La doctora Pilar Tornos (69 años) habla con la musicalidad que tanta afición despierta en ella ese arte. Confiesa que hace años cantaba en una coral, aunque lo tuvo que dejar por las obligaciones. Pero ese ritmo tranquilo, armonioso y equilibrado sigue saliendo de su garganta con cada palabra. Conoce tan bien el ritmo cardíaco perfecto que la jefa del Servicio de Cardiología de QuirónSalud Barcelona advierte de que "hay bajar los decibelios de tensión" si queremos seguir respirando.

Noticias relacionadas

Esta barcelonesa es una de las mujeres que más saben de corazón en España. Lleva más de 40 años estudiándolo, arreglándolo, escuchándolo y hasta formando a quienes luego tienen que poner en sus manos en el más preciado de nuestros músculos

De hecho, en 1986, cuando no había casi mujeres en los departamentos de cardiología y sólo 50 años de que la primera mujer, Martina Bescós, pudiera tratar el corazón; ella ya era jefe Clínico del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona aunque muchos siguieran llamándola "la nena, muy típico en catalán", tanto por su juventud como por su género.

"No había muchas mujeres que cogieran cardiología. Las cosas han cambiado enormemente. En la facultad sí que había mujeres pero en una proporción pequeña, un 10 o 15%, y en el servicio de cardiología durante muchísimos años fui la única mujer", explica.

Hija de médico y farmacéutica, Pilar Tornos repite una y otra vez al hablar de los techos y las paredes que fue rompiendo en su carrera, que su situación ha sido privilegiada desde el principio, comparada con la que tuvieron que pasar otras mujeres de su época. 

Pilar Tornos, jefe del Servicio de Cardiología de QuirónSalud Barcelona.

"He tenido mucha suerte en la vida porque ya nací de una madre que era profesional. Era farmacéutica. Y la educación en mi casa fue absolutamente igualitaria con la de mis hermanos. En la facultad ya estábamos en el final del Franquismo, en el que también las cosas cambiaron mucho y cuando entré a trabajar, lo hice en un servicio con gente inteligente y no tuve problemas".

Por discreción o por esa modestia tan femenina (y tan dañina muchas veces) a la hora de resaltar méritos, no cuenta que en esa ecuación de éxito faltan su inteligencia y su tesón. Pilar se licenció en Medicina con sobresaliente y premio extraordinario Se doctoró con sobresaliente cum laude y obtuvo el premio extraordinario. Mientras ejercía, y ascendía en el hospital, ha sido también profesora ayudante, encargada de curso, profesora titular contratada y profesora titular por concurso oposición a tiempo completo en la Universidad Autónoma de Barcelona.

"Un poco empollona lo fui siempre. Siempre tuve, desde muy pequeña, la profesión como algo tremendamente importante en mi vida. De alguna manera quería demostrar que siendo mujer se podía y en eso me centré mucho, en llegar a ser una buena profesional".

Australia 1979

No siempre tuvo claro que quería ser médico, "dudaba entre medicina o dedicarme a la enseñanza". Y al final, pudo compatibilizar las dos. "La vida me ha ayudado en ese sentido". Ni siquiera llegó a cardiología porque lo tuviera decidido de inicio: "Cuando estaba empezando la residencia en el Hospital Vall d'Hebron, estaba muy abierta a cualquier especialidad, pero fue encontrar un grupo humano lo que me sedujo".

Sin embargo, el corazón le ha ganado siempre y la ha llevado a dar la vuelta al mundo para formar o formarse en la excelencia. "Recuerdo los congresos de cardiología en donde las mujeres éramos muy poquitas. Ahí sí he visto los problemas que teníamos las mujeres. Estuve en la Sociedad Europea y Americana de Cardiología donde hablábamos mucho sobre cómo empoderar a las médicos que quisieran acceder a los puestos de máxima responsabilidad".

La ambición en las mujeres no siempre se ha entendido bien en esos años, pero Pilar Tornos confiesa que a ella siempre le ha gustado ponerse a prueba, exigirse. Casada y con una niña de tres meses, su marido, médico también, decidió irse a Australia a hacer una tesis doctoral con un profesor de Oxford. Era el año 1978 y el camino que se abre es viajar literalmente al otro lado del mundo.

