizada por incluir una condena sin paliativos a los tiempos del nacionalsocialismo.

Así, Gauland ha llegado a decir que los nazis representan una “cagada de pájaro” en la historia de Alemania. Ante este tipo de afirmaciones, expertos como Dirsus defienden los límites a la libertad de expresión que existen en Alemania respecto al nazismo.

“Esos límites existen por muy buenos motivos en vista de nuestra historia. La prohibición no aumenta el deseo. En la sociedad no se ve a las masas yendo en busca de esvásticas”, señala Dirsus. El problema está en que hay una parte de la población y un partido político con integrantes que contribuyen a que otra gente se radicalice aún más y que se hagan violentos”, concluye.