La escritora Espido Freire posando para Magas.
Magas desvela en exclusiva el cuento de 'Los Misterios de La Alhambra', escrito por la autora Espido Freire
La serie llega a su fin de manos de la bilbaína, que ha tomado el relevo de Cruz Sánchez de Lara, Nativel Preciado, Marta Robles y Cristina Higueras.
Más información: Magas desvela en exclusiva el primer cuento de 'Los Misterios de la Alhambra', escrito por Cruz Sánchez de Lara
La historia de Los Misterios de La Alhambra II comenzó hace más de un año, en una noche de verano muy particular.
Fue el 15 de julio de 2025, cuando la monumental construcción abrió las puertas del Generalife para reunir a cinco mujeres —quizá no damas del crimen, pero sí protagonistas de la novela negra— en el marco de la I Alfombra de la Cultura y el Liderazgo Femenino.
La propuesta tenía algo de experimento literario y mucho de homenaje a uno de los encuentros más legendarios de la historia de la literatura: el que tuvo lugar en Villa Diodati.
En aquella mansión situada a orillas del lago Lemán, Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley y John Polidori quedaron atrapados durante tres días y tres noches del verano de 1816 debido a un tiempo tan desapacible que el encierro terminó convirtiéndose en el caldo de cultivo perfecto para la imaginación.
Entre tormentas, rayos, truenos y el fuego de la chimenea, el primero propuso un juego que acabaría trascendiendo los tiempos: cada uno debía inventar un relato de terror y compartirlo con los demás.
El resultado fue extraordinario. De aquella velada surgieron dos figuras que terminarían formando parte del imaginario universal: el Frankenstein o El moderno Prometeo de Mary Shelley y el vampiro creado por John Polidori.
Más de dos siglos después, Granada ofreció un escenario muy diferente. No hubo tormentas ni necesidad de buscar refugio en el interior de una mansión.
Allí, el enemigo del encierro creativo fue precisamente el calor del verano, que acabó desempeñando el papel contrario: en lugar de frenar la imaginación, la acompañó.
La cuerda
Y el reto volvió a repetirse, aunque con nuevas protagonistas. Cruz Sánchez de Lara, Cristina Higueras, Espido Freire y Nativel Preciado, bajo la dirección de Marta Robles, aceptaron trasladar a La Alhambra aquel espíritu de creación literaria compartida.
La misión era tan sencilla de formular como compleja de ejecutar: dar vida a relatos inéditos de misterio a partir de la experiencia de aquellas mujeres en Granada, utilizando la ciudad y, especialmente, su impresionante conjunto monumental como escenario.
El resultado estuvo marcado por algunos de los ingredientes imprescindibles de cualquier buena narración de este tipo: murciélagos, fobias y traiciones sangrientas. Todo ello desembocó en Los Misterios de La Alhambra II.
Ahora, más de un año después de aquel encuentro, Magas publica el último de esos relatos. Su autora es en este caso Espido Freire, que también ha firmado obras como Melocotones helados (Planeta, 1999), por la que ganó el Premio Planeta, Irlanda (Planeta, 1998) o La flor del norte (Planeta, 2011).
Su publicación más reciente es Guía de lugares que ya no existen (RBA, 2026), que obtuvo el XX Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes.
La escritora el día que relató su historia para Magas.
La cuerda
por Espido Freire
Desde que despertó a toda la familia un martes a las cuatro de la mañana a alaridos porque estaba convencido de que los había asesinado, su hermana prometió que estaría más pendiente de él. Lo habían encontrado en el portal, con las manos teñidas de una sangre que sólo él veía, y aunque su madre se empeñó en que siempre había sufrido de pesadillas muy vívidas, el delirio había bastado para que su doctora le diera una baja.
Se pasaba el día encerrado en su casa; a veces cogía la guitarra y tocaba en alguna de las esquinas de Granada; en cuanto conseguía suficiente para una cajetilla de tabaco, se iba. Pero en una ocasión se pasó toda la tarde embebido en su propia música, y cuando regresó del trance había anochecido y había conseguido mil doscientos euros, que repartió entre los mendigos que se encontró por el camino. De momento estaba descartado el que regresara a la orquesta.
Su hermana fotografiaba aquella noche el encuentro de cinco escritoras en La Alhambra, y le había pedido que se pusiera la chaqueta de los conciertos y que le echara una mano, como en otras ocasiones: era minucioso con los focos y los planos, discreto, un poco taciturno. El encuentro tendría lugar al aire libre, en una de las torres, abierta a los cuatro vientos.
Según avanzara el atardecer debían ajustar la luz de los focos sin que nadie reparara en ello. Conocía a las cinco autoras: dos de ellas le gustaban mucho. Las observó mientras ocupaban sus asientos, dispuestas en semicírculo ante los asistentes, sus figuras recortadas contra el cielo y los arabescos de los arcos.
Mientras él ahuyentaba las sombras ellas hablaron de sus vidas, de sus novelas. De cómo planeaban a quiénes matarían y quiénes escaparían sin daño, de sus propias pesadillas y sus miedos. Creyó ver cómo algún murciélago atravesaba el cielo, sobre sus cabezas, pero una de las escritoras acababa de mencionar precisamente su pavor a los murciélagos, de manera que quizás solo lo había imaginado.
Entonces vio un hilo en las manos de la más joven: una hebra de lana, apenas entretejida con algo más brillante, que salía de la nada; la que se encontraba a su lado sonrió, cogió el extremo del hilo y lo estiró hasta su regazo, y se lo pasó a la escritora sentada en el centro. Ella lo recibió, lo retorció y lo engrosó entre sus dedos. La cuarta lo recibió casi sin cambiar el gesto, lo estiró un poco más y se lo presentó a la última, la de mayor edad que, con un movimiento brusco, rompió el hilo.
Fuera, más allá de los jardines y de los palacios, él creyó escuchar un grito ahogado. Entendió, de pronto, por qué el destino le había llevado hasta allí, y cómo le había confundido que las mujeres fueran cinco, y no tres. Tragó saliva, retrocedió unos pasos hasta que pudo verlas bien, iluminadas por los focos, hablando de asesinatos, del poder que las frases ejercían en la realidad, de la mezcla entre lo imaginado y lo vivido.
Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, palpó la cuerda de guitarra que siempre llevaba con él. En dos zancadas llegaría hasta la que se encontraba más cerca de él. No creía que le diera tiempo a aflojar el lazo de la cuerda y rodear con él el cuello de la segunda. Calculó qué ocurriría si acababa con una de las Parcas, si las otras cuatro podrían continuar con su labor, o si con ello se interrumpiría la ley inexorable del nacimiento y la muerte. Entonces, de una patada certera, arrojó al suelo el foco que custodiaba y, antes de que el primer grito de sorpresa se extinguiera en la oscuridad se lanzó sobre ellas.