"Estaba en mi último año de residencia. Y él, que siempre ha sido muy aventurero, me dijo: "Yo me voy". Sin embargo, yo decidí que no podía irme sin el título. Yo quería mi título de Cardiología. Así que nos quedamos aquí. Fue muy duro, mis padres me ayudaban con la niña cuando tenía guardias pero hasta que no terminé, no me fui a Australia. Mucha gente de mi entorno no lo comprendió, que dejara ir a mi marido, pero nosotros nos entendíamos muy bien y lo tomamos con mucha naturalidad".

Y en 1979 hizo las maletas, cogió a su hija y se fue a vivir un año y medio a Australia para trabajar en la unidad coronaria. "Tuve que pasar un examen pero fue una experiencia maravillosa. Estábamos todo el día en la Universidad, la niña iba a la guardería del campus... Era una sociedad muy abierta, muy deportiva, donde se hace una vida muy mezclada entre Inglaterra y EEUU".

Allí descubrió un sistema universitario más abierto que el de esa España de la Transición; donde las categorías de catedrático eran más relajadas y los jefes de servicios rotaban para que la gente pudiera dedicarse un tiempo a la investigación. "Yo lo recomiendo siempre a los médicos jóvenes que hagan una experiencia fuera".

No es el único consejo que da a sus residentes. A ellas, especialmente, les advierte de que "han de escoger muy bien con quien hacen el núcleo familiar, porque así es más fácil". Ella tuvo "mucha suerte" porque con su marido compartía "las mismas motivaciones" y pudo hacer su propio camino.

"Yo veía que en algunos sitios las mujeres eran minoría, que se hablaba mucho de maternidad como si fuera un obstáculo insalvable y tenía claro que no era así. En mi caso aposté mucho por trabajar a tope", recuerda.

Al respecto, Pilar asegura que, en su generación, "todavía pesaba el decir que mi vida personal cuenta mucho" y muchas compañeras creían que no les compensaba estar arriba: "Empezamos a romper tabúes de la maternidad y a hacerlo compatible. Yo mi niña mayor con 40 días fue a la guardería. Y mi segundo, con dos meses, cuando aún pesaba en el ambiente el hecho de que la carga de la familia estaba en manos de la mujer".

Ella no cree que la solución sean las "bajas maternales eternas" y apuesta más por la corresponsabilidad: "Recuerdo la ilusión con la que me venían a buscar al aeropuerto cuando volvía de algún congreso y me preguntaban qué había hecho, donde había estado... y yo les explicaba con quién había trabajado".

Mujeres mal diagnosticadas

Eso sí, Pilar asegura que en esa fórmula de trabajo y familia, en muchos momentos, la que queda relegada es la mujer es precismente su parte personal de mujer: "Durante muchos años cuando acababa el trabajo, mi segundo trabajo era estar en mi casa con mis hijos. Renuncié a lo que era la vida más personal: a mí me gusta la música y dejé de cantar en una coral, ir al gimnasio... pero no a mi profesión. A todo no se llega". Y sonríe.

De hecho, si se le pregunta por el secreto para la calma con la que habla y responde cada pregunta, ella tiene claro que, sorprendentemente, es cosa de la edad: "Yo iba muy revolucionada también cuando estaba en mi época de niños, tesis... suerte que te pilla de joven y lo haces... Pero te das cuenta de que puedes ser igual de buen profesional sin tener que andar a la greña".

En cualquier caso, esta catalana reconoce que trata de no prestar mucho atención a las cosas que pueden dañarle y que no tienen importancia. "Siendo jefe clínico y no siendo, me trataban como si yo fuera una enfermera. Ahora ya no ocurre, pero al principio de mi vida profesional éramos las nenas. Tenía alguna compañera que se enfadaba muchísimo, pero yo me lo tomaba bastante a risa. Y si pasaba visita con un residente chico, muchos se dirigían a él en vez de a mí".

Los datos avalan que ahora todo ha cambiado y que hay muchas mujeres haciendo cardiología, "y en todas las áreas, desde cirugía hasta cardiología clínica", para la salvación de muchas mujeres pacientes que, durante años, han visto como sufrían diagnósticos erróneos por no tenerse en cuenta sus síntomas específicos.

"Siempre se consideraba que los infartos eran una patología masculina y no se daba valor a determinados síntomas que tienen las mujeres que en muchos casos son distintos. Las mujeres tienen tendencia a minimizar su sintomatología sea de lo que sea, porque antiguamente tenía muy interiorizado su papel de cuidadora pero muy poco su papel de protagonista de la enfermedad y muchos síntomas se los callaban".

Esto es otra de las cosas que también están cambiando. Ella lleva años en la sociedad europea, en la americana y en la española viendo como hay grupos de trabajo para concienciar sobre estos malos diagnóstico que han costado muchas vidas de mujeres. "En la Facultad ya se habla de esto. No es que se dé una clase del infarto en hombres y el infarto en mujeres; pero igual que se habla de las especificidades en los diabéticos, también del infarto en la mujer".

Durante décadas, los síntomas de una enfermedad coronaria en una mujer se confundían con ansiedad o cansancio o cualquier problema psicológico y no se ahondaba más en ello. "Yo prohibía a los residentes, o al menos les advertía de que fueran con mucho cuidado, a la hora de poner en una historia clínica "síndrome ansioso depresivo". Porque si lo pones, hay mucha tendencia a que cualquier cosa que la mujer explique se relacione con eso y se minimicen cosas que no deberían".

Esta especialista en cardiología clínica advierte de que es común que un infarto en la mujer se manifieste "como un cansancio raro, con dolores un poco erráticos, y a veces se etiquetan erróneamente como cuadros de ansiedad y con esto hay que ir con cuidado. No despreciar la patología seria, de entrada".

La revolución cardiológica

Tras más de 40 años de investigación, formación y ejercicio de la profesión, Pilar Tornos tiene perspectiva para ver la revolución que se ha vivido en la cardiología. "Me acuerdo cuando era residente e ingresaban con un infarto en el hospital y no había ningún tratamiento". 

Ella destaca, desde el punto de vista tecnológico, el cambio que supuso "poder solucionar problemas cardiológicos mediante catéteres sin necesidad de hacer incisiones torácicas". "Yo estaba en Australia cuando un señor suizo que se llamaba Grunxit publicó en un Lancet la primera vez que había dilatado con un balón una arteria coronaria. Aquello supuso un grandísimo avance y después de esto ya vino el implante de los stents que ha permitido un cambio muy radical".

De hecho, ha transformado incluso la labor del cardiólogo actual y su valor. "Cuando era jovencita, nos llamaban mucho la atención los cardiólogos que hacían buenos diagnósticos. Ahora esto ha pasado a segundo término y es precisamente delante de un diagnóstico cuál es la mejor terapia a aplicar en una persona individual lo que pone a prueba su capacidad".

Esto ha facilitado que surgan nuevas especialidades: "Ya no hay cardiólogos generales, hay cardiólogos que se dedican a determinados ámbitos porque si no es muy difícil de abarcar".

En su caso, la especialidad son las válvulas del corazón y en concreto una enfermedad "tremenda" como es la endocarditis, que es una infección de esta parte del corazón. "Los casos que más recuerdas son los que te han hecho sufrir más. Me acuerdo de la epidemia horrible de los años 80 con los enfermos de SIDA y con las drogas que tuvimos una montón de chicos jóvenes con este tipo de infecciones que se morían. Fue muy duro".

Ahora en la pandemia, por su edad, no la ha pasado en primera línea pero sí colgada al teléfono para comprobar que todos los pacientes estaban bien y que no se quedaban en casa si tenían algún síntoma por miedo. "Casi he hecho más de coach que de cardiólogo", bromea.

Consejos del corazón

Le gustaría vivir unos años más, unos cuantos, para poder ver con perspectiva en qué queda todo lo que hemos atravesado en estos dos años con la Covid-19 pero mientras vemos la luz al final del túnel, se atreve a dar unos consejos sencillos pero importantes para cuidarse el corazón.

"Lo primero es hacer ejercicio y controlar factores de riesgo como la obesidad, el tabaco... cosas muy obvias. El ejercicio físico regular es extraordinariamente importante. Muchos psiquiatras y psicólogos perderían el sitio si la gente hiciera más ejercicio físico. Yo mis penas me las ha curado la elíptica del gimnasio. Y además creo que hay cultivar la sociabilidad de alguna manera, bajar los decibelios de tensión, de mal humor y de angustia. Hay sentimientos que al corazón le van muy mal".

Ella lo cumple a rajatabla. Va a conciertos y ópera, se instruye en música y se esconde, cuando puede, en una casita que tiene en los Pirineos donde, "como el Cándido de Voltaire, tengo mi huerto y mis montañas". El fin del mundo, si llegara, probablemente la pillaría trabajando, rodeada de amigos y familia y sonando siempre la música aunque fuera solo en su cabeza.