Imagen de las labores de extinción durante los incendios del pasado verano en la sierra de Sanabria.

Imagen de las labores de extinción durante los incendios del pasado verano en la sierra de Sanabria. Javier Carbajal

Protagonistas

Irene Fernández, la bombera que salvó de las llamas la Sierra de Sanabria: "Sigo trabajando en sueños"

Después de cinco meses de los incendios, las imágenes de la catástrofe permanecen en la mente de la bombera.

Más información: La lucha de los ganaderos de Sanabria contra el fuego: "Lo prioritario es salvar los pueblos antes que la sierra"

Publicada

Mientras escribo estas palabras, mi madre me llama y, entre lágrimas, me cuenta que el monte de nuestro pueblo está ardiendo.

Durante semanas conté cómo las llamas devoraban la sierra de Sanabria, cómo convertían en ceniza laderas enteras, cómo obligaron a bajar el ganado por las presas, y a los vecinos a organizarse como si la montaña fuese una casa que se apaga poco a poco.

Pero lo que uno narra desde la distancia del oficio se vuelve más áspero cuando, de pronto, la columna de humo emerge detrás de tu propia casa.

Tan pegado a las cicatrices de este verano, mi localidad parecía un lugar demasiado pequeño para las grandes catástrofes. Al final comprendí que el fuego no entiende de tamaños ni de costumbres, llega a todas partes si no se previene antes.

Esta vez, sin embargo, la historia fue corta. Se controló rápido, casi con la misma velocidad con la que el miedo sube por la garganta. Había algo distinto en el aire, un aprendizaje reciente, una especie de reflejo. Bastó el primer aviso para que llegaran medios por tierra y aire, como si el verano hubiera dejado una coreografía aprendida.

En Sanabria, dos meses antes, la situación había sido otra: una maquinaria que se alimentaba de sequedad, viento y matorral. Todavía hay zonas en las que, si te acercas, el suelo respira ceniza en silencio, como si las raíces siguieran ardiendo por debajo y sólo esperasen a la primera ráfaga para contar de nuevo la misma historia.

Vuelvo a encontrarme con Irene, jefa de extinción, en un bar, lejos de las cunetas negras. Pedimos un café. Me mira con esa serenidad que uno confunde con frialdad, pero su cara descansa en alerta. No quiere titulares redondos, prefiere explicar. "Hago 24 horas en los incendios", me dice, y sonríe. "De día en el monte y de noche en la cama, porque sigo trabajando en sueños y sueño con el fuego", añade.

La frase suena exagerada si no conoces su calendario de verano. Pero basta con repasar el itinerario. Ávila, León, Sanabria, para que "soñar con fuego" deje de parecer una figura y se convierta en un modo de estar en el mundo.

Irene, jefa de extinción de incendios, comunicándose con sus compañeros para pedir refuerzos aéreos.

Irene, jefa de extinción de incendios, comunicándose con sus compañeros para pedir refuerzos aéreos. Javier Carbajal

Hablamos de su equipo, de los que llegaron al límite y aprendieron a no gastar toda la gasolina en el primer kilómetro. Me insiste en la palabra que lo sostiene todo: "La fuerza de los chavales está, pero hay que dosificar. Si arrancas muy fuerte, a mitad de carrera te caes. La veteranía sabe aguantar". En su boca, esta palabra no suena a resignación, sino a técnica.

Recuerdo a Daniel, el portugués de 63 años, subiendo la ladera con paso acelerado y la respiración de quien sabe que llegará porque no ha gastado todo en la primera cuesta. En estos casos, también se corre por etapas.

Le cuento la escena que vuelve una y otra vez a mi memoria, entrar en Valdeinfierno con manchas verdes y salir con un paisaje color carbón: "Fue cuestión de horas".

Irene asiente, remueve el café y pone sobre la mesa lo que no se escribe en los mapas. Los cambios de viento que te obligan a retirarte cuando ya has trabajado la línea; la densidad del humo que anula los ataques aéreos; y el estrés hídrico que convierte el monte en papel de bar. "Antes amanecíamos con rocío; ahora, ni eso. Octubre sin lluvia… arde la raíz de las plantas", explica.

Los compañeros de Irene revisando equipos y rutas de escape.

Los compañeros de Irene revisando equipos y rutas de escape. Javier Carbajal

No hace falta subir a la sierra para entenderlo. La sequedad no es una metáfora, supone la ausencia del agua cotidiana que se nota en el ambiente. Si la humedad no baja por la hoja a la raíz durante la noche, el combustible permanece tenso. Y los incendios desprenden un calor que no habíamos visto hasta ahora.

La conversación se detiene durante un momento. A veces conviene escuchar cómo suena el silencio cuando ya no hay sirenas.

Quiero subir a ver a José a San Martín, uno de los héroes anónimos, y con él vuelvo a la montaña. Deseo caminarla, pisar otra vez el cortafuegos de Los Picones, mirar desde arriba, hacia San Martín de Castañeda, el dibujo de un pueblo que el pasado mes de agosto fue una colmena de voluntarios para luchar contra las llamaradas.

Su casa todavía huele a tubo de goma y a pan recién hecho. Allí, durante la crisis, improvisaron un cuartel general con una naturalidad casi obstinada: bocas de riego abiertas, mangueras en los descansillos, 16 batefuegos comprados a toda prisa y aspersores para regar tejados si el frente caía en cascada.

En el comedor había mapas; en el patio, turnos de guardia. Lo recuerdo con nitidez, el walkie de Protección Civil en su mano, los 'escondidos' con mascarillas negras de hollín, la voz baja que servía para ordenar sin asustar. "O aportas o apartas", me dijo entonces un vecino.

Hoy José coloca sobre la mesa su próximo proyecto: no es un plan urbanístico ni falta que hace. Se trata de cortafuegos vivos alrededor del casco urbano.

Son fajas auxiliares en los caminos de salida; puntos de agua presurizados por barrio; depósitos en las cotas altas que alimenten por gravedad; y una red de riego perimetral que se activa con una llave si vuelve el temido fuego a amenazar su hogar.

Son simulacros en primavera con quien quiera aprender a colocar una línea, a manejar una manguera o a leer el viento sin épica y sin miedo. Todo cabe en esas hojas.

Después, caminamos hasta un alto. El pueblo queda abajo, recogido. Él señala dos gargantas y recuerda cómo subió la cabeza del incendio por una ladera que se hizo chimenea y, de pronto, bajó la intensidad al llegar a una pradera. Ahí, por fin, se pudo entrar a línea.

La imagen se me quedó clavada: cuando el frente pierde hambre, la gente puede trabajar. De algún modo, la prevención es eso, restarle hambre al fuego.

Algunos vecinos de la zona haciendo guardias nocturnas para tratar de acorralar las llamas.

Algunos vecinos de la zona haciendo guardias nocturnas para tratar de acorralar las llamas. Javier Carbajal

Esta palabra recorre toda la crónica. A veces se nos hace técnica o burocrática, pero es una persona que abre una puerta y encuentra un hidrante funcionando. Es un alcalde que hace un simulacro aunque luego llueva; un técnico que firma a tiempo un permiso para limpiar una orilla o el monte; o un contrato que permite que en invierno no queden siete trabajadores de extinción, donde antes, en verano, hubo 10.

Irene no dramatiza cuando lo dice, tampoco se queja. Lo coloca en la mesa con la misma sobriedad con la que pide el café: "En invierno hacemos trabajos silvícolas de prevención y ahora, obras de emergencia para que la ceniza no baje a los ríos". La aritmética es seca: si faltan manos, la prevención se vuelve una lista que nunca llega a su final.

Hay otra arista de la que casi no hablamos por pudor y porque, mal contada, se vuelve consigna. "Lo primero es tener clara la vía de escape", repetía. Y lo vuelvo a notar ahora, cuando me explica por qué las emisoras importan más que la épica y las zonas oscuras de Sanabria son un riesgo silencioso.

El susto de septiembre en mi pueblo me devuelve a lo esencial. Esta vez los medios llegaron a tiempo y se actuó sin dudar.

Prefiero pensar que no fue solo por miedo, sino por aprendizaje. El verano fue un maestro cruel, nos enseñó que sin vacas en la sierra no hay campos limpios y que el monte se embastece cuando las personas desaparecen. También, que un arroyo sucio no detiene un frente; y que un prado segado es un cortafuegos con flores.

Nos mostró que una emisora que entra puede marcar la diferencia, que un buldócer a tiempo abre una línea que salva un barrio, y que unas campanas pueden tocar por los vivos y hacer comunidad en mitad del humo.

Los voluntarios reponen fuerzas tras una jornada extenuante.

Los voluntarios reponen fuerzas tras una jornada extenuante. Javier Carbajal

No quiero convertir esto en un juicio con culpables que nos alivien la conciencia, porque eso sería demasiado fácil. Lo que queda por hacer tiene nombres completos y verbos en presente, pero también pronombres plurales.

Le toca a la Diputación y a la Junta fijar presupuestos que no se encojan cuando se enfríe el recuerdo de lo sucedido. Le corresponde a los ayuntamientos cumplir un plan de limpieza y simulacros que no sea un papel con membrete. Y nos atañe a nosotros no olvidar lo que ha pasado cuando vuelva a reinar el frío.

En San Martín de Castañeda lo entendieron a su modo. Las deliciosas empanadas de María Jesús alimentan a voluntarios, los ganaderos miden con el lomo de sus vacas la longitud de la ladera y un guardia civil prejubilado organizó vigilias con la mesura de quien sabe que mandar es, sobre todo, cuidar.

Noche roja cerca de San Martín. Los vecinos hacían guardias nocturnas para intentar controlar el fuego.

Noche roja cerca de San Martín. Los vecinos hacían guardias nocturnas para intentar controlar el fuego. Javier Carbajal

Tal vez el término adecuado sea ese, cuidado. No un eslogan blando, sino una técnica de aprendizaje con el viento: regar los tejados, limpiar el soto y enseñar a los chavales por qué no se tira una colilla al borde de un pinar.

"Hay que concienciar a la juventud", insiste Irene durante esta conversación. Y añade una cifra, casi en voz baja: "El 95% de los incendios tiene un factor humano, directa o indirectamente". No lo dice para señalar, sino para apelar. Hay cosas que no dependen de nosotros: la lluvia que no llega, el rayo que cae donde no debe, pero hay otras muchas que sí.

Cuando termina el café, se queda un momento como quien escucha algo que no está en la sala. Quizá piense en las turberas que todavía exhalan humo dos meses después en la sierra; quizá en la sensación que llega cuando la adrenalina se marcha y te deja sin armadura. Realmente no lo sé.

Le pregunto si está cansada. Se encoge un poco de hombros: "Más que cansada, de bajón. Dos meses de intensidad te queman mucho". No hay épica ahí, solo verdad.

Bajamos juntos la calle. El bar se queda con el ruido limpio de los vasos. Pienso en mi pueblo y en el verano; en las casas de Palacios de Jamuz con los tejados abiertos como latas por el fuego; en la franja de carbón de A Mezquita; en el arroyo de O Pereiro, que el frente saltó como si el agua fuese un rumor antiguo.

Pienso en lo que se nos va cuando la montaña se hace ceniza y en lo que queda si nos empeñamos. No conozco una despedida grandiosa. Sé lo que vi, cada hectárea que el verano dejó en gris fue previamente una decisión aplazada; cada metro que resistió lo hizo por personas como Irene y como José.

Antes de irme de vuelta a Madrid, me encuentro con los vecinos de la zona manifestándose en la plaza del mercado de El Puente. Una consigna en forma de cartel dice: "Incendios forestales. Mayor prevención y más medios".

Al megáfono un histórico de la zona, José Manuel Soto, responsable de la COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos). La última vez que coincidimos fue cuando las llamas asolaron la sierra de la Culebra y allí ya pidieron lo mismo, ojalá hoy les escuchen.

Labores de enfriamiento de raíces y turberas, el trabajo invisible que evita que el monte respire humo días después.

Labores de enfriamiento de raíces y turberas, el trabajo invisible que evita que el monte respire humo días después. Javier Carbajal

Ojalá Sanabria, León y Ourense encuentren en las praderas, las bocas de riego, las emisoras que no fallan, la paciencia de los veteranos y la fuerza de los jóvenes bien dosificada una próxima estación estival menos cruel.

Ojalá la isla verde que aún resiste allí arriba en la sierra no sea un milagro, sino la norma. No podemos prometer que el fuego no vuelva a aparecer nunca más. Pero podemos decidir que, cuando regrese, tenga menos que quemar.

Y que encuentre a un pueblo, el que sea, con las llaves y los planos necesarios sobre la mesa, y con la calma de quien aprendió a tiempo que proteger la montaña no es esperar a agosto, es vivir en ella todo el año y cuidar lo que nos da la vida a todos. Aquí y ahora.