Dorothy Crowfoot Hodgkin. Clara Moreno Gaspar.
Dorothy Crowfoot, la científica que dibujó el mapa de la insulina: sus hitos y su lucha contra la enfermedad
Entre cristales, rayos X y una voluntad de hierro frente a la enfermedad, Dorothy descifró las estructuras de la penicilina, la vitamina B12 y la insulina.
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Dorothy Crowfoot Hodgkin no utilizaba pinceles convencionales, sino rayos X y complejos cálculos matemáticos para observar lo que el ojo humano tiene prohibido.
En 1945, mientras el mundo intentaba reconstruirse tras la guerra, en un laboratorio de Oxford una mujer lograba lo que muchos consideraban una misión imposible: dibujar el mapa de la penicilina.
Aquella estructura en anillo, que desafió las teorías químicas de la época, fue sólo el inicio de una carrera que cambiaría para siempre el tratamiento de enfermedades como la diabetes o la anemia.
La curiosidad de Dorothy no nació en un entorno aséptico, sino entre las arenas de El Cairo y Jartum. Nacida en 1910, siendo hija de arqueólogos, aprendió desde niña a desenterrar secretos del pasado.
Sin embargo, su fascinación se desvió de las ruinas antiguas hacia las estructuras microscópicas de la materia.
Con solo diez años, después de realizar experimentos de crecimiento de cristales en casa, Crowfoot supo que su destino estaba marcado por la química.
A pesar de ser una época difícil para las mujeres en el ámbito científico, su determinación la llevó al Somerville College de Oxford. Allí, se sumergió en el incipiente campo de la cristalografía de rayos X.
Su trayectoria es también una historia de superación física. A los 24 años, comenzó a sufrir los primeros síntomas de artritis reumatoide progresiva, enfermedad que deformaría sus manos y pies.
Lejos de retirarse, la química adaptó su entorno de trabajo: instaló palancas especiales en sus microscopios y manipuló diminutos cristales con sus dedos que apenas podían cerrarse.
Para ella, el dolor era un factor secundario frente a la revelación de una estructura molecular.
En su laboratorio del Museo de la Universidad de Oxford, se convirtió en una pionera. Su primer gran hito fue la estructura de la penicilina. En un momento en que el conocimiento de este antibiótico era vital para salvar vidas.
El reconocimiento mundial llegaría en 1964, cuando se le otorgó el Premio Nobel de Química por sus determinaciones mediante técnicas de rayos X de las estructuras de importantes sustancias bioquímicas, para el que fue especialmente relevante su trabajo con la vitamina B12.
Con una estructura de una complejidad sin precedentes para la época, Dorothy tardó ocho años en resolver el rompecabezas de esta molécula, esencial para combatir la anemia.
La cairota era conocida por su estilo de liderazgo suave pero firme, fomentando un ambiente de trabajo donde la ciencia era un bien común.
Si hubo una molécula que la obsesionó y apasionó durante décadas fue la insulina. Desde sus primeros días en Oxford, guardaba una muestra de esta proteína necesaria para el tratamiento de la diabetes. Sin embargo, su estructura era tan compleja que la tecnología de la época no le permitía descifrarla.
Esto no fue un impedimento y esperó hasta que finalmente, en 1969, tras 35 años de estudio intermitente, ella y su equipo desvelaron el enigma.
Este hallazgo fue fundamental para que los médicos pudieran entender cómo actúa esta hormona en el cuerpo y permitió la creación de versiones sintéticas más eficaces para millones de pacientes.
Su compromiso era tan grande que incluso cuando su salud se debilitó y debió usar una silla de ruedas, continuó viajando, dando conferencias y defendiendo la importancia de la investigación básica.
Falleció en 1994, dejando atrás no sólo mapas de moléculas esenciales, sino un camino trazado para miles de personas que ven hoy en ella un referente de genialidad y resiliencia.
Dorothy Crowfoot no sólo miró a través de los cristales; vio a través de las barreras de su tiempo.
Su legado nos confirma que la ciencia más precisa es, en el fondo, una forma de arte que busca comprender la armonía oculta de la vida.