La escritora posa en la editorial.
Mari Pau Domínguez se 'cuela' en la Casa del Pecado del siglo XIX: "Allí recluían a jóvenes de clase alta embarazadas"
La escritora, en su libro Las arrepentidas, destapa este castigo por no seguir las normas morales: las ocultaban y les quitaban a sus hijos.
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Mari Pau Domínguez es periodista y escritora, especialista en rescatar historias de mujeres cuyo pasado ha sido olvidado o silenciado.
En Las arrepentidas, nos transporta a la España de finales del siglo XIX para mostrar un mundo cruel y desconocido: jóvenes encerradas en instituciones como la Casa del Pecado Mortal, obligadas a ocultar sus embarazos, separadas de sus hijos y sometidas al castigo del arrepentimiento.
Con sensibilidad y rigor, reconstruye estas vidas borradas, ofreciendo al lector no sólo un relato histórico, sino también una reflexión sobre la resistencia, la autonomía femenina y la memoria que no podemos olvidar.
Mari Pau Domínguez ha publicado más de una decena de libros. Cedida
La escritora, con su nueva novela.
¿Qué fue lo que te llevó a investigar la Casa del Pecado Mortal y a convertirla en el eje de tu novela?
La descubrí casi por casualidad, mientras revisaba documentación para un tema completamente distinto. Al principio, no podía creer que no se tratara de una leyenda urbana, sino de un edificio real. Me fascinó.
Empecé a investigar y comprendí el alcance de las llamadas 'casas de arrepentidas' o 'de recogidas'. Pero la Casa del Pecado Mortal era diferente. En las otras, que no eran exactamente conventos sino beaterios, generalmente ingresaban mujeres pobres, sin familia o sin medios de subsistencia, muchas de ellas prostitutas.
El objetivo era salvar sus almas: que se arrepintieran y, a través de ello, alcanzaran la salvación.
¿Y qué hacía que la primera fuera distinta?
En la del pecado mortal no ingresaban mujeres por necesidad económica ni por dedicarse a la prostitución. Estaban encerradas contra su voluntad aquellas que quedaban embarazadas “indebidamente”. La mayoría eran de un estrato social alto.
La intención era proteger el apellido, la reputación familiar y social. Pasaban los meses de embarazo allí, daban a luz, y la institución se quedaba con la criatura. Luego regresaban a la calle, pero ya no como si nada hubiera pasado: salían destruidas.
Era un lugar terrorífico, con una fachada que reflejaba su carácter sombrío. La sociedad, de alguna manera, construyó lo que hoy podríamos llamar la vergüenza femenina. Fue demolida en 1926.
¿Qué factores sociales, religiosos y familiares permitieron que esta vergüenza se aceptara como algo natural?
Hablamos de un contexto histórico concreto: el tránsito del siglo XIX al XX. En la novela se percibe el contraste entre lo arcaico y la modernidad, que se refleja en la construcción de la Gran Vía, un símbolo de cambio en el corazón de Madrid.
La religión y las convenciones sociales jugaron un papel importante. La Casa del Pecado Mortal no era una institución religiosa, aunque estaba regida por la Real Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza y Santo Celo de la Salvación de las Almas.
El arrepentimiento se usaba como instrumento para lograr esa salvación. Muchas mujeres, como mi protagonista, no lo aceptaban. Ella lucha por su independencia y no se arrepiente ni de ser mujer ni de amar a quien ama. La novela también es una historia de amor, pasiones, renuncias y reencuentros.
Entonces, el arrepentimiento no era una elección, sino una imposición destinada a someter y castigar a las mujeres, borrando su identidad y su maternidad.
Exacto. No se conservan archivos de la institución porque su propia naturaleza era clandestina: apenas hay información sobre las mujeres, solo sobre el edificio. Sí se sabe que, como en otras 'casas de arrepentidas', a los hijos se les retenía.
La reclusión duraba lo que el embarazo. Las mujeres daban a luz sin poder tener a sus criaturas en brazos y en condiciones muy duras: espacios cerrados, sin luz natural, con ventanas tapiadas, obligadas a cubrirse con velo y a guardar silencio.
Incluso las internas de clase alta, con educación y formación, quedaban sometidas a ese régimen. Otras de origen humilde, también recluidas por embarazo, permanecían allí después para servir a las nuevas ingresadas. Era una crueldad extrema y un atentado directo contra la maternidad.
Durante la investigación y la escritura, ¿qué elementos de esta historia te produjeron mayor desgarro?
Todo lo relacionado con la vida dentro de la casa fue lo más duro. Imaginar a una mujer de apenas 22 años recluida en la oscuridad y el silencio, sin poder hablar con nadie y obligada a cubrirse, resultaba especialmente desgarrador.
La reclusión se prolongaba durante meses, en condiciones precarias y con escasa alimentación. El único contacto masculino era un sacerdote enviado por el marido, que la acosaba con citas bíblicas para forzar su arrepentimiento.
Cuanto más insistían, más se reafirmaba ella en no ceder, fortaleciendo su convicción frente a la presión constante.
En el siglo XIX, ¿el honor masculino se situaba por encima del femenino y determinaba la vida de las mujeres?
Para entender una novela ambientada en el XIX, hay que mirar con los ojos de la época. Aunque hoy consideraríamos muchas de esas conductas como maltrato psicológico, entonces era normal que un hombre pudiera someter a su esposa. Ese control formaba parte del orden social y de la concepción del honor.
¿Hasta qué punto estaban normalizados la violencia y el control sobre las mujeres en ese contexto? ¿Tiene sentido establecer paralelismos con el presente?
Como novelista, me cuesta trasladar directamente estas situaciones al siglo XXI. Es un ejercicio de imaginación similar al de cuando escribí sobre Felipe II: puedo opinar, pero sin mezclarlo con una mirada contemporánea.
Si contemplo mi propia historia, como hija de emigrantes en Cataluña, siempre me marcó una educación basada en la independencia: “Hija, estudia”. En mi familia, por ejemplo, mi madre quiso hacer Medicina y se fue a Sevilla, pero su hermano la obligó a regresar. Experiencias así ayudan a comprender la mentalidad de otras épocas y la fuerza de ciertas decisiones.
Hoy la violencia de género sigue existiendo porque algunos hombres buscan ejercer control sobre las mujeres, pero las formas y los contextos cambian. La España actual no es Irán, por ejemplo. Es importante no mezclar el universo literario con realidades contemporáneas distintas.
La escritora llegó a esta historia casi por casualidad. Cedida
Además de recluir a la mujer durante el embarazo, lo más doloroso es la separación del hijo. ¿Cómo se justificaba esto social y económicamente?
En este caso, el niño “no existe” oficialmente. Lo que buscaban los hombres que encerraban a las mujeres en la Casa del Pecado Mortal era borrar esa realidad, anular lo sucedido. El bebé se entregaba inmediatamente a una familia a cambio de dinero para la organización. Para el hombre que lo hacía, suponía también un negocio, aunque lo principal era borrar todo rastro de esos pequeños y del “castigo” impuesto sin juicio.
Claro, sólo los hombres decidían.
Exacto. Ellos estaban convencidos de que tenía que ser así. Las conversaciones entre el marido y su amigo, que era un delincuente, son increíbles. ¿Qué podían hacer? Encerrarla para que nadie viera que estaba embarazada de quien no debía.
Además, con un nombre tan potente como La Casa del Pecado Mortal.
Sí, era una casa de leyenda. Para las descripciones me basé en Emilio Carrere. En 1927 publicó en La Tarde, un artículo titulado Una mansión de leyenda: “¿Cuántas tristes mujeres han llorado en la lúgubre Casa del Pecado Mortal?”.
Luego, en 1935, escribió sobre el lugar: “Una casa hermética, sombría, vigilante, en la calle silenciosa del Rosal… triste mansión, conventual, austera y penitente, como si tuviera un alma temerosa y doliente.” Su estilo casi poético potencia el terror del lugar.
La Casa del Pecado Mortal fue demolida en 1926 para construir la Gran Vía. ¿Crees que esa obra simboliza un intento de borrar parte del pasado?
Sí. Esa avenida trajo un aire arquitectónico moderno, de Estados Unidos, en tres fases, y en la última desaparece la calle del Rosal y la Casa. Fue un intento de abrirse paso y borrar parte del pasado. Me habría encantado estar como Carlota viendo caer ese edificio. Desaparece, pero el horror sigue presente, aunque no haya material de referencia.
Has trabajado con numerosas historias de mujeres cuyos relatos fueron borrados. ¿Qué efecto tiene sobre ti enfrentarte a tanto dolor, pérdida y también resistencia?
Sobre todo produce resistencia. No todas las historias están marcadas únicamente por el dolor. No me propuse escribir sobre mujeres, pero mientras trabajaba en la novela histórica sobre Felipe II descubrí que las que tenía a su alrededor eran igual o más interesantes que él.
Muchas estaban casi olvidadas y sentí la necesidad de hacerlas emerger. Así, de manera natural, acabé escribiendo sobre ellas, aunque no fuera mi plan inicial.
En algunos casos, como el de Isabel de Farnesio, existía abundante información; en otros, apenas quedaban datos, a veces solo una frase. A partir de ahí construí las historias.
Para esta novela, el reto fue mayor: no partía de un personaje real, así que tuve que estudiar a fondo el contexto de las casas de arrepentidas y crear un personaje desde cero que encajara en esa realidad y reuniera rasgos propios de la época.
¿Ha cambiado tu forma de entender la libertad femenina después de descubrir esta historia?
Sí, he aprendido mucho. A pesar de los pasajes duros, construir la historia de estas mujeres y su afán de libertad ha sido muy enriquecedor. Vivían en un mundo dominado por el poder masculino, y crear personajes que persiguen ser libres, de forma realista, ha sido un reto apasionante.
Ellas no son heroínas idealizadas. Por supervivencia, muchas tuvieron que ocultarse, cambiar de entorno y adaptarse, buscando vivir de manera libre incluso en condiciones casi imposibles. Sus decisiones, sus dudas y sus errores muestran su humanidad y hacen que el lector pueda acompañarlas y comprender su viaje físico y emocional.
Gracias a mujeres así, la historia avanza. Su resistencia y su no arrepentimiento abren caminos de libertad que antes no existían.
Exacto. Cada batalla individual fue crucial. Hoy se valora mucho asociarse en colectivos, pero entonces la mayoría de las mujeres luchaba solas. Miles de ellas libraron batallas similares, personales pero esenciales para el avance colectivo. Contar estas historias es necesario.
¿Qué efecto crees que tienen estas historias sobre generaciones posteriores?
Lo resumo con una frase de Baltasar Gracián, de El arte de la prudencia: “Un hombre sin conocimientos es un mundo a oscuras”. La historia de estas mujeres lucha contra la ignorancia y el desconocimiento.
Las generaciones jóvenes deben abrir los ojos, conocer el pasado no por nostalgia, sino como formación. Negarse a conocer la historia es permanecer a oscuras, sin poder salir a la luz